A tomada da praça de Juromenha por D. Juan José de Áustria em 1662

IMG_8628Transcrição da carta enviada por D. Juan José de Áustria, filho natural de Filipe IV e capitão-general do exército da Extremadura, narrando a conquista da praça de Juromenha na campanha de 1662. Desdobraram-se as abreviaturas e separaram-se algumas palavras, mantendo-se no resto a grafia original. Documento existente no Archivo General de Simancas (cópia do original) e que me foi facultado pelo estimado amigo Julián Garcia Blanco, a quem deixo aqui o meu agradecimento.

Señor

El deseo de adelantar à Vuestra Magestad la noticia de la rendicion de Jurumeña no medio lugar a escrivir à Vuestra Magestad mas de dos renglones de mi mano con el Correo que despache ahoy ocho deste en los quales di a Vuestra Magestad el aviso y la nueva buena de quedar sus Reales Armas dentro della. Remitiendome à otro Correo que seguíria ha aquel, ahora la repito a Vuestra Magestad y pongo de nuevo a sus pies mi gozo, suplicando à Vuestra Magestad se sirva de tener presente en las ocasiones que se ofrecieren el merito que generalmente han hecho en esta los Cabos y oficiales de este ejercito, y a si mismo mandar que las rogativas que se hacian a nuestro Señor y a su Madre Santísima por este subceso se trueguen en rendidas gracias por lo que nos ha favorecido en el, siendo unica  obra de su misericordia y no de los medios humanos la dicha y brevedad con que se ha logrado; y parando a dar cuenta a Vuestra Magestad de los ultimos movimientos que hizo el enemigo y de las circunstancias con que se entrego esta Plaza, digo Señor, que se detuvo dos dias en el puerto que a quatro deste avise à Vuestra Magestad havia ocupado llevando en ambos la peor parte, asi en las escaramuzas que se trabaron como en el daño que la Artilleria de nuestra linea le hizo que fue considerable segun refirieron los rendidos, y si bien luego que llego àquel paraje comenzo a fortificarse y ha hechar gente sobre Guadiana se devio de desengañar presto de poder socorrer por alli la Plaza, por que el dia cinco marcho sobre su costado derecho siempre ativo de cañon de las lineas, y aquella noche se campo a la mesma distancia dellas, medio legua mas hacia el camino de Villavicíoza, a seis proseguio la marcha en la propria forma, y hizo alto sobre el mesmo camino. Y este dia (quizas por mostrarnos su brio ante alejarse mas) intento cargar nuestras guardias de Cavalleria con algunos Batallones, pero haviendolas yo reforzado se trabo una muy viva escaramuza, en que con poca perdida nuestra dejo muertos en la Campaña dos Capitanes de Cavallos, otros tres ò cuatro oficiales de cuenta, y algunos soldados, con que se separaron bien escarmentados de su solier. Y el dia siete hizo un pequeño movimiento por el camino de Villabicioza en que (si bien quedó siempre a nuestra vista) descubrió conocidamente la intencion de retirarse, y voló una casa fuerte que nosotros tubimos ocupada hasta que nos dio vista, a mi me parecio con esto no dilatar el hacer llamada al Governador, advirtiendole la retirada de su ejercito, y que no se le admitiria a ninguna capitulacion si aguardva a que se volasen las minas que estavan cargadas (si bien en la verdad por ninguno de los ataques haviamos todavia llegado devajo de los valuartes, por que conta continua lluvia, de fuegos artificiales, bombas, granadas, piedras, y barriles de Polbora que hechavan en el foso nos imposivilitaron totalmente el pasarle por en cima de la tierra, haviendonos quemado dos ò tres veces las galerias que se havian comenzado à hacer, con que fue preciso enterrarse por todos tres ataques, y la calidad del terreno del foso era tan fuerte que huvieramos sin duda tardado mas de otros ocho dias en de atraversarle y hacer las minas aun que por el de los Españoles no faltaria yamas de una baza para llegar al pie del baluarte), respondio el Governador, pidiendo termino de cuatro horas para juntar sus oficiales, y haviendosele dado, me embio con uno sargento mayor de la Guarnicíon el papel de demandas que va incluso numero primero, pero haviendole negado todas que me parecieron exorbitantes se ajustaron y cumplieron las capitulaciones que contiene la copia numero segundo, de que espero se dará Vuestra Magestad por servido, pues a vista de los enemigos se logró el quitarles por esta campaña un cuerpo viejo y tan considerable de Infanteria como el que Vuestra Magestad reconocera por el papel numero tercero, cuya calidad puedo asegurar à Vuestra Magestad era tan ygualmente buena que a mi y a todos los que la vimos salir nos dejó admirados, y el Governador afirmó que habian tenido mas de quatrocientos muertos. Y que quando llegué aqui con el ejercito se hallara con dos mil quatrocientos Infantes efectivos y cincuenta cavallos, lo que han dejado tocante a Artilleria, petrechos, municiones y viveres va en las dos relaciones numero quarto y quinto, y se tienen algunos indicios de que antes de capitular hecharon en el Rio muchas cantidades de todo; yo he encargado el  Govierno de la Plaza, mientras Vuestra Magestad manda otra coza, al Maestro de Campo Don Fernando de Escovedo que creo dara buena quenta del, y ahora se estan reparando las ruinas mas principales que nuestra Artilleria, Bombas e ataques han hecho en ella que son tantas, particularmente en las obras esteriores que seran menester mas de ocho ó diez dias para acomodarlas de prestado, deshacer las lineas y ajustar todo lo necesario para podernos apartir de aqui; el enemigo se halla oy en Villabicioza, haviendo comenzado en ella unas obras nuevas, y nuestra Cavalleria fue ayer a forrajear hacia Ielves [Elvas], hadonde quemo algunas casas, y trajo cantidad de granos, sin que en estos viajes padezca, como Vuestra Magestad fue servido insinuarme en despacho de dos deste, por que de mas desea ya la parte mas cerca de todos estes contornos donde hay forraje se consigue aun mismo tiempo el sustentarla, y poner en gran desconsuelo a los de Yelves biendo perder su cojecha sin que la vincidad de su ejercito baste a asegurarsela, por lo cual me dicen que tres ó quatro dias a havido algun ruido dentro de la ciudad; esto es todo lo que hasta hoy se ofrece digno de la Real noticia de Vuestra Magestad cuya C. R. P. Guarde Dios como deseo y emos menester. Campo de Jurumeña à 12 de Junio de 1662. Don Juan

Fonte: Archivo General de Simancas, Negociado de Guerra, Leg. Num. 2000, carta de Juan José de Áustria, de 12 de Junho de 1662.

Imagem: Juromenha na actualidade. Foto de JPG.

O cerco de Vila Viçosa (9 a 17 de Junho de 1665), segundo um manuscrito coevo – 3ª e última parte

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Aos 16 se deu por nova que o nosso exército se acabava de perceber, com ele levantaram as barracas de um para outro posto, não cessando a cavalaria pelos olivais nem a infantaria pelos montes, aplicando-se a fazer trincheiras. A bateria deste dia se acendeu de modo que referirá o sucesso, porque chegando-lhe socorro de novo de cavalaria e infantaria, a quiseram festejar, com mandar o Marquês que a estacada se levasse a escala vista. Para isso avançou pela uma hora do dia o terço que estava de guarda pela mesma parte do pelourinho com feixes de faxina, tão denodadamente que chovendo sobre eles as balas, com um abrir de olhos já não parecia a estacada, porque se tinham coberto de faxinas junto a ela. Neste tempo bradamos pela Senhora da Conceição, fazendo-lhe muitos votos com os religiosos de São Paulo, porque dávamos a estacada por perdida, senão que sobre ela se levanta um Português, descoberto da cintura para cima, com a espada na mão com que afastava a faxina, e em a outra uma rodela com que aparava os golpes, bradando: “Aqui filhos! Aqui filhos!”, os quais logo o socorreram com partazanas, [e] panelas de fogo, e em pouco espaço de tempo vimos rodando os castelhanos pela escarpa da estacada abaixo, que era um prodígio vê-los cair.
Pelas 6 horas do mesmo dia 16, havendo sentimento em palácio da retirada, quiseram emendar o passo, tendo-se já chegado os valados de terra e atacado uma mina a estacada; lançando-lhe fogo rebentou para trás, de que lhe morreu muita gente. Mandou então o general que se dessem de novo 3 avançadas; concorreu inumerável gente de toda a sorte, levando cada um seu feixe, não já de oliveira, porque ardiam, mas de parras, castanheiros, buxos, murtas, troviscos e outras coisas verdes, o que tudo notamos por nos passar pela porta. Deu-se a primeira avançada ao diamante da praça e ao mesmo tempo se deu outra a brecha do muro velho, com tal ímpeto que logo se fizeram senhores de uma e outra coisa. Muitos saltaram logo na primeira cava mas não saíram, porque os nossos de cima dos baluartes os abrasaram com fogo. Cobriram-se os mais com faxinas junto à estacada, mas os nossos se retiraram às cortaduras delas defendendo a cava para que não entrassem. E como os Castelhanos estavam por aquela escarpa em uma esquina, pelas costas lhe tiravam os nossos da Torre do Relógio, e do lado esquerdo, de cima do muro velho, com que receberam grande dano.
Os da brecha se fizeram senhores do posto até o templo da Conceição, aonde até a sepultura dos mortos revolveram. Em este tempo se dava a terceira avançada pela parte da Esperança e tiveram o mesmo sucesso, porque pela muita gente que lhe morresse, era mais a que avançava. Durou a contenda perto de 5 horas, sem sossego, e durou toda a noite a bateria; as bombas que lançavam dentro eram sem número e poucas caíam fora, houve muita festa em palácio com esta nova, se bem não ignoravam que lhes restava muito que vencer para renderem a fortaleza. O nosso governador e dois mestres de campo ficaram feridos aquela noite, e na mesma noite levantou facho o governador do castelo, Manuel Lobato [Pinto], por ser sinal que tinha dado ao sr. general de ser rendida a estacada.
Pela manhã de 17 do mês houve cessação de armas por espaço de meia hora, por mandar um bolatim o Marquês, dizendo que a bom partido se rendesse, porque já não tinham água. Mandou-lhe em resposta que tinham, além do poço, uma cisterna grande de água muito fresca, que podiam repartir com sua excelência, que lá havia gente muito brava que se não havia de render nem com a morte. Continuou-se a bateria frouxamente. Começou seu exército sair a campo, pelo que entendemos ser chegada a nossa gente. Quando pelas 9 horas do dia começámos a ouvir a nossa artilharia, logo retiraram a bagagem a toda a pressa, como quem não andava em si pelas novas que da batalha lhe vinham. Daí a nada os vimos vir fugindo descompostamente, mandaram ordem a 3 terços que tinham ficado com os ataques que se retirassem; e eles o fizeram de tal sorte, que os nossos de cima do baluarte lhe davam vaias, e saindo fora da estacada como leões, os trouxeram às cutiladas pelas ruas abaixo, não dando quartel a ninguém. E logo entraram em a igreja de Bartolomeu e em outras casas onde os Castelhanos tinham estado e acharam muitas riquezas; e com isto se deu fim a este sítio. Morreram dos nossos 23 ou 24 homens. Os feridos passaram de 300, entre soldados, mulheres e meninos; na mesma tarde entraram os senhores generais vitoriosos em esta vila, tendo saído em o mesmo dia da praça de Estremoz; podendo-se dizer do nosso general: Veni vidi vici, como de César.
Queria pôr aqui o rol dos prisioneiros, principalmente dos fidalgos; mas porque já estão em essa cidade o não faço. Só digo uma coisa, que é a melhor relação que se pode dar, e foi o que disse o Marquês a um nosso: que ficaram ao inimigo em Portugal passante de onze mil homens.
(pgs. 103-105)

Imagem: Equipamento defensivo de cavalaria, séc. XVII: capacete do tipo zischagge, couraça laminada sobre casaca de couro, braçais e manoplas. Pode ver-se, à esquerda, um estoque de cavalaria. Este equipamento raramente era usado de forma tão completa, excepto por oficiais superiores e generais ou por alguns militares das suas companhias de escolta. Foto de JPF, Musée Militaire des Invalides, Paris.

O cerco de Vila Viçosa (9 a 17 de Junho de 1665), segundo um manuscrito coevo – 2ª parte

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Vamos ao sítio. Entrados que foram os inimigos naquela madrugada, amanhecendo para 10 de Junho começava a nossa artilharia a jogar dos primeiros e últimos baluartes e a mosqueteria a jogar da estacada. Dois dias pelejou o terço de Don Rodrigo Moxica sem se querer render, até se não render a fortaleza como tinham gerado. Não tinha ainda disposta a artilharia, porque dizia não era necessária, porque los Españoles solo con los ojos sabian derribar los Castillos de Portugueses. Enfim houve de se render, porque viu a dificuldade da brabata. Seguiu-se o do Marquês de Liche, governado por um Fulano Barbosa, português; logo o de Angelo de Guzman, e assim os demais, por sua ordem, sem darem de sossego aos nosso. O intento do inimigo, conforme alcancei, era levar de caminho esta praça e abrasá-la, e dela caminhar a Valença, porque não levam em paciência os danos que os nossos ali lhe fazem; e assim lhe davam tanto calor, que era um perpétuo trovão a artilharia, por imaginar estar a fortaleza desapercebida; mas informado da gente que tinha, se bem por uma parte descoraçoavam, por outra diziam que já importava ao crédito do Marquês o levar a fortaleza ou perder toda a sua armada. Puseram a sua bateria de 4 meios canhões contra a Torre do Relógio, de onde os nossos lhe faziam algum dano; e contra outra torre, onde também estava outro sino, com que se dava o sinal à gente se recolher quando vinham as bombas. Ambos estes sinos se fizeram em pedaços, mas isto se remediou depois com a campaínha de Nossa Senhora dos Remédios. A 2ª bateria se pôs na travessa que sai do terreiro de Santo António contra o canto do muro velho, para nos proibir o passo do Concelho que ali ficava dentro. A 3ª bateria , que era de bombas [ou seja, de morteiros], puseram defronte da fortaleza.
Dia de Santo António, 13, não tinham dado avançada alguma de escala vista. Veio-lhe notícia que alguns batalhões de cavalaria nossa vieram a Borba lançar uns batalhões seus que aí andavam, a qual foi recolher o seu mesmo general. Então se reforçou mais a bateria e se multiplicou mais a gente contra a estacada; mas ela como dantes, sem um pau menos. Servia no mesmo tempo a cavalaria com faxina, porque sendo a infantaria pouca, o medo era muito e queriam render o castelo antes que chegasse o nosso exército. Às Avé Marias deste dia houve cessão [cessação] de armas por espaço de meia hora e foi um bolantim que mandaram aos nossos que se rendessem, senão lhe dariam uma avançada real, como se fez, dando-se princípio à mais horrenda noite que imaginar-se pode. Estando os inimigos com faxina à queima-roupa, foram-se aproximando mais à estacada, mas os nossos se desfaziam em fogo com muitas panelas de pólvora, montantes, pés de cabra, que lhe lançavam, até que finalmente lhe pegaram fogo aos aproxes, de tal sorte que nunca mais se pôde apagar, com que se lhe desfez o trabalho daqueles dias, porque era o dia mui claro e ardia ainda o fogo. Em esta noite perdeu o inimigo alguns duzentos homens, mas outros tratando sobre o mesmo caso disseram foram mais de 450 os mortos.
Aos 15 pela manhã vimos que, com um trabalho insano, iam coroando todos os montes de baluartes em roda da porta de Juromenha até o outeiro da Mina, até à porta  de Borba. Os ataques, vendo que lhe não sucedera avançada, se foram cobrindo de terra até junto da estacada, sem os nossos os poderem impedir, nem descobrir. Mas nem eles nem nós cessávamos com a bateria, por onde se descobria gente. Pelas 10 do dia se deu novo avanço, assim à parte da muralha velha como à brecha que já tinha o canto do paço do Concelho. Começaram os artifícios de fogo como se até então os não houvesse, que durou por espaço de meia hora até que, cansados ou desesperando, os castelhanos afrouxaram alguma coisa. Chegada a noite se começou a refrescar a peleja e cometendo o diamante da praça, os Espanhóis mandaram aos Alemães que se fosse também chegando ao que corresponde ao convento da Esperança, e assim se foram chegando aquela noite, não obstante o muito fogo que lhe lançavam os nossos, que por ser o vento contrário, não pôde arder a faxina; assim pela manhã apareceram em distância de uma pequena lança da estacada, com que os nossos lhe tiravam já pedradas à mão sinta. Os feridos desta noite foram muitos, morreram-lhe 7 capitães, dos soldados se não sabe, mas foram muitos. (pgs. 101-103)

Imagem: Fecho de mecha de mosquete (pormenor). Foto de JPF, Musée Militaire des Invalides, Paris.

O cerco de Vila Viçosa (9 a 17 de Junho de 1665), segundo um manuscrito coevo – 1ª parte

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Existem pelo menos três narrativas sobre o cerco que o Marquês de Caracena pôs a Vila Viçosa, entre 9 e 17 de Junho de 1665, o qual antecedeu e foi causa da batalha de Montes Claros. A mais completa está incluída na Relación Verdadera, y Pontual, de la Gloriosissima Victoria que en la famosa batalla de Montes Claros alcançò el Exercito delRey de Portugal (…) (Lisboa, Oficina de Henrique Valente de Oliveira, 1665). Outra, bastante detalhada, encontra-se num manuscrito da Biblioteca Nacional de Lisboa (FG 8998, fls. 208-230 v), tendo sido publicada por Horácio Madureira dos Santos na sua obra Cartas e outros documentos da época da Guerra da Aclamação (Lisboa, Estado-Maior do Exército, 1973, pgs. 117-150). Outra ainda, que foi transcrita por Cristóvão Aires de Magalhães Sepúlveda na História Orgânica e Política do Exército Português – Provas, vol. II, pgs. 99-105, é referida pelo autor como um manuscrito encontrado no British Museum (Mss. Port. Add. 20. 953-7, fl. 238 – Relação do Sítio que o Marquês de Caracena pôs a Corte de Vila Viçosa), mas que se trata muito provavelmente de uma cópia de um outro manuscrito, este existente na Biblioteca da Universidade de Coimbra (Descrição do Cerco de Vila Viçosa em 1665), e de que Belisário Pimenta apresenta breve referência no “Catálogo e sumário dos documentos de carácter militar existentes nos mss. da Biblioteca da Universidade de Coimbra”, sob o nº 490 (Boletim do Arquivo Histórico Militar, vol. VII, 1937, pgs. 139-140). Pelo conteúdo, aparenta ser uma carta redigida por um clérigo de Vila Viçosa, dirigida a um outro eclesiástico de Évora, dando um testemunho pessoal dos incidentes do cerco.
É a transcrição de Cristóvão Aires, ligeiramente corrigida nos pequenos erros detectados, que aqui se reproduz, vertida para português actual. Deixo aqui os meus agradecimentos ao estimado amigo Julían Gracia Blanco, que me tem dado preciosas informações a respeito deste assunto.

Relação do Sítio que o Marquês de Caracena pôs à Corte de Vila Viçosa
Aos 4 deste mês de Junho se passou a Castela o capitão de cavalos Luís de Póvoas, residente nesta praça de Vila Viçosa, suspeitando-se daria aviso do estado dela; logo aos 5 vieram os senhores generais à vila, e em primiero lugar tomar a benção à Senhora da Conceição. Partiram-se da praça e logo veio aqui anoitecer um terço do sr. Conde de S. João com um mestre de campo muito valente e experimentado, muita soma de pólvora, porque ainda que cá estava muita, perdia-se pouca em que sobejasse. Ficou a fortaleza com 2 terços pagos e um de auxiliares, muita gente da ordenança da terra, principalmente os espingardeiros, que foram os que muito dano fizeram ao inimigo.
Aos 6 começou a abalar o exército inimigo com tão grande pressa, que dormindo aos 7 em a terra de Segura, aos 8 ao meio-dia o vimos já vir descendo os outeiros da Atalaia dos Sapateiros, em demanda da fonte e tanque que ali está para beberem os cavalos. D. João da Silva, que sempre lhe andou à vista, tendo-lhes entulhado a fonte e desfeito o tanque, os obrigou a continuar a marcha, vindo no mesmo dia dormir a Alcaraviça e logo se partiu desta praça, conforme a ordem que tinham. O tenente-general D. Luís da Costa com o seu terço de cavalaria comboiando as carretas de El-Rei, que aqui andavam trabalhando, carregadas de fato e mais fazenda, que ainda restava para retirar da praça; após ele se partiu a mais cavalaria, com os comissários João do Crato e António Coelho de Góis. Aos 8 se deu rebate, que estava o inimigo em Borba queimando e assolando tudo; de Borba fez frente para Sousel. Tivemos logo aviso de sua resolução, dizendo marchava para Portalegre, e em efeito partiu um oficial de artilharia de aqui a toda a pressa, mas o inimigo, voltando de repente sobre nós, ao meio-dia andava já connosco de pelouradas. Guarneceram os nossos as trincheiras da vila até o Forte de S. Bento principiado, não para resistir, mas para quebrar o ímpeto primeiro da cavalaria. Carregou-se esta sobre a porta dos Nós com tanta temeridade como quem vinha de Borba, de tal maneira que, ficando descobertos aos do forte de S. Bento e à queima-roupa da trincheira, saíram com os mosqueteiros e não se queriam retirar. Confessaram alguns castelhanos que perderam ali até 50 homens, outros dizem que foram 70. Já vinha descobrindo o mais restante da cavalaria parte pelo outeiro da Mina, parte pelas vinhas e olivais da parte de Évora, em demanda do Reguengo de toda aquela campina de olivais.
Cerrada a noite se retiraram os nossos à fortaleza e os de S. Bento, porque seria fácil acostá-los o inimigo por terem pouca defensa, ficando na vila só os religiosos e algumas mulheres graves, que se tinham recolhido em os conventos das freiras, e deixaram as portas da vila fechadas e empedradads de pedra solta.

Pelas duas horas da madrugada, amanhecendo para o 10 entrou o inimigo bem a medo pela porta do Carrascal, e abrindo brecha na porta do corredor da casa dos Padres da Companhia, que estava fechada de ladrilho, por onde entrou uma manga de mosqueteiros com um sargento-mor do terço de Don Rodrigo Mochigua; este achou aos Padres postos na igreja com o Senhor exposto. Logo segurou-lhe não havia de fazer mal, e buscou toda a casa com medo se havia gente dentro, e os soldados lhe levaram todo o pão que tinham, dizendo havia 3 dias que não comiam. Aclarou o dia, e tendo já minadas as casas para a fortaleza começaram a pelejar, de sorte que logo diremos. Arderam muitas casas grandes, quebrando portas e janelas, arruinando-se os edifícios. Tudo nadava em vinho e azeite e mel, que por muito não se pôde retirar de todo. Não havia coisa que não fizessem em pedaços as nações estrangeiras, o que atalharam os castelhanos. Passou finalmente o incêndio, mas não cessou a mina, porque com grande inumanidade, chegou aos templos sagrados, como experimentaram os religiosos de São Paulo, tendo pedido guardas. Mas tiveram tão pouca ventura, que lhos deram de estrangeiros, e guardavam-nos de maneira que, não deixando roubar os outros, eles só lhes roubaram tudo; roubaram as celas e camas e arruinaram a livraria; despiram os altares, sacristia e todas as mais oficinas, sem deixarem coisa em que se pudesse pôr os olhos, senão que com advertência de um religioso, que acudiu logo, a consumir o Senhor já aqui não chegou a impiedade. Contudo desapareceu o sacrário, os mausoléus de madeira do Sr. Duque D. Teodósio e do Sr. Alexandre, que ali estavam em depósito; fizeram em pedaços e quiseram levantar os sepulcros, para ver se tinham neles algum tesouro; afrontaram de palavras e ainda de obras alguns religiosos, foram estes fazer queixa ao Marquês; mas voltando se viram em novos perigos e assim se foram em comunidade agasalhar com os Padres da Companhia; aonde uns e outros passaram as fomes que costuma haver em cercos apertados, dormindo em o chão por lhe terem levado as camas; também as freiras da Esperança padeceram e essas porque as encontraram no coro, servindo-se do mais convento para pelejarem contra a fortaleza; roubaram as do que tinham dentro de algumas pessoas seculares e ainda do próprio e até das imagens. Os religiosos da Piedade do convento do Bosque, junto a Borba, com 28 clérigos, vieram todos presos por dizerem eram traidores, por darem sinal para que uns batalhões nossos lhe viessem degolar outros do castelhano que ali estavam. (pgs. 99-101)

(continua)

Imagem: planta de Vila Viçosa, em Planos, Guerra y Frontera. La Raya Luso-Extremeña en el Archivo Militar de Estocolmo (Isabel Testón Núñez, Carlos Sánchez Rubio e Rocío Sánchez Rubio, Junta de Extremadura, 2003).

A última campanha de Mateus Rodrigues – a reconquista de Mourão, Outubro-Novembro 1657 (6ª e última parte)

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Logo que Francisco Pacheco aceitou ficar na praça, mandou arrimar ao terço as armas e marcharam logo para dentro da praça em companhia do senhor Joane Mendes e mais senhores do governo (…). Assim como a nossa gente entrou (…), já o inimigo estava posto em via para marchar fora, com suas armas às costas e bala em boca e mecha calada, e a cavalaria, que eram 80 cavalos, começaram a ir saindo (…) da praça, a formar-se lá fora dela, até que fosse saindo as suas bagagens, que se andavam carregando dentro em cavalgaduras nossas, que lhe deram para isso até dentro de Olivença, que são de Mourão lá sete léguas.

(…) Foram marchando os castelhanos com a cavalaria diante e o seu governador e logo a infantaria atrás, onde iam muitos feridos, e já digo que seriam 300 homens com a cavalaria pouco mais ou menos. Em a praça deixavam enterrados alguns mortos, que sempre seriam mais de 30 homens, mas os feridos passavam de 40 homens.

Antes que este inimigo saísse da praça (…), marcharam todos os nossos terços e a cavalaria para junto da estrada por onde o inimigo havia de passar, para que visse o nosso poder, que no que toca à nossa infantaria, nunca houve reino que em campanha bote tão boa infantaria e toda de uma só nação, que se admiraram os castelhanos vendo tal gente.

Estavam os terços como digo em ala com as armas nas mãos em pé pela borda da estrada adiante, e no cabo deles toda a nossa cavalaria em batalhões formada, e tudo fazia comprimento de meia légua. Foi passando o inimigo ao pé da nossa gente e não se falava palavra de uma e outra parte. Ia diante deles também o senhor mestre de campo general André de Albuquerque [Ribafria] e o senhor Dom Sancho [Manuel] diante com o governador castelhano. E assim como este seu governador da praça foi passando pela nossa infantaria, ficou tão admirado que disse “Boto a Cristo que se El-Rei de Espanha houvera tal infantaria como é esta, que fora senhor de todo o mundo”. De modo que foram marchando até acabarem de passar por toda a nossa gente, e ali fizeram alto até que acabou de chegar toda a sua bagagem e logo mandaram eles de comboio a cem cavalos, a saber: a minha companhia e a do tenente-general Dinis de Melo, mas ele não foi lá, senão o seu tenente Manuel Dias Veloso, e o meu capitão Pedro César de Meneses por cabo das duas tropas. Lá fomos comboiando a este inimigo até um lugar despovoado chamado Cheles, que são três léguas de Mourão, e ali já estavam outros cem cavalos de Olivença, do inimigo, aguardando por eles, por se lhe haver já mandado aviso para que viesse em busca deles. Ali fez o meu capitão entrega do comboio que levava e despediu-se deles, porque naquele dia até noite havia trégua de posses para efeito de se recolher aquela gente. Marchando logo foi o inimigo para Olivença e nós nos voltámos para o nosso exército, chegando ao quartel quase à meia-noite e muito bem molhados, que todo aquele dia choveu muito. E ia o nosso exército muito enxovalhado por causa do tempo, que não pode haver inimigo mais contrário que o tempo.

Vendo o senhor Joane Mendes o estado em que estava a praça de Mourão, que uma ovelha entraria pela brecha que tinha, e muito desmantelada, não se quis abalar com o exército até que não o pusesse em via de defesa e ficar mais segura.

Logo Francisco Pacheco, que (…) ficou na guarnição da praça com o tenente e com mais gente que lhe deram e muitos pedreiros começaram bravamente a taparem a brecha do muro grande, que era o principal e mais conveniente para ficarem mais descansados, e tiveram tanto trabalho que mais de trinta noites dormiram ao pé da muralha vestidos e calçados, até que se acabou de tapar a brecha. E como esteve tapada, começaram então as mais obras necessárias, mas o senhor Joane Mendes [de Vasconcelos] não esteve na campanha mais de dois dias depois que o inimigo despejou, que mais tempo havia de estar se o tempo dera lugar, mas como havia rio de passar, que é Guadiana, não se podia fazer dilação da outra banda mais tempo do que se fez, porquanto o tempo se vinha chegando muito de chuva.

Aos trinta e um dias do dito Outubro se abalou o nosso exército para suas praças (…). Ficou Francisco Pacheco [Mascarenhas] (…) na guarnição da praça com 700 homens infantes, muito boa gente, e duas tropas de cavalo, e desde a hora que ele tomou entrega da praça, que foram 28 do dito Outubro, até à hora que me ausentei, que foram em 15 do mês de Abril de 658, ficava já a praça de Mourão em tal altura que o inimigo não tinha que vir buscar a ela (…). (MMR, pgs. 441-445).

Note-se que Mateus Rodrigues refere que se ausentou de Mourão a 30 de Março de 1658 (vide 5ª parte desta narrativa) e aqui data a sua partida em 15 de Abril do mesmo ano. A discrepância justifica-se pelo facto da segunda data se aplicar à retirada definitiva do Alentejo por parte do memorialista.

Imagem: Cena de batalha, gravura de Dirk Stoop.

A última campanha de Mateus Rodrigues – a reconquista de Mourão, Outubro-Novembro 1657 (5ª parte)

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Despedido o capitão castelhano da tenda do senhor Joane Mendes de Vasconcelos, foi à pressa a dar conta ao seu governador, e (…) sempre foi e veio por a brecha, e assim como ele subiu à brecha em cima da muralha, dali chamou ao governador (…). Resolvido o governador a aceitar [as capitulações], o tornou logo a mandar ao nosso exército, à tenda do senhor Joane Mendes (…).

Aceites de parte a parte os pactos, cessaram os rigores das armas, para alívio da gente, que na verdade nos servira de grande discómodo e perda se houvera mais dilação, porque nos vinha já perseguindo muito o rigor do tempo, que é o pior que pode ter um exército, porque uns de mal haver pedece pouco, que comer com mau tempo é mal dobrado.

Mandou logo o senhor Joane Mendes preparar um terço de infantaria e mandou chamar o mestre de campo dele, por nome Agostinho de Andrade [Freire]. (…) Havia ele de ficar com seu terço na praça, e com duas tropas de cavalo logo juntamente, nomeadas as do capitão João Ferreira da Cunha e a do capitão Diogo de Barros Freire, lhe encomendava a praça, pois ficava no estado em que a via.

Ora desgraçada foi esta parte para o tal mestre de campo, porque em lugar de rectificarem ao senhor Joane Mendes do caso que dele fazia naquela ocasião, em lhe encarregar uma praça de tanta honra, e aberta daquela maneira, parece deu razão dizendo havia mister mais gente e mais cavalaria e outras razões, e que o senhor Joane Mendes se houve por muito mal aceite dele, dando-lhe logo uma repreensão não muito boa, e mandando-o logo embora, que não queria que lá ficasse. Foi-se o tal mestre de campo com alguma paixão [ressentimento] e desgosto por suceder nele aquela tão ruim sorte.

Mandou logo chamar a outro mestre de campo, por nome Francisco Pacheco Mascarenhas, natural de Besteiros, soldado de 22 anos [de serviço] com grande reputação no nosso exército, e pela ocasião de Mourão, um mês antes, passou ao posto de mestre de campo, e donde passou foi de capitão de cavalos couraças, que havia oito para nove anos que o era da minha companhia (…), e a este mestre de campo lhe haviam dado um terço novo, levantado a maior parte em Lisboa e em seu termo, de gente muito bisonha e de pouco préstimo, tirando os oficiais, e já neste tempo da campanha estava muito pequeno por lhe haverem fugido a maior parte deles.

Veio (…) este mestre de campo diante do senhor Joane Mendes e lhe pôs a mesma prática que havia feito ao outro, acerca dele ficar na praça, e ele lhe deu uma resposta que de Francisco Pacheco não se esperava menos, e com tanta graça e gosto aceitou a oferta, como que se lhe deram uma comenda, porque não o podia o senhor Joane Mendes mandar para parte nenhuma (…) que Francisco Pacheco rejeitasse, que é grande seu amigo o senhor Joane Mendes, pois foi no Brasil seu alferes antes deste Reino levantado. Louvou-lhe o senhor Joane Mendes muito o bom modo e graça com que aceitava o ficar na praça, que se muito por ele até ali havia feito, muito mais há-de fazer dali em diante. Que na verdade fez tão grande obra sua assistência em Mourão, que não me parece pudesse ficar lá pessoa alguma que em tão pouco tempo fizesse as obras que ele lá fez, até o tempo de 30 de Março de 658, que dela me ausentei. (MMR, pgs. 439-441).

Imagem: Muralha de Mourão na actualidade. Foto de JPF.

A última campanha de Mateus Rodrigues – a reconquista de Mourão, Outubro-Novembro 1657 (4ª parte)

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Os partidos [capitulações] pedidos pelo inimigo eram na maneira seguinte: que a praça se rendia, sendo servido o senhor Joane Mendes de lhe conceder levassem as duas tropas de cavalo que na praça estavam, e levassem todos o seu fato e bastimentos de Sua Majestade; e armas às costas e bala em boca e mecha calada, e que todos os portugueses que (…) lá houvessem ficado quando eles renderam a praça haviam de passar pelo partido de castelhanos, não se lhe fazendo agravo algum, e que querendo eles ficar outra vez na praça ficariam livres como de antes em suas fazendas, e se quisessem ir para Castela o poderiam fazer, e que poderia o seu governador levar uma peça de artilharia consigo, visto o privilégio de ser mestre de campo [o] concedia (…)

Representados estes partidos diante do senhor Joane Mendes de Vasconcelos e do senhor André de Albuquerque [Ribafria], mestre de campo general, e do senhor Dom Sancho Manuel, outrossim mestre de campo general, e do general da artilharia Afonso Furtado de Mendonça, começaram estes quatro senhores do governo, e juntos também alguns mestres de campo e outros oficiais maiores (…) para se deferir, a isto não constava o consentimento, em primeiro lugar do governador das armas e os dos mestres de campo generais, e nestes senhores consistia o deferir-se os partidos. Logo Dom Sancho respondeu que não havia lugar de consertos, pois eles tinham a muralha rota, de modo que se podia entrar nela batalhões de gente e debaixo da sua mosqueteria e com uma mina feita que havia de voar muita parte da muralha por onde pudessem avançar livremente, e que não largavam 80 ou 100 cavalos que lá estavam por coisa alguma; enfim, que Dom Sancho não era de parecer lhe aceitassem partidos. O senhor Joane Mendes, como mais experimentado e visto nestas coisas, e lhe parecer que sempre deferir ao inimigo os seus partidos é razão de Estado e o permite a guerra, agora o serem como eles os pedissem ou não, aí está o ponto. Contudo, respondendo o senhor Joane Mendes (…) que no tocante ao seu governador levar peça alguma, que nisso não consentia, nem tão pouco levarem nenhum género de mantimento, nem de munições d’El-Rei, nem coisa alguma, salvo o seu fato e bagagem de suas pessoas, que para levarem lhe daria todas quantas cavalgaduras eles houvessem mister até dentro de Olivença. (MMR, pgs. 436-438).

 

Imagem: “A capitulação”, de Jan Steen.

 

 

A última campanha de Mateus Rodrigues – a reconquista de Mourão, Outubro-Novembro 1657 (3ª parte)

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Pelos outros ataques, de roda da praça, estavam outros terços, e estes entravam uns e saíam outros de guarda cada vinte e quatro horas, para não terem uns o perigo e outros não.

Quando foi lá pelo decurso do dia de sexta-feira, já na muralha principal estava uma grande brecha aberta (…). Vendo o inimigo a muita obra que a nossa artilharia fazia, não deixou de ficar atemorizado (…) e logo se imaginou perdido de todo. Vendo o inimigo a impossibilidade de poder livrar a praça e o mais vendo não tinha aviso nenhum de socorro, se determinou a pelejar dentro da praça, fazendo pelas ruas grandes retiros e trincheiras, imaginando que nós os avançassemos a escalar sem partido, e de dentro fazia conta de se defender, e não há dúvida que nos fariam grande dano e matariam muita gente se acaso os escalassem.

Amanheceu o sábado 27 do mesmo Outubro e achou-se estar a mina que ia ao contramuro acabada, e dando-se fogo a ela, abriu uma brava brecha no muro pequeno, donde logo num improviso avançou o terço da Armada a meter-se dentro, e em seu seguimento muitos terços e cavalaria com bravo valor, botando fora às pancadas alguns castelhanos que de dentro dele pelejavam, e alguns ficaram pelas costas. Vendo o inimigo o contramuro ganhado, que já nos não podia ofender com armas de fogo, começaram a lançar muitos penedos grandes da muralha abaixo, através das casas, sobre os nossos, e papéis de pólvora, e como os nossos estavam muito baixos, não deixava o inimigo de lhe fazer muito dano, que ali feriu alguns e matou desta sorte (…). Nem por isso o inimigo fazia retirar a gente do posto que tinham, e a todo este tempo a nossa artilharia jogando fortemente e fazendo grande efeito na muralha principal, o que não se imaginava jamais por ser uma muralha muito antiga e muito forte (…), mas com tanta força jogavam os seis meios-canhões juntos (…) de tão perto da muralha, que estavam dela menos de tiro de pedra. E uma vez abalavam e outra vez derrubavam parte da muralha (…). E a nossa mosquetaria que não deixava assomar pessoa viva do inimigo à muralha, e assim estavam os nossos pelejando muito a seu salvo, mas um ora por outro morria algum nosso, que lá lhe buscava o inimigo jeito por onde obrasse.

(…) Visto a muralha estar daquela sorte, considerando isto o inimigo consigo, foi tanto o serviço que fez da muralha (…) para se defender dentro da praça (…), que foi uma coisa grande, que não havia rua lá dentro da vila que não tivesse seu retiro com trincheiras por todas as ruas, e covas, e ao pé da muralha, aonde estava a brecha aberta, da banda de dentro tinham uma trincheira feita, muito alta, com sua cova, em caso que os nossos avançassem, para dali nos fazerem grande dano.

Quando foi pelo decurso do dia de sábado, continuando sempre a nossa artilharia, se veio a fazer uma tão larga brecha na muralha e tão baixa, que já podiam entrar por ela como por uma rua (…). Vendo o inimigo o estado destas coisas, e que não podia livrar, e não tendo notícias algumas de socorro seu, se determinou a pedir consertos [ou seja, capitulações].

Chegada a aurora de 28, no domingo do dito, se determinou o inimigo  a pôr (…) logo uma bandeira branca na muralha, à vista do exército, para que cessasse o rigor das armas de ambas as partes, para efeito de tratarem os pactos que pediam. Estavam dentro da praça duas tropas de cavalos, que constavam de 80 cavalos, e por cabo delas um só capitão, por nome Dom Luís de Barrio, grande cavalheiro e muito fidalgo, que não havia dois meses que o havíamos cativado à roda da mesma praça (…).

Este Dom Luís de Barrio foi mandado pelo seu governador que lá estava, que era um mestre de campo, a tratar dos partidos. E assim como foi vista a bandeira branca na muralha, cessaram as armas de ambas as partes, e veio ao nosso exército o sobredito capitão, à tenda do senhor Joane Mendes de Vasconcelos, e logo lá foi outro capitão de cavalos, por nome Jerónimo de Moura Coutinho, para ficar na praça em refém [a troca de reféns durante a duração das capitulações, como garantia de boa-fé de ambas as partes, era um procedimento usual]. (MMR, pgs. 433-436).

Imagem: Mourão. Fotografia de JPF.

Documentos relativos à defesa de Évora pelo Conde de Sartirana em 1663

Porta de Machede

Na manhã do dia 21 de Junho, quando o Conde de Vila Flor preparava o cerco para a reconquista de Évora, foram interceptados dois correios, um que vinha de Badajoz para a praça com cartas do Duque de San Germán para o Conde de Sartirana, e outro com cartas do dito Conde para o Duque. Na carta de Sartirana (11 de Junho de 1663), este mostrava-se confiante na defesa da cidade; que os seus soldados estavam com bastante ânimo e que o sítio dos portugueses seria a sua ruína. Refere também que expulsou todos os que podiam pegar em armas, os frades moços e os clérigos revoltosos, tanto para se aproveitar dos seus abastecimentos, como para que não gastassem os que o exército tinha. Dá conta da morte, por ferida, de D. Gonzalo de Cordoba. As justiças do povo, e alguns deste, andan finissimos. Refere ainda que corria um boato, ainda que em segredo, que o exército de D. Juan tinha sido derrotado, porém não acredita, seria talvez alguma refrega na retaguarda. Termina afirmando que está pronto a dar a vida para conservar a honra própria e a reputação das armas de Sua Majestade.

A resposta de San Germán, de 13 de Junho, dá conta de um infeliz sucesso que tiveram as armas de Sua Majestade perto de Estremoz, aunque perdimos el recuentro por poca subsistencia de alguna infanteria visoña, el gruesso de infanteria, y toda la caualleria se há retirado a esta plaça de Arronches com muy poca perdida. Sossega Sartirana dizendo que, com o que têm em Badajoz e Olivença juntarão um exército muy grande para avançar sobre o inimigo, pois têm bastante experiência da pouca assistência da infantaria inimiga, em particular neste tempo da ceifa. Incita Sartirana a defender a todo custo a praça, assegurando que D. Juan irá socorrer Évora. Logo a seguir manda o Conde precaver-se para um cerco de muitos meses, ordenando que minore a ração das tropas para somente uma libra de pão e onze onças de carne, e que se pague apenas um real por dia (e só aos que trabalham). Ordena também que se recolha todo o cereal dos arredores e se obrigue os paisanos dos lugares das redondezas a mandar todos os víveres para a cidade, caso contrário a cavalaria deverá destruir e incendiar os lugares. Que os habitantes da cidade sejam expulsos, em particular os que possam tomar armas, e que levem sua roupa, ou se não a puderem transportar, que a deixem em conventos. Só devem permanecer pedreiros, carpinteiros, ferreiros e gente de mesteres que possam servir: boticários, médicos e cirurgiões. Em cada convento só deverão ficar 6 padres com 2 criados, para que cuidem de suas casas e fazendas, devendo entregar todos os víveres excepto os necessários para o seu sustento. Só as monjas deveriam receber o mesmo sustento que os soldados, ficando na cidade apenas aquelas que não tivessem assistência de fora. Apesar de todas estas recomendações, a carta vai deixando transparecer as dificuldades, exortanto a dado passo que, se tudo sair dos limites do possível, passando a extremos de impossibilidade, se sacrifiquem as vidas para fazer um serviço tão grande a Sua Majestade, e adquirir triunfo e glória perpétua.

Fonte: António Álvares da Cunha, Campanha de Portugal pella provincia de Alemtejo, na Primavera do anno de 1663, Lisboa, Officina de Henrique Valente de Oliveira, 1663, pgs. 62-67.

Imagem: Évora – Porta de Machede na actualidade. Fotografia de JPF.

Há 350 anos… Notas sobre a campanha do Alentejo de 1663 – cerco e reconquista de Évora, de 24 a 26 de Junho

 

porta da LagoaNo dia e noite de 24 de Junho os combates foram particularmente violentos. Naquele dia cabiam as guardas pelo aproche de Sto. António, que ia à porta da Lagoa, e do qual aproche era engenheiro António Rodrigues, aos mestres de campo Martim Correia de Sá, Roque da Costa Barreto e Manuel de Sousa de Castro, que com a noite se preparavam para encostar à muralha 11 mantas (engenhos de cerco). Assim o fizeram, mas todas arderam pelos inumeráveis instrumentos de fogo de que dispunham os defensores. Mesmo sem nada que os cobrisse, os soldados não retiraram de junto da muralha, e quando nasceu o dia 25 ainda lá estavam.Da parte do quartel de Machede ganhou-se bastante terreno, mas saiu ferido o tenente-general da artilharia Fontenay, que guiava este aproche, e mataram os engenheiros Francisco Adão da Ponte e Bartolomeu Zenit. Os defensores, sob o comando dos mestres de campo Tristão da Cunha e Conde de Vilar Maior e do coronel James Apsley, repeliram uma sortida inimiga por aquele quartel.

Na manhã de 25 fez-se segunda chamada para as capitulações, ficando como reféns da parte portuguesa o sargento-mor de batalha Diogo Gomes de Figueiredo (filho) e António Soares da Costa, o “Machuca”, mestre de campo na província de Entre-Douro-e-Minho que se achava no Alentejo servindo como particular, e o tenente de mestre de campo general Louis de Clairan. E pela parte de Espanha, o mestre de campo D. Pedro de Afonseca, o coronel D. Francisco Franque e o capitão de cavalos D. Pedro da Rocha.

Os principais pontos acordados nas capitulações foram os seguintes: o governador (Conde de Sartirana) e toda a guarnição, oficiais e soldados de toda a sorte, qualidade e nação, sairiam pela brecha com as honras habituais nestas ocasiões, com suas armas, corda acesa e bala em boca, tocando caixas de guerra (tambores), e com suas bandeiras, com 8 cargas de munição, e toda a cavalaria com oficiais e soldados armados e montados; seriam enviados para a parte de Portugal que se lhes indicar, onde permaneceriam até ao fim da campanha, que seria em 15 de Outubro, na forma que se praticou com a guarnição de Juromenha. Se algum soldado quisesse incorporar-se no exército português, não seria impedido, e se algum oficial não quisesse ficar com a sua companhia, poderia retirar-se para Badajoz com suas bagagens e cavalos, para o que se lhe daria escolta pelo caminho mais rápido. Deram-se 2 peças de artilharia, à escolha do governador. Os enfermos e feridos iriam em carretas, e se fossem necessárias mais, se lhes dariam. Arrieiros e vivandeiros e todas as pessoas com ou sem praça deveriam sair com suas bagagens e não seriam molestadas. Poderiam sair 8 embuçados, para que fossem para Badajoz (pessoas que quisessem manter secreta a sua identidade, por terem estado envolvidas na tomada de Évora ou por serem espiões, evitando assim sofrer represálias). A toda a guarnição se lhe daria o sustento necessário enquanto estivesse neste Reino, tal como se usou no caso da tomada de Juromenha. Entregar-se-iam todas as munições, apetrechos e mantimentos que houvesse à ordem dos vedores gerais do exército do Alentejo.

As capitulações ficaram concluídas nesse dia. A 26 de Junho saiu de Évora, pela brecha que se havia feito entre as portas da Lagoa e Avis, o Conde de Sartirana com 3.800 infantes e 812 cavalos (que foram entregues ao general da cavalaria Dinis de Melo de Castro), e foram todos para Badajoz.

No mesmo dia entraram os portugueses na cidade e tratou-se logo de reforçar as defesas: pôr em condições de defesa o forte de Sto. António, fazer uma estrela no sítio dos penedos, fazer voar o Convento dos Calçados, terminar o baluarte de S. Bartolomeu e o da porta de Machede, e fazer um forte no Rossio de S. Brás, cujo centro era a dita ermida.

Imagem: Évora. A Porta da Lagoa na actualidade (2010). Fotografia de JPF.

Há 350 anos… Notas sobre a campanha do Alentejo de 1663 – o cerco de Évora, 22 e 23 de Junho

557174Ao dia 22 de Junho, o aproche que se ia escavando nas imediações da porta de Avis chegou bem perto da muralha. E não muito mais afastados se encontravam os que se aproximavam pelo quartel de Machede. A praça estava a ficar em grande perigo, mas os defensores, esperançados no socorro prometido, batiam-se com determinação.

Novo correio de San Germán para Sartirana foi interceptado no mesmo dia. Dizia ter-se perdido a 1ª cifra e mandava a 2ª em envelope com 3 selos. De resto, a carta era um duplicado da 1ª e exortava o Conde a defender a praça até perder a vida, prometendo de novo socorro.

Os espanhóis fizeram nova sortida, quando estavam na cabeça das trincheiras os terços de D. Diogo de Faro, Fernando Mascarenhas e Febo Moniz de Sampaio. Fizeram-no com infantaria e cavalaria, sendo de novo rechaçados pelo tenente-general D. Manuel de Ataíde, com 4 batalhões de cavalos apoiados por infantaria. A todas as operações deste aproche assistia o engenheiro-mor Luís Serrão Pimentel, mostrando com a prática o que havia ensinado com a especulativa. (Cunha, p. 70)

Do forte de Santo António começou o terceiro aproche, em direcção à porta da Lagoa. No sítio do Carmo mandou D. Luís de Meneses colocar uma bateria de 3 peças, que disparava contra aquela porta. Os espanhóis já sabiam da derrota do seu exército no Ameixial (os rumores corriam entre os soldados). Era altura de propor capitulações. Saiu a pedi-las o coronel D. Francisco Franque, mas os termos propostos por Sartirana não foram aceites.

No dia 23, da sua tenda no quartel da Corte, o Conde de Vila Flor escreveu uma carta a D. Diogo de Lima, Visconde de Vila Nova de Cerveira:

Senhor meu, muito devo aos castelhanos que estão em Évora por me ocasionarem a dita de ter a Vossa Senhoria tão perto, e lograr suas novas tão amíude, porque este é o meu desejo, crédito tem esta dívida, eu me acho de cama a que me obrigava grande carga de gota, mas sempre mui são para me empregar no serviço de Vossa Senhoria.

Os inimigos que se acham em Évora resistem quanto podem. Nós os atacamos como mais nos é possível e anteontem lhe assaltámos um forte de 4 baluartes que haviam feito no convento de Santo António, com linha de comunicação à praça, e ainda que o defendiam 400 soldados, o ganhámos com boa fortuna, matando uns e aprisionando outros com o sargento-mor que o governava, com o que nos fica mais fácil a empresa, e espero em Deus se conseguirá em breves dias, para que Vossa Senhoria tenha o gosto de ver a relação do sucesso. Guarde Deus a Vossa Senhoria como desejo. Campo sobre Évora, a 23 de Junho 663. (Biblioteca da Ajuda, cód. 51-VII-46, fol. 199)

Imagem: Assalto à artilharia, óleo de Philips Wouwerman.

Há 350 anos… Notas sobre a campanha do Alentejo de 1663 – o cerco de Évora, 20 e 21 de Junho

16490911droghedaA 20 de Junho começaram a disparar as baterias e a avançar os aproches. Faziam os quartos por 3 repartições e em 3 terços cada quarto. Coube o 1º pelo quartel da Corte a Sebastião Correia de Lorvela, Lourenço de Sousa e Miguel Barbosa; o 2º aos mestres de campo D. Diogo de Faro, Fernão Mascarenhas e Febo Moniz de Sampaio; o 3º aos mestres de campo Martim Correia de Sá, Roque da Costa Barreto (ambos fazendo um esquadrão), Jacques Alexandre de Tolon, Manuel de Sousa de Castro e José Gomes da Silva (que faziam outro). No quartel de Pedro Jacques se fizeram os mesmos quartos, tocou o 1º aos terços dos mestres de campo Bernardo de Miranda, Manuel Ferreira Rebelo e Simão de Sousa de Vasconcelos; o 2º a Tristão da Cunha, Manuel Teles (Conde de Vilar Maior) e ao coronel James Apsley; e o 3º ao terço de Francisco da Silva de Moura, ao regimento do tenente-coronel Thomas Hunt e ao terço de Francisco de Barros de Almeida.

A 21, ao amanhecer, ambos os quartéis tinham avançado bastante. O da Corte sofria bastante com esta glória, porque fazia este caminho por entre duas fortificações guarnecidas: o forte de Santo António e o baluarte de S. Bartolomeu. Na cabeça da trincheira, que se tinha fabricado aquela noite, havia já D. Luís de Meneses mandado fazer a plataforma da sua artilharia num reduto, em sítio mais próximo à muralha e onde o dano era maior.

O Conde de Vila Flor não consentiu que se trabucasse a praça, que como este género de instrumentos se inventaram para ruína das cidades e assombro dos moradores, a cidade era nossa para a não destruírmos, e os moradores assombrados andavam com o tirano presídio. (Cunha, pág. 62)

Neste dia 21 de Junho, estando de guarda os primeiros terços, fez o inimigo uma sortida. A infantaria susteve a sortida e a cavalaria carregou o inimigo, sob o comando do tenente-general D. Luís da Costa (mas na qual ia sem posto o tenente-general D. Manuel de Ataíde, por dúvidas que tiveram na precedência do comando). Com o exemplo de ambos chegaram os soldados até à barbacã, e deste recontro trouxeram duas milagrosas balas os tenentes-generais, que passando-lhes as poucas armas que levavam, pararam onde as não havia, se seus peitos não são mais impenetrável aço. Na mesma manhã se tomaram dois correios, um que vinha de Badajoz à praça com cartas do Duque de S. German para o Conde de Sartirana, e outro com cartas do dito Conde para o Duque. (Cunha, pág. 62)

Na noite de 21 de Junho determinaram assaltar os portugueses o forte de Santo António. O assalto foi feito por 200 infantes ingleses do regimento de Apsley, com o seu major John Belasyze, e com os capitães Nathaniel Hill, John Smith e Charles Langley; e 200 portugueses, com o sargento-mor Luís de Azambuja, dos terços dos mestres de campo Sebastião Correia de Lorvela e Lourenço de Sousa de Meneses, com os capitães Luís Álvares Pereira de Lacerda, Domingos de Carrião, Manuel Beirão e João Freire Coelho. Uma hora depois da meia-noite, ao sinal de duas peças que se dispararam na primeira investida, assenhorearam-se do forte, matando e prendendo os 400 soldados que o defendiam. Libertaram Manuel Corte Real, Presidente da Inquisição daquela cidade, que o governador da praça tinha mandado prender.

Ao estrondo que se fez durante o assalto ao forte saiu a cavalaria da praça, mas encontrou a resistência de 8 batalhões comandados por D. Manuel de Ataíde, que saiu a cobrir a infantaria. O inimigo recolheu à praça.

O ataque e contra-ataque foi narrado por D. Jerónimo Mascarenhas em pormenor. Assim, foram os ingleses cumprir as ordens recebidas muito a seu gosto e puderam constatar que todos os defensores do forte dormiam, até as sentinelas. A este aviso se preparou o assalto, dando a vanguarda a umas mangas da mesma nação inglesa, com ordem de abrir o caminho e ocupar, por segunda operação, o convento de Santo António como o mais preciso da empresa, pois com ele se impediria aos de dentro a retirada (…). Acercaram-se sem ruído, às doze [horas], ao flanco que tinham reconhecido, e penetrando o fosso e a estacada com o mesmo sossego, subiram ao parapeito (…). Então, rompendo o silêncio com bárbaros gritos e repetidas salvas, foram seguidos dos portugueses, que logo acudiram por todas as partes com a mesma facilidade. Assim ficou a gente espanhola, parte morta antes que desperta, e a demais, passando do sono ao terror e à confusão, fugiu sem armas até à cidade, sem se deter até à praça maior, onde (…) chegaram oficiais, e entre eles capitães, sem suas espadas, que as tinham largado para consegui-lo com mais ligeireza. O inimigo, vendo-os desaparecer tão depressa, teve lugar de alternar os mosquetes com os piques e estacas que sacava do fosso do forte para fortificar-se lá dentro. e quedando o convento em seu poder, lhe faltou pouco que fazer para esperar em boa forma aos que quisessem contestar a sua conquista. O governador encontrava-se no baluarte de São Bartolomeu como no posto mais ameaçado, à primeira notícia que teve da desdita mandou sair imediatamente o batalhão de guarda da porta de Avis com 150 alemães a pé, a quem assistiam em pessoa o coronel Barão de Carondelet e o Barão de Prancq seu tenente-coronel, juntando-se-lhes uma manga de italianos (…) com o capitão Pra, todos sacados do posto de São Bartolomeu, onde trabalhavam no contra-aproche (…). Era a ordem que levavam de passar ao convento, onde se supunha haver-se acolhido parte dos defensores com o sargento-mor, que não aparecia entre os da fuga, e prosseguir em limpar o forte dos inimigos, enquanto (…) se lhes enviava reforço de cavalaria com o comissário geral dela, e outro número da melhor infantaria. Porém a velocidade do sucesso e a disposição ajustada com que o inimigo soube aproveitar-se dele, atalhou o efeito a todas estas diligências. Chegaram os da saída até às ruínas do convento do Carmo, que os cobriam, e vendo a alguma distância atrás infantaria dobrada, que não se movia nem disparava, enviaram batedores a perguntar “quem vive?”, ao qual responderam “viva Espanha!”, convidando-os com esta astúcia a aproximarem-se. Avançaram com efeito até ao princípio da trincheira e quase até aos piques, onde toparam com uma salva tão pronta e numerosa de mosquetaços, que foi milagre não estropiar-se a maior parte. Perdemos então o capitão de cavalos D. Juan de Zurita e outros muitos feridos, com o que pareceu preciso retirar-se a gente a seus primieros postos. (Mascarenhas, fls. 50 v-52)

Naquele mesmo dia 21, o capitão Manuel Rosado, do terço do mestre de campo Sebastião Correia de Lorvela, assenhoreou-se do posto do Carmo. E pelo aproche que ia à porta de Avis, na mesma noite se aproximou do baluarte de S. Bartolomeu, com 150 mosqueteiros, o sargento-mor Manuel da Silva de Orta, do terço do mestre de campo Fernando Mascarenhas, e nele persistiu toda a noite, contra a resistência da praça.

Imagem: Infantaria inglesa em acção, 1649 (ilustração moderna, referente ao cerco de Drogheda, Irlanda).

Há 350 anos… Notas sobre a campanha do Alentejo de 1663 – de 17 a 19 de Junho

IMG_2822A 17 de Junho começou o Conde de Vila Flor a dividir o exército em dois quartéis para iniciar o sítio. O “quartel da Corte” (ou seja, o que compreendia o comando supremo) alojou em Valbom, quinta dos padres da Companhia de Jesus, pouco distante da muralha contra a porta de Avis. Tratava-se de um lugar coberto de algumas eminências. Neste quartel assistiam os oficiais superiores, com 1.200 cavalos à ordem do general da cavalaria Dinis de Melo de Castro e dos tenentes-generais D. Manuel de Ataíde, D. Luís da Costa e D. Martinho da Ribeira, e dos comissários gerais Duarte Fernandes Lobo e Matias da Cunha; e 5.100 infantes com os mestres de campo Sebastião Correia de Lorvela, Lourenço de Sousa de Meneses, Martim Correia de Sá, Roque da Costa Barreto, Manuel de Sousa de Castro, D. Diogo de Faro, Jacques Alexandre Tolon, Fernão Mascarenhas, Miguel Barbosa da Franca, Febo Moniz de Sampaio e José Gomes da Silva, e o sargento-mor Salvador Freire com o terço de Santarém.

O outro quartel ficou um quarto de légua contra a porta de Machede, numa colina que levanta ali o terreno, e este se entregou ao mestre de campo general da Beira, Pedro Jacques de Magalhães, com 1.100 cavalos à ordem do tenente-general D. João da Silva e dos comissários gerais João do Crato, D. António Maldonado e Gonçalo da Costa de Meneses; e 5.000 infantes dos regimentos ingleses e dos terços dos mestres de campo Manuel Ferreira Rebelo, Bernardo de Miranda, Manuel Teles da Silva (Conde de Vilar Maior), Tristão da Cunha, Francisco da Silva de Moura (comandado pelo seu sargento-mor Manuel de Sequeira Perdigão), Simão de Sousa de Vasconcelos (com o seu sargento-mor Simão de Miranda no comando) e Francisco de Barros de Almeida.

Os dias 18 e 19 foram passados a tratar da forma dos quartéis e disposição das baterias. Ganhou-se um casarão, perto da muralha, lugar capaz para uma bateria, pela acção do capitão João Porsenoost, do terço do mestre de campo Sebastião Correia de Lorvela, com 50 mosqueteiros a peito descoberto. Ganhou-o contra todas as defesas da praça e sustentou-o até se colocar a 1ª bateria, de 5 canhões, contra aquela cortina que compreende as portas de Avis e da Lagoa. Quatro peças disparavam do quartel de Pedro Jacques e batiam contra a muralha que está entre as portas de Machede e Avis.

Imagem: “O outro quartel ficou um quarto de légua contra a porta de Machede, numa colina que levanta ali o terreno (…)”. A fotografia mostra, ao fundo, a elevação a que se refere António Álvares da Cunha, observada a partir do edifício da Universidade de Évora. Foto de JPF.

Há 350 anos… Notas sobre a campanha do Alentejo de 1663 – de 12 a 16 de Junho

modern-impression-of-a-tercio-by-artist-cabrera-pec3b1a-source-magazine-desperta-ferroA 13 de Junho partiu de Estremoz o Conde de Vila Flor com 7.000 infantes, 2.000 cavaleiros e 18 peças de artilharia. Em relação ao exército que havia triunfado no Ameixial, a força que rumou a Évora estava diminuída em 5 terços e 5 companhias de cavalos, devido ao envio de tropas para guarnecer Campo Maior, Monsaraz e Portalegre e às que ficaram em Estremoz. Alojou na ribeira de Tera na noite de 13 e na Venda do Duque na noite seguinte.

A 12 de Junho tinha saído de Aldeia Galega (actual Montijo, na margem sul do Tejo) o Marquês de Marialva, pelo caminho de Évora. Comandava 3.500 infantes em 8 terços (dois deles comandados por sargentos-mores) e 300 cavalos em 4 companhias, além de 4 peças de artilharia. No dia 15 encontrou-se com o Conde de Vila Flor no rio Degebe. À chegada do Marquês fez o exército de Vila Flor as costumadas cortesias militares. Os dois exércitos, que tinham diferentes generais, passaram a formar apenas um, e o Marquês de Marialva cedeu o bastão de comando ao Conde de Vila Flor, que anos antes tinha sido seu subordinado. No final desse dia 15 acampou o exército nas cercanias do convento do Espinheiro, no mesmo local onde anteriormente ficara o exército de D. Juan de Áustria, na sua rota de retirada.

A 16 de Junho o exército português avistou Évora. Dinis de Melo de Castro conduziu toda a cavalaria à ocupação de postos no exterior da cidade, travando algumas escaramuças sem grande oposição por parte do inimigo. Este tratou só de defender o interior da cidade, cujas fortificações estavam todas defensáveis, pois tinham os ocupantes (e os moradores forçados) nelas trabalhado com bastante diligência.

O milanês Conde de Sartirana, apelidado de “Marte de Itália”, defendia Évora com 3.500 infantes em 8 terços, sendo que 4 eram espanhóis, 2 eram regimentos de alemães e 2 eram terços de italianos. O comissário geral do troço do Rossilhão, D. Carlos Tasso, comandava 800 cavalos. Havia 13 peças de artilharia.

A gente da cidade capaz de pegar em armas foi expulsa, incluindo os religiosos, de modo a fazer aumentar os abastecimentos disponíveis.

Imagem: Um terço espanhol em acção (anos 40 do século XVII). Desenho do ilustrador espanhol José Daniel Cabrera Peña.

Há 350 anos… Notas sobre a campanha do Alentejo de 1663 – de 14 a 24 de Maio

forte Sto António

Chegado às imediações de Évora em 14 de Maio de 1663, o exército comandado por D. Juan de Áustria iniciou as operações de cerco à cidade no dia 17, após se ter apossado do forte de Santo António na véspera. O convento do Espinheiro servia de quartel-general a D. Juan. Évora caiu em poder dos espanhóis em 22 de Maio.

Assinadas as capitulações, D. Agnelo de Guzmán, filho do Duque de Medina de la Torre, foi tomar posse da cidade. Entrou pela porta de Avis e aí, no largo, esperou por D. Juan de Áustria, que ficara no forte de Santo António. O senado, os prelados e os juízes da cidade também ali foram receber o príncipe. Faltou apenas o reitor do colégio, mas instado por dois padres espanhóis, acabou mais tarde por ir ter à presença de D. Juan. De resto, os novos senhores de Évora fizeram os possíveis por cativar as boas graças dos vencidos. O Duque de Eliche presenteou o mestre de campo do terço do Algarve, Manuel de Sousa de Castro, com um riquíssimo telim, pela maneira como defendera o convento do Carmo.

No dia 23, D. Juan de Áustria foi ouvir missa à Sé, tendo sido recebido com toda a solenidade. Terminado o ofício, recolheu-se ao palácio dos Condes de Basto. O exército português encontrava-se em Évoramonte. Foi aí que D. Sancho Manuel, Conde de Vila Flor, e o mestre de campo general Conde de Schomberg tomaram conhecimento da rendição de Évora. No dia 24, enquanto Vila Flor e Schomberg entravam no Redondo com o exército português, D. Juan acompanhava em Évora a procissão do Corpo de Deus.Todos os oficiais do seu exército, bem como os soldados, se apresentaram cuidadosamente vestidos e equipados. Mas o povo da cidade, por temor ou em sinal de resistência, não compareceu nem enfeitou as janelas. Nesse mesmo dia começaram os trabalhos de fortificação da cidade, antecipando um cerco por parte dos portugueses.

Imagem: Forte de Santo António (Évora). Foto de JPF.

A campanha do forte de Telena (Setembro de 1646) – parte 2: o início da retirada

Prossegue Mateus Rodrigues a narrativa da campanha do forte de Telena:

Em todo este tempo de continuação e assistência esteve o inimigo com todo o poder que já tinha junto bem ao pé de nós, um meio quarto de légua [em rigor, cerca de 600 metros, mas talvez um pouco menos do que o soldado refere], dando-nos sempre muitos rebates e enfadamentos, que de noite estava sempre a cavalaria montada e a infantaria de armas nas mãos, e de dia com grandes escaramuças uns com os outros, os de cavalo. E tinha o inimigo já tenção de nos seguir na retirada, por isso estava ali fora, como assim o fez, porque trazia 3.000 cavalos, que nunca (…) ajuntou tanto; mas trazia à volta de 800 éguas da ordenança (…). De maneira que depois do forte tomado, ainda nós estivemos em o quartel dois ou três dias, num dos quais nos fez o inimigo uma peça galante, que foi o dar-nos um grande trabalho, por imaginarmos que vinha a pelejar connosco uma tarde, (…) fazendo uma grande faceira [sic – o soldado terá querido empregar um termo derivado do verbo facetear, ou seja, zombar; seria, portanto, zombaria], que era passar com a cavalaria por um outeiro à nossa vista, e logo dava volta aquela mesma cavalaria por detrás do mesmo outeiro, e tornava a passar outra vez à nossa vista, e assim com estes estratagemas esteve fazendo mostra à nossa vista, que parecia muito mais cavalaria do que ele tinha, mas não somos nós tão parvos que não disséssemos que era faceira [sic]. (MMR, pg. 110)

O mesmo truque fez o inimigo com a infantaria, mas sem sucesso. No entanto, o conselho de oficiais maiores do exército, mandado reunir pelo governador Matias de Albuquerque, já tinha decidido o regresso do exército a Portugal, uma vez que seria impossível prosseguir e empreender o forte de S. Cristóvão, tendo o inimigo juntado um exército superior ao nosso em Badajoz.

Para não atrapalhar nem atrasar a marcha do exército, Matias de Albuquerque mandou todo o trem de carros, carroças e mulas atravessar o Guadiana para a banda de Portugal durante a noite. Pela manhã, começou a infantaria a marchar, mas a cavalaria permaneceu formada junto ao forte de Telena, para cobrir a retirada. Foi quando as tropas montadas começaram, por sua vez, a preparar-se para se porem em marcha, que se deu o segundo desaguisado grave entre o governador da cavalaria D. Rodrigo de Castro e o seu subordinado, tenente-general D. João de Mascarenhas, conforme narra Mateus Rodrigues. Diz o soldado de cavalos que D. Rodrigo ia deitado numa liteira por se sentir mal disposto (o futuro Conde de Mesquitela padecia com frequência de “uns achaques”, como referem vários documentos da época – provavelmente gota), e que os espanhóis lançaram um ataque com cerca de 1.000 cavalos, com grandíssima resolução, trazendo diante uma companhia de 80 cavalos escolhidos com um tenente por cabo, que devia ser o diabo, (…) que se veio a nós como bárbaro, metendo-se às pancadas como um doido, mas ele ficou ali logo e muitos soldados (…). (MMR, pgs. 111-112) A restante cavalaria espanhola lançou-se então em carga sobre a congénere portuguesa. D. João de Mascarenhas, jovem e impetuoso, ordenou uma contra-carga de espada na mão – e a cavalaria portuguesa começou a movimentar-se para o choque, em vez de permanecer formada para proteger o grosso do exército. Na liteira, D. Rodrigo de Castro nem queria acreditar no que via. De um salto, montou a cavalo e, galopando, conseguiu ultrapassar os batalhões portugueses e ordenar que parassem, com termos inequívocos: “Alto! Alto! Que bebedeira é esta? Eu não valho aqui nada? Nem sou o general desta cavalaria, para avançarem sem minha ordem?” (MMR, pg. 112). Mateus Rodrigues considera nas suas memórias, escritas cerca de 8 anos depois deste evento, que a intervenção de D. Rodrigo foi providencial para evitar um possível desastre, pois a manobra do inimigo era precisamente para atrair os portugueses a uma armadilha: mais cavalaria e infantaria suas se aproximavam, em número superior ao dos portugueses. Mas o tenente-general não reagiu bem à interferência do seu superior: os dois trocaram insultos e, tal como acontecera meses antes, só não chegaram a vias de facto porque outros oficiais intervieram.

D. Rodrigo de Castro assumiu o comando da cavalaria e iniciou a retirada.  Já a nossa infantaria ia toda do forte para baixo (…), e logo o inimigo veio com toda a cavalaria, carregando-nos com grande força e trazendo duas peças entre a mesma cavalaria, com seis mulas cada peça, que corriam com elas como a mesma cavalaria, e assim como chegavam a tiro, davam carga com elas [ou seja, disparavam], que faziam muito dano, porque ia a nossa gente toda numa pinha e não podia deixar de matar muita gente, porque fazia tiro de perto.

(…) Quando nos vínhamos retirando, e já bem apertados, ainda não tinham lançado o fogo às minas que estavam feitas para arrasar o forte, e quando se acordaram a mandar pô-lo, já o inimigo vinha à desfilada, correndo homens de pé a meter-se no forte. Contudo, Matias de Albuquerque prometeu uma bandeira [ou seja, promoção ao posto de alferes] a quem lhe fosse botar o fogo. Logo houve um soldado que se aventurou a lhe ir botar o fogo, e verdade seja que ele lho botou; mas (…) lá ficou em poder do inimigo, cativo, e assim como deu fogo às minas, fizeram elas tão pouca obra, que apenas se ouviu o estrondo entre nós, que como era obra de terra, empapou-se a pólvora nela e não derrubou nem uma vara de muralha, e assim lhe ficou outra vez em pé como estava, (…) havendo-nos custado mais de 600 homens. (MMR, pg. 113)

Na próxima parte conclui-se esta descrição, com a narrativa do combate travado nas margens do Guadiana.

A conclusão da série de artigos sobre o Forte de Telena no blogue Sigue las Huellas de Badajoz pode ser lida aqui.

Imagem: “Combate de cavalaria”, de Peter Snayers (detalhe).

A campanha do forte de Telena (Setembro de 1646) – parte 1: assalto e conquista

A mudança no comando da cavalaria do Alentejo, após o desaire da emboscada nas vinhas da Terrinha, não trouxe maior eficácia. Entre 1646 e 1647, a cavalaria portuguesa era frequentemente suplantada, em número e em qualidade, pela cavalaria espanhola, conforme é corroborado por variadíssimos documentos da Secretaria de Guerra e pela confissão dos “grandes medos” que os soldados sentiam, segundo as palavras de Mateus Rodrigues. A situação só melhoraria em 1647, com a chegada de Martim Afonso de Melo ao governo das armas do Alentejo e a introdução do “Contrato com os capitães de cavalos”.

A preparação da campanha de 1646 não podia ter corrido pior a nível das chefias: Matias de Albuquerque, agora Conde de Alegrete, fora nomeado governador das armas, ficando Joane Mendes de Vasconcelos como mestre de campo general. Grandes rivais, a desconfiança e inimizade entre ambos comprometeu a cooperação necessária para o bom andamento das operações. Também a nomeação de André de Albuquerque Ribafria para general da artilharia, posto que estava vago desde 1644, não foi pacífica, com três mestres de campo mais antigos (Luís da Silva, João de Saldanha e D. Sancho Manuel) a contestarem a nomeação do jovem fidalgo. Como se tudo isto não fosse pouco, quando Joane Mendes – ainda antes da chegada de Matias de Albuquerque ao Alentejo como governador – decidiu empreender uma operação contra o castelo de Codiceira, levantou-se uma grave questão entre D. Rodrigo de Castro e D. João de Mascarenhas, com o segundo a questionar uma ordem do governador da cavalaria e a receber ordem de prisão. Quando se iniciaram as operações para o assalto ao forte de Telena, já D. João recuperara o posto de tenente-general. Mas as tensões entre os comandos continuavam bastante fortes.

O objectivo da campanha foi debatido entre os cabos de guerra da província do Alentejo (os acima referidos e ainda o engenheiro João Pascácio Cosmander e D. João da Costa, que passara a servir no Alentejo sem posto, devido a um duelo que travara com o Conde Camareiro-Mor dois anos antes, que lhe valera a perda do posto de general da artilharia). Sendo Badajoz a praça mais apetecida, considerava-se que era necessário tomar primeiro o forte de S. Cristóvão. Mas Joane Mendes, D. Rodrigo de Castro e André de Albuquerque defendiam que, ainda antes daquele forte, seria necessário tomar e destruir o de Telena. E foi esta opinião que prevaleceu, após consulta ao Rei. Conforme refere o Conde de Ericeira, tratou-se de uma  decisão de grande risco e pouca utilidade (Conde de Ericeira, História de Portugal Restaurado, edição on-line (facsimile da edição de 1759), Parte I, Livro IX, pgs. 168-169).

Em 15 de Setembro, o exército do Alentejo, reforçado com gente de novas levas e unidades de outras províncias, e com o enorme e necessário trem logístico de carroças e carros, atravessou o Guadiana. O Conde de Ericeira apresenta um efectivo de 8.800 homens, sendo 7.200 infantes repartidos por 10 terços, e 1.600 cavalos. Já Mateus Rodrigues refere 6.000 infantes e 2.000 cavalos, tudo gente paga e boa (MMR, pg. 106). É no contexto desta operação que o soldado de cavalos faz referência à estreia dos “cavalinhos de pau”, já tratados em detalhe em dois artigos, aqui e aqui. Sigamos a sua colorida narrativa dos eventos, bem mais pormenorizada do que a apresentada na História de Portugal Restaurado.

Assim como nós saímos à campanha, logo fomos vistos do forte, que toda aquela campanha, assim a sua como a nossa, em mais de 4 léguas de circuito leva com a vista, e como o inimigo logo soube que nós botávamos exército, começou também a juntar a gente que tinha e as ordenanças todas, assim a cavalaria como infantaria, que a gente que ele trouxe não podia ser toda paga, pois sabemos mui bem o que tem (…). Aquele dia em que saímos da cidade não chegámos lá, e (…) não é mais que légua e meia, mas na passagem da ribeira nos detivemos muito, por amor [isto é, por causa] das muitas carruagens e artilharia que levávamos, 8 peças de 48 libras cada uma e 6 peças de 24 libras, e como nós não fomos logo no direito do forte, senão ao largo por amor da sua artilharia, que orlava meia légua, marchámos mui ao largo, e todo o dia gastámos com uma légua, mas dormimos já todos da banda de além do Guadiana, em umas vilas donde chamam os Carrascais de Fiolhais, e assim nós estivemos ali aquela noite.

Ao outro dia nos pusemos em via, levando a nossa cavalaria toda na vanguarda de tudo, e bem formada, (…) que tínhamos então um grande soldado por tenente-general da cavalaria, que era D. João de Mascarenhas, (…) mas íamos mais de uma légua ao largo, porque nos íamos aquartelar por cima do mesmo forte, em umas covas e vales, aonde a sua artilharia nem chegava, nem nos podiam ver do forte. E assim como chegámos, logo a infantaria começou a trabalhar, a fazer trincheira, e logo todos nós a tratar cada rancho de fazer suas barracas para nos acomodarmos, que todo um dia e uma noite não fizemos mais que consertarmo-nos pelo que nos podia suceder. E (…) estando já todo o exército acomodado, trataram de ir ao forte, que nos ficava daí meio quarto de légua. Levaram lá a artilharia, mas não obrava nada, porque como o forte era de faxina e terra, não faziam as peças nada nele. Trataram então de lhe fazer avançadas com a infantaria arrimando-se [ou seja, chegando-se] à estacada, que a tinham mui grossa e forte. Contudo, apesar de mortos, lhe romperam a estacada e ficavam junto da mesma muralha do forte, que dali lhe lançavam dentro muitos penedos e alcameias de fogo e granadas, que com isto lhe faziam grande dano lá dentro. Mas muito mais dano nos fazia o inimigo, que nos matava muita gente, porque diferente é pelejar um homem de sua casa, coberto para quem peleja da rua, e além de que as suas duas peças que lá tinham nos faziam grande dano. Porém, rebentou-lhe uma delas, que fez o artilheiro em pedaços. E como não havia mais, que ficavam muito mal sem artilheiro para a praça, assim logo por diante começaram a descoroçoar, porque, como os nossos estavam sempre arrimados à (…) muralha do forte, não podia o inimigo fazer-lhe dano com a mosquetaria. Os nossos lhe estavam matando muita gente com o que lá lhe botavam dentro, e assim, vendo-se já em aperto, vendo que lhe não vinha socorro, mandaram um aviso a Matias de Albuquerque, que se lhe não viesse socorro dentro de dois dias, que eles se queriam entregar. Concederam no aviso, e susteve[-se] a peleja por espaço dos ditos dois dias, e no cabo, vendo o inimigo que lhe não vinha socorro, se entregou no fim de três dias de continuação, que nos custaram os tais dias mais de 80 homens mortos e feridos [devido a um erro de transcrição, a versão dactilografada refere 800 baixas: o número que Mateus Rodrigues apresenta no manuscrito é 80]. Rendido o castelo, se saiu a gente que nele estava, que eram 300 homens e boa gente, mas já vinham menos uns 60 homens que lá lhe mataram os nossos. (MMR, pgs. 108-109)

Foi então decidido arrasar o forte. Matias de Albuquerque propôs que nele entrassem 2.000 homens com pás e picaretas, que derrubariam o forte em dois dias. Mas o engenheiro Cosmander quis poupar os soldados a mais uma canseira, e contrapôs que se fizessem minas e se fizesse assim explodir o forte. Seguiu-se este conselho, mas sendo a obra de terra, não resultou em nada – nem estrondo fez grande, (…) nem quanto seja uma vara de muralha derrubou. (MMR, pg. 110)

(continua)

Imagem: Fotografia aérea do local onde se ergueu o forte de Telena. Foto retirada do blogue Sigue las Huellas de Badajoz, que apresenta um magnífico conjunto de artigos sobre o forte de Telena. O primeiro desses artigos pode ser lido aqui: Sigue las Huellas de Badajoz. Mais sobre Telena aqui.

A propósito de cercos

Esta entrada não está directamente relacionada com a Guerra da Restauração. Na verdade, excede a baliza temporal do conflito peninsular em cerca de 15 anos. Mas não é descabida, pois foca um dos aspectos mais característicos da guerra durante o século XVII: o cerco a uma praça e o desenrolar das correspondentes actividades bélicas. Penso que irá complementar a longa descrição do cerco de Olivença em 1657, aqui apresentada em 10 partes.

No documentário em cinco partes sobre o cerco de Viena e a batalha que lhe pôs fim, em 12 de Setembro de 1683, travada entre as forças do Império dos Habsburgo (na verdade, uma coligação polaco-austro-alemã, comandada pelo Rei da Polónia Jan III Sobieski) e as do Império Otomano (sitiantes de Viena, sob o comando do Grão-Vizir Merzifonlu Kara Mustafa Pasha), encontraremos a reconstituição de pormenores que são inúmeras vezes focados nos textos e documentos relativos à Guerra da Restauração. Ainda que surjam algumas particularidades bem características dos exércitos envolvidos no cerco de Viena e subsequente batalha (por exemplo, os hussardos alados do exército polaco, ou os janízaros do exército otomano), são em muito maior número as referências ao armamento e às situações experimentadas durante um cerco, comuns a qualquer operação desse tipo durante o século XVII, incluindo a Guerra da Restauração.

Deste modo, o leitor poderá visualizar revelins, bastiões, estradas cobertas, fossos, trincheiras de aproche à praça cercada, cavalinhos de pau (não exactamente a versão aqui descrita e usada pelo exército português, mas aproximada), o processo de construção de minas e contra-minas (e como detectar, com um artifício simples mas engenhoso, os trabalhos de escavação de minas do inimigo), o emprego de mensageiros e espiões, o uso de arcabuzes, mosquetes, bacamartes e granadas de mão, etc.

O documentário é narrado em alemão (originalmente tinha inserido aqui a versão narrada em inglês, mas a conta a ela associada foi encerrada no Youtube).

Parte 1

Parte 2

Parte 3

Parte 4

Parte 5

Cerco e tomada de Olivença (10ª e última parte – de 23 a 31 de Maio de 1657)

Mapa

[23] [Nota de Horácio Madureira dos Santos: No original está erradamente indicado o dia 24] – Partiram os enviados 4ª feira pela manhã, e nesse dia tornou o padre António de Matos trazendo do Conde general largas promessas de socorro, com que foi grande a alegria que houve na vila comummente em todos. Levava João Mendes Mexia uma instrução que o governador e o Du Four fizeram, em que pediam, afora o que já tinham pedido, que creio era pólvora, que lhe mandassem 1.500 infantes, e nesses viessem duzentos rodeleiros [soldados armados de espada e rodela – escudo pequeno e redondo – que eram empregues em missões especiais], e que esses, em chegando, guarnecessem a estrada encoberta e surtissem pelos aproches do inimigo, e sustentassem o que fosse ganhado, e que ele tinha outros 200 da gente da vila com que render aos que viessem.

E assim lhe mandassem 130 cavalos com um bem valente cabo, e lhe mandassem vinho para as missas, e medicamentos para os feridos, e que se resolvessem em socorrer a praça, o que podia fazer pela parte de Santa Catarina ou pela serra. Afora estas, levava outras advertências. E o sargento-mor Manuel de Magalhães mandou outra instrução por João Rodrigues, lavrador prático, e foi à torre a lhe mostrar o sítio e lugar por onde o socorro podia entrar e por onde o havia de guiar. E para que o inimigo não buscasse os enviados e lhes achasse este papel, o estudou de memória Simão Lopes de Oliveira.

Foram os nossos enviados bem recebidos no exército, e dele partiu pela posta um, que foi João Mendes Mexia, e veio à Corte a pedir socorro. Nós estávamos na praça esperando pelo nosso exército, que viesse conforme à promessa, porém ele se não movia; assim passámos até tornarem os enviados, sem haver de novo outra coisa mais que mandar o governador dar pão de munição a quase todo o povo.

[28] – 2ª feira pela manhã chegaram os enviados à praça, tendo sido retidos um dia do exército do inimigo, e vieram com promessa de socorro; querem alguns senhores e cabos que lhes deram frias esperanças.

O capitão António Barbosa de Brito trazia, sem os outros saberem, uma ordem do Conde general para o governador, e era assinada também pelo mestre de campo general e pelo dito capitão, escrita em um pedaço de papel, que era mais de um quarto, e nela dizia que Sua Majestade, que Deus guarde, por carte de 25 do corrente lhe ordenava que o avisasse de sua parte, lhe mandasse que não guardasse a capitulação feita com o inimigo, nem entregasse a praça,antes a defendesse até pela defensa dela derramar a última gota de sangue. Continha este papel o modo e sinais que se farião, e finalmente que o exército socorreria a praça a todo o risco, em conduzindo a gente que dele se tinha divertido [quer dizer, após reagrupar os soldados que se encontravam dispersos ou que tinham desertado do exército de socorro].

Para ver esta ordem chamou o governador a câmara, nobreza e povo, clérigos e todos os cabos da guarnição, capitães e daí para cima, e propôs que El-Rei [na verdade, a Rainha regente] mandava aquilo, mas que para o executar não havia pólvora para mais que três dias, e poupando-a para quatro, que o punha a votos, e que me pedia que eu os tomasse a todos, assinando cada um o seu.

A mim me pareceu que a ordem se devia executar, e não pôr em conselho, e entre outras coisas que mais disse foi este meu voto. Mandei de tudo fazer auto pelo escrivão da câmara, e por ser a casa do governador pequena e a gente muita, e estar mal acomodada, me passei paraa igreja de Santa Maria, aonde me chegou recado que somente a câmara, clero, governança e povo tomasse os votos, e que os da guerra lhos tomaria o governador. Assim o fiz, e de todos os que votaram só seis ou sete foram de acordo que a capitulação se guardasse, e destes ficaram quatro em Castela, os mais votaram que a praça se defendesse.

Mandei estes autos ao governador e ele mos tornou, dizendo que fosse com um homem da governança a ver a pólvora que tinha e me desenganaria eu e eles; eu lhe respondi que Sua Majestade me tinha mandado uma certidão do almoxarife, em que declarava a pólvora que tinha, que me parecia quantidade bastante, se se gastasse com boa ordem, e não tinha outro parecer senão o que já tinha dito. Disse-me então o procurador, que era o capitão Manuel Mendes Mexias, que o governador, estimulado do meu voto e dos da governança, estava de acordo de queimar os armazéns e formar os terços, investir as linhas, e salva-se quem se salvar.

Eu lhe dei em resposta que a ele lhe ordenavam que defendesse a praça, e não que a perdesse desta ou da outra maneira, e que nem tudo o que dizia podia fazer. Pela tarde apareceu o nosso exército em Vila Real com cavalaria avançada, em modo de nos vir socorrer.

Neste dia entregou o governador todos os armazéns, artilharia e munições e mantimentos a D. Diego de Rueda, e fez esta entrega o Du Four.

29 – 3ª feira mandou o governador ao capitão da ordenança João Lourenço Matos que fosse levar os reféns ao nosso exército; ele foi, e os primeiros que levou não lhos aceitaram, dizendo que haviam de ser à vontade do governador que contratou e que dessa não constava. Sendo disto avisado o governador, deu um rol de seis, os quais eram o Conde de Medellin, o filho do de Montijo, o do Marquês de Barcarrota, D. Rodrigo Mexia, D. Francisco de Guzmán, o Conde del Axenal, e deu um escrito em que dizia que se satisfaria com dois; destes foram levados ao nosso exército o filho 3º do de Montijo e o de Barcarrota, e os aceitaram.

30 – Era o dia final da entrega quarta-feira pela manhã, e sendo já bem tarde, não tinha vindo o nosso capitão a nos fazer certo que os reféns estavam já no nosso exército, contudo chegou com uma hora de dia. O Duque pedia a entrega, o governador dizia que conforme o contratado não havia de sair o povo e guarnição, senão em um dia pela manhã, e que depois de ele sair entraria a sua guarnição, e que aquela hora era tarde, que amanhã faria a entrega. Contudo lhe entregou logo a praça, largando-lhe a porta de São Francisco e o baluarte do mesmo santo, e o de São Brás.

Entrou a bagagem do castelhano, o Duque e alguns cabos e particulares. O nosso exército esteve sempre à nossa vista, esperando algum movimento nosso que não houve.

Ao outro dia, que era 5ª feira, saiu o povo, ficando lá somente, por então, 43 casais, e passaram para cá 942 largando suas casas e fazendas, e ainda dos que ficaram pedem bagagem para virem muitos.

Em meio do caminho nos mandaram fazer alto, e se lançou em nome de El-Rei de Castela um bando em que prometiaa todos os que ficassem que não pagariam alcavalas, nem teriam alojamentos, nem na praça meteriam guarnição estrangeira, senão de espanhóis, que dariam aos moradores razão e o mais que dessem aos soldados, que lhes reformariam as casas que arruinou a artilharia e lhes guardariam seus foros e privilégios, e lhes concederiam outros maiores, contudo nenhum tornou para trás. E vieram ao nosso exército, e daí se repartiram pelos lugares de Borba, Vila Viçosa e Elvas, aonde pelas justiças e câmaras lhes fizeram suas boas passagens.

Antes de Manuel de Saldanha [governador da praça] chegar ao exército, foram 20 cavalos levá-lo preso a Vila Viçosa, de onde depois foi passado à Torre de Belém. O mestre de campo João Álvares de Barbuda foi levado a Évora Monte.

A perda de Olivença teve como resposta, no ano seguinte, a fracassada tentativa de tomada de Badajoz pelos portugueses. A empresa partiu da iniciativa de Joane Mendes de Vasconcelos, cuja opinião tinha sido até aí contrária  a toda e qualquer operação de cerco àquela importante praça raiana. Ainda em 1658, foi a vez de D. Luís de Haro iniciar o cerco de Elvas, que culminaria em Janeiro do ano seguinte na batalha das Linhas de Elvas, da qual o exército português saiu vencedor. Pode afirmar-se que a tomada de Olivença pelo exército espanhol inaugurou o período final da guerra na fronteira alentejana, durante o qual se registou um aumento de intensidade das operações militares. Mas ao contrário do que foi temido aquando da perda da praça pelos portugueses, o revés de Olivença não conferiu grande vantagem estratégica aos exércitos de Filipe IV: toda a região raiana, de um lado e de outro da fronteira daquela parte, estava bastante devastada e incapaz de servir de apoio a exércitos numerosos. De facto, até ao nível das operações de saque e pilhagem, a guerra no Alentejo e na Extremadura flectiu mais para sul, para os campos do Baixo Alentejo e os domínios dos Duques de Medina-Sidónia, que até aí haviam sido relativamente poupados às acções de guerra.

Olivença seria devolvida à soberania da Coroa portuguesa após o Tratado de Paz de 1668.

O texto, cuja transcrição (com ortografia actualizada) ora se conclui, corresponde a um manuscrito anónimo existente na Biblioteca Nacional, secção de Reservados, agora somente disponível em microfilme (FR 970), cujo título é Relação de tudo o que [se] passou em Oliuença e no Campo do Cerco e tomada da praça pellos Castelhanos. Abril anno de 1657.

Imagem: Nova et accurata tabula Hispaniae, de Cornelis Dancker, c. 1656 (detalhe do mapa). A vila de Olivença, que no mapa não se encontra legendada, está aqui assinalada a vermelho. Biblioteca Nacional, Cartografia, CC 1214 A.

Cerco e tomada de Olivença (9ª parte – de 16 a 22 de Maio de 1657)

Juromenha

[16] – Ao amanhecer deu o inimigo a última investida e meteu no forte quantia de cinquenta homens, sem forma, os quais chegaram até o meio do vão dele e daí tornaram a recolher-se ao vão do fosso; então se retirou a infantaria que aí estava, e o tenente Manuel Pacheco, montando já em outro cavalo, a trouxe toda a salvamento, sem perder homem algum, ainda que dos de cavalo perdeu muitos. Acudiu Domingos Álvares Rogado, cabo dos rocins e éguas da sua terra [cavalaria da ordenança], e rechaçaram aos que entraram no forte, e acabou a infantaria de se pôr em salvamento na nossa estrada encoberta.

O inimigo perdeu muita e a melhor gente nesta investida, entre eles o sargento-mor de D. Pedro Alvarez de Toledo, e a um mestre de campo irlandês, pelo qual fizeram grande sentimento; na algibeira deste se achou a relação do seu terço e tinha 159 praças, contando sete da primeira plana em cada companhia.

Neste dia se pôs em conselho se se recolheria a guarnição da estrada encoberta, porque o inimigo pela parte do forte e dos ataques nos fazia dano; resolveu-se que sim, e pelo meio-dia se recolheu com pressa, sem haver quem os seguisse, contudo deixaram por retirar mortos e munições e madeiras de cortaduras, e outras coisas, como cavalinhos de pau, que tudo ficou no fosso. Fecharam-se as portas e se terraplanaram com a artilharia do cavaleiro, e do baluarte de S. Pedro se bateu o Forte Velho ocupado pelo inimigo, e suposto lhe mataram muita gente, não lhe arruinaram a parede que ficava para a nossa parte, assim por ser a parte dela de formigão, como porque o inimigo a ia terraplanando com faxina e terra.

[17] – Todo o dia de quinta-feira trabalhou o inimigo no terraplano do Forte Velho e fez plataforma nele, ainda que lhe não vi nela artilharia. Meteu de guarda um terço, que ao parecer teria trezentos homens; a nossa artilharia lhe fazia grande dano, por estar a gente mal coberta. Neste dia, por noite, se mandou um correio ao Conde de S. Lourenço.

[18] – 6ª feira todo o dia se pelejou bem, e por noite se despediu a Diogo Soares para levar cartas ao Conde general [Conde de São Lourenço]. Pela meia-noite se viu um sinal em Juromenha, de que o nosso correio era ali chegado. Neste dia tornaram a assistir em cada um dos baluartes os três homens da nobreza e governança, que de antes estavam nomeados; o inimigo fez muitas cortaduras de faxina no fosso do forte ganhado, porque estava descoberto à nossa mosquetaria do baluarte de São Pedro, e por elas se veio chegando à estrada encoberta por aquela parte.

19 – Sábado por noite fez sinal Juromenha de que o nosso correio era chegado àquela praça; de tarde se viram na atalaia de S. Robes Vieira fumaças, de que se deu parte ao governador. De tarde fez o inimigo chamada, e a ela mandaram o capitão António Barbosa, e trouxe recado [do] que o Duque dizia. Quinta-feira, 17 do presente, acometeu o nosso exército a escalar Badajoz, e fora rechaçado com perda de 500 homens, e assim o Conde [de São Lourenço], desesperado, se recolhera com parte do exército para Campo Maior e parte para Elvas, e ele desfeito como estava ficávamos impossibilitados de socorro, e assim nos convinha entregar a praça, para o que se faziam todos os bons partidos, aliás [ou seja, em caso contrário] a força, a fogo e sangue.

Trouxe esta embaixada o general da artilharia Tarragona, e a chamada a fez o tenente João de Vilanova, soldado conhecido e prático. Recolhido o capitão com o recado, sucedeu que o inimigo, pela parte de São Pedro, disparou uma peça de artilharia, com que nos matou um soldado; fez-se queixa ao governador, e ele mandou que desde o baluarte de Santa Quitéria até o de São João atirasse quem visse a quem, e daí para diante houve cessação de armas; foi um ajudante com a ordem para uma parte, e outro para outra, mas o que mandou atirar chegou primeiro, com o que os soldados pela muralha foram atirando à roda e com tanta presteza, que por toda a parte se deu uma redonda carga que lhe matou muita gente, principalmente a artilharia, contudo se mandou cessar por uma e outra parte.

Deu-se em resposta ao inimigo que um exército de 20.000 homens como o nosso se não derrotava com perda de 500, nem o governador estava certo disso; que a ordem que tinha era de pelejar, para o que tinha pólvora e balas, que o senhor Duque fizesse o que melhor lhe parecesse. Despedido o da chamada, se deu outra carga redonda de mosquetaria e artilharia, e ficámos à bateria como dantes. Estava pela parte [do baluarte] da Rainha chegado o inimigo com o seu ataque, sem haver entre ele e a nossa estrada encoberta maior distância que a grossura da tapa que fazia face ao parapeito, e daquele lugar se pelejou muitos dias até com manguais, contudo o suposto largámos a estrada encoberta; o inimigo não rompeu para ela, nem passou ao fosso, mas porque o devia fazer para chegar à muralha, e o fazia com menos risco de noite, lhe punha o De Four uns fachos acesos, que lançava no fosso, com o que tudo ficava claro, e nós vendo se o inimigo obrava alguma coisa.

Pareceu-lhe, ao sargento-mor Manuel de Magalhães, que se o inimigo entrasse poderia facilmente apagar os fachos que estavam no chão, e assim ordenou outros, que foram os candeeiros da Misericórdia com novelos de azeite, que a Câmara deu os necessários, e pendurava estes da muralha bem acesos, e davam luz bastante, com que o fosso ficava bem claro.

Desta maneira, de dia e de noite, até terça-feira 22 deste mês, neste fatal dia para Olivença, fez o inimigo chamada pela uma hora depois do meio-dia; veio a ela o Tarragona, que sempre foi o que as fazia, e tornou a pedir que se tratasse das antigas capitulações; o governador veio nisso, e mandou ao ajudante Domingos Martins Porto que me fosse pedir o primeiro original delas, que me tinha ficado. Estava eu dormindo no corpo da guarda da Corna e chegou o ajudante e me acordou, dizendo da parte do governador que lhas desse. Eu as tirei da algibeira e lhas dei, e tornei a dormir, quando daí a pouco ouvi grande rumor, e me acordou o sargento, dizendo [“]Senhor, acuda Vossa Mercê ao capitão Barbosa, que o mata o povo[“], e me disse que era motim, em razão de que se capitulava com o inimigo. Eu acudi e o capitão já era livre e enviado ao governador, aonde fui a informar-me do que passava, e ele me disse que o nosso exército nos não socorria e que o inimigo lhe concedia três dias para mandar a ele enviados, que o queria fazer porque desse modo punha a praça nas mãos do Conde general, se a quisesse socorrer, que podia, porque cá tinha no exército tudo o que podia esperar, e se não quisesse, que então o dito general a entregava com a não socorrer, e não ele.

Eu não consenti em o termo, nem em muitos artigos, e assim chamei a Câmara e governança e povo, e juntos fomos a Santa Maria, e levei a capitulação que o governador me largou, e lá fiz quatro artigos. O primeiro, que os moradores pudessem levar tudo o que seu fosse no termo de 8 meses, ainda que as coisas que quisessem levar fossem mantimentos ou coisas defesas [proibidas] de passar de um Reino para outro, e que pudessem deixar um feitor para lhas vender se lhes estivesse bem, e remeter o procedido delas, e querendo-as trazer, lhe daria o Duque bagagem, comboio e segurança necessária.

O segundo, que de qualquer modo que o nosso exército se afrontasse com o do inimigo e pelejassem, ainda que fosse só com a artilharia, não seríamos obrigados a estar pelo capitulado. O terceiro, que de qualquer modo que fôssemos socorridos e com qualquer número de gente que fosse, ficaríamos livres do capitulado. O quarto, que o Duque nos daria tempo de dez dias, e lugar para neles mandarmos sete enviados para dar conta ao Conde general do estado da praça, e que estes poderiam dentro deste termo passar e repassar pelo seu exército com toda a segurança, e se lhes daria um comboio [escolta] até chegarem ao nosso exército.

O primeiro intento que tivemos nisto foi desavirmo-nos com o Duque, e em caso que tudo concedesse podia o nosso exército, com qualquer gente que tivesse, vir de S. Ildefonso, aonde estava, para o quartel da Amoreira, ou tomar outro que melhor lhe conviesse, e pondo-se à bateria com o inimigo, nos iria defender, e em qualquer boa hora nos socorresse, ainda que furtivamente com algum número de gente, e parece que bastaria qualquer socorro para o inimigo largar a empresa, ou nós podermos tornar a guarnecer o que lhe tínhamos ganhado.

Fizeram-se outros motins contra algumas pessoas, o governador mandou formar na sua porta três companhias de infantaria, e assim as teve até o dia da entrega. Entendeu o governador que, para dar satisfação ao Paço do que se tratava com o inimigo, convinha mandar com o seu capitão algum homem da governança, e assim mandou naquele dia ao tenente Rui Peres Sardinha [oficial da cavalaria da ordenança – era muito frequente os oficiais das companhias da ordenança serem membros do poder local; por exemplo, vereadores das câmaras], e ao outro dia a Lourenço Galego Fajardo e o padre António de Matos, e de outra vez a Fernando Gomes de Cabreira e o padre Manuel Frade Lobo, e outra vez a João Farinha Lobo; porém, estes não levavam ordem demais que ouvirem o que se dizia e o capitão tratava.

Dilatámos a resposta acima, e ficou para responder-se ao outro dia até o meio-dia, o que o inimigo levou muito contra sua vontade, mas esperou até o outro dia pelas dez horas [que] se lhe respondesse; assim, ele concedeu oito dos dez dias pedidos, e sem conceder mais coisa alguma do que de novo pedimos, concluiu o governador com o seu conselho este negócio, e mandou reféns, que foram o mestre de campo João Álvares de Barbuda e o capitão Manuel de Brito do Carvalhal, que governava o terço de Beja, e de lá vieram o Conde de Torrejon e o sargento-mor D. Diego de Rejeda.

Estando já neste estado a praça, pediu o governador que na Câmara nomeássemos os sete homens qu haviam de ir ao exército, e entre outros me nomearam a mim e ao sargento-mor Manuel de Magalhães Galvão; porém ele disse que em nenhum caso podia ficar sem nós, porque temia alguma invasão, ou desavença do inimigo; com isto nomeámos, com seu acordo, a João Mendes Mexia, que é o que passou à Corte, e Fernando Gomes Cabreira, Gil Lourenço Codesa, vereador, o capitão António Barbosa de Brito, Simão Lopes de Oliveira, João Rodrigues, lavrador, e para os levar e vir com certeza de que lá ficavam, foi o padre António de Matos Mexia, a quem Sua Mejestade fez mercê da abadia de Carrapeto.

(conclui na próxima parte)

Este texto corresponde à transcrição (com ortografia actualizada) de um manuscrito anónimo existente na Biblioteca Nacional, secção de Reservados, agora somente disponível em microfilme (FR 970), cujo título é Relação de tudo o que [se] passou em Oliuença e no Campo do Cerco e tomada da praça pellos Castelhanos. Abril anno de 1657.

Imagem: Juromenha – praça com a qual a vila de Olivença mantinha comunicação por sinais visuais à distância (fogos, à noite), durante o cerco de 1657. Foto de J. P. Freitas.

Cerco e tomada de Olivença (8ª parte – 14 e 15 de Maio de 1657)

Olivença1

14 – Segunda-feira pela madrugada, pela parte donde foi o assalto, veio um soldado valão com um arcabuzaço [ferida provocada por uma bala de arcabuz] pelo pescoço e pediu aos nossos que, pelo amor de Deus, o recolhessem e lhe dessem um confessor. Levaram-no para o hospital, onde viveu três dias. Este [o soldado] nos disse que o nosso exército tinha sitiado Badajoz, que o inimigo mandara a sua cavalaria com mil infantes e os metera dentro da cidade. Na manhã deste dia amanheceram duas peças na plataforma de São Pedro e uma na de São Bartolomeu, de onde o inimigo não tirava havia já três dias; trabucou e lançou nove bombas na praça, com que arruinou algumas casas.

Pelo meio-dia fez o inimigo chamada pela parte do olival de João Cabelos, e veio a ela D. Francisco Ventura Tarragona, seu engenheiro-mor e general da artilharia; pediu muito encarecidamente, queria falar ao governador, o que não conseguiu.

Segunda vez pediu que se tratasse das capitulações acerca da entrega da praça, e instando sempre que queria falar ao governador, o qual lhe mandou dizer que já não havia quem se lembrasse de tal contrato.

Terceira vez pediu tréguas de duas horas, e licença para tirar os seus mortos que a outra noite lhe tinham ficado [no campo], e se lhe respondeu que de cá se mandariam enterrar, porém alguns disseram ao governador que lhos deixasse levar, que era estilo em toda a guerra o conceder-se, e então lhe mandou dizer que os retirasse embora; levaram 28 corpos que ficaram pegados nas estacas da estrada encoberta, e entre eles D. Pedro Alvarez de Toledo; um castelhano que ainda estava vivo recolhemos para dentro e se curou no hospital; este nos informou do atrás referido.

Pela tarde tornou a fazer chamada o mesmo Tarragona, e pediu com grande instância que queria falar ao governador e que se tratasse dos pactos  entrega da praça, e foi respondido como da outra vez. Na tarde deste dia deu uma bala de artilharia em André Fernandes, de quem acima falei, e lhe levou o braço esquerdo, o que sentimos muito por ser moço de grande valor.

[15] – 3ª feira, pelas oito horas do dia, saiu o inimigo dos seus ataques pela parte do Ral, e investiu a nossa estrada encoberta, e os seus soldados treparam em cima do nosso parapeito, e os nossos os rebateram, e se pelejou porfiadamente até se atirarem com pedras. Neste tempo, dois soldados desmontados naturais da vila se arrojaram ao ataque do inimigo, atirando-lhe com pedras, com o que lho fizeram largar e saírem fugindo; os nossos saíram fora desordenadamente atrás deles, e saindo para os recolher o alferes do mestre de campo Belchior Lopes do Campo, lhe deu o inimigo com uma bala, de que logo morreu, e os nossos soldados se meteram dentro do ataque do inimigo, onde lhe mataram muita gente, e lhe tomaram mais de 150 armas e muitas granadas.

Durou este combate mais de sete horas, em que se pelejou com grande esforço; feriram-nos o alferes Teixeira e o alferes Cristóvão Peres, e o ajudante Bartolomeu Martins Pestana e mais de trinta soldados, e mataram mais de vinte; os nossos guarneceram o ataque ganhado.

Neste dia arrasou o inimigo o forte da Atalaia do Castelo Velho, e com quatro troços fez uma linha que saía das suas para o outro do Poceirão; na noite este dia se passaram para o inimigo dois soldados do Flores.

Nesta terça-feira, em dando meia-noite, avançou o inimigo pela parte de São Brás para divertir, e logo avançou pelo ataque ganhado, em que tínhamos sentinelas somente, e o tornou a cobrar, e juntamente avançou [a]o forte, ou coroa, que estava só com sentinelas, e entrou dentro, mas com perda de gente, e muito mais pela parte do reduto velho, que guarnecia o alferes Lemos com 20 soldados, os quais o defenderam valorosamente muito tempo, até que o entrou o inimigo, e dos que estavam à defesa não sabemos que escapasse algum.

O tenente Manuel Pacheco, com trinta cavalos, rechaçou o inimigo e o lançou fora do forte, e vindo pedir gente para o guarnecer lha não deu o sargento-mor João Rodrigues Coelho, e o pedindo a segunda vez, o governador mandou ao capitão Agostinho Aragonês por uma banda, e ao capitão António Tavares de Pina pela outra, que fossem a desalojar o inimigo e guarnecer o forte, o que fizeram; porém, o capitão Tavares recebeu uma bala pelo rosto em meio caminho, com o que o retiraram, e morreu o seu sargento Manuel Velho e muitos soldados seus; o engenheiro Gilot ia diante do capitão alguns passos, e recebeu uma bala pelo peito direito, de que logo caiu morto.

O tenente Manuel Pacheco se retirou a pé por lhe terem morto o cavalo, e o capitão Aragonês chegou ao forte a todo o fim dele, e o inimigo ficou desalojado, se não foi [ou seja, excepto] do fortim velho, que era cerrado por toda a parte, e sempre o inimigo o sustentou por seu.

(continua)

Este texto corresponde à transcrição (com ortografia actualizada) de um manuscrito anónimo existente na Biblioteca Nacional, secção de Reservados, agora somente disponível em microfilme (FR 970), cujo título é Relação de tudo o que [se] passou em Oliuença e no Campo do Cerco e tomada da praça pellos Castelhanos. Abril anno de 1657.

Imagem: Olivença; foto de J. P. Freitas.

Cerco e tomada de Olivença (7ª parte – 13 de Maio de 1657)

Gerards Cannon

13 – Domingo pela manhã  mandou o governador ao capitão Rui Vicente de Matos que, com sua gente, fosse segar trigo para faxina pela parte da herdade da Azenha, e ele foi com 50 homens dos da terra, soldados seus, uns com foices e outros com armas para escolta; estando segando lhe pediu licença um, para chegar a fazer tiro a um castelhano que via andar perto colhendo favas, e ele o deixou ir, atrás deste intentou ir outro, e ele o quis deter, com isto pela outra parte se lhe foram outros, e finalmente os das foices tomaram as armas e todos juntos investiram o aproche do inimigo, que era o de Corna; como o capitao os não pôde deter, embraçou a rodela, e com a espada na mão se pôs diante, e furiosamente investiram o inimigo.

Estava ele advertido e tinha bem guarnecido aquela parte, e companhias de reserva, e assim fez resistência algum espaço, mas os nossos carregaram de armas e se tornaram sem haver nenhum ferido, só dois soldados do terço do governador e um auxiliar, que andavam no [palavra ilegível], se foram lá a despojar sem levar armas, e mataram dois e levaram um; de lá trouxeram um sargento para língua.

Muita parte deste sucesso se deve aos outros capitães da terra que, como viram empenhado o seu camarada, saíram em seu favor e obraram como sempre. O governador fez grandes mostras de sentimento por esta facção se fazer sem ordem sua, e falou muito mal a todos, dizendo que não fizeram nada, e outras palavras bem mal consertadas.

O governador da praça intentou mandar fazer outra surtida pela parte do Ral com 200 homens, parte deles rodeleiros, a qual não se conseguiu, porque o capitão Castilho [Stéphane Auguste de Castille], que governava a cavalaria, se descobriu com ela antes de tempo, e o inimigo tocou arma e reforçou as guarnições.

Um batalhão de cavalaria do inimigo que passava pela outra banda de Ramapalhos recebeu duas balas da nossa artilharia, que abriram duas boas ruas, com morte de muitos soldados e cavalos; neste dia nos feriram três cavaleiros que estavam de sentinela pela parte de São Pedro.

E como nunca fizemos surtida que não recebêssemos logo assalto de noite, nesta, pelas onze horas, o deu o inimigo o mais geral e reforçado que nunca. Investiu a estrada encoberta desde o revelim da porta de São Francisco, perto da circunferência do baluarte da Rainha, até ambos os flancos do de São João pela Cruz de São Pedro, que é distância de dois baluartes e cortina e meia, e a um mesmo tempo com boa quantidade de gente se chegou até [a] pegar com as mãos nas estacas da estrada encoberta. Pelejou-se de sua parte dura e porfiadamente por espaço de 4 horas, reforçando cada vez mais com nova gente, para o que tirou da cavalaria de cada companhia seis soldados, que armados de couraças arremetiam mais afoitos que os outros, sendo cabo de seu avanço o mestre de campo general Moxica.

Os nossos se defenderam com grande valor e chegaram [a] tomar a muitos soldados  do inimigo as armas das mãos. Neste avanço perdeu o inimigo muita e boa gente, entre eles ao mestre de campo D. Pedro Alvarez de Toledo, cujo terço, nestes dois assaltos, se lhe gastou, sendo que constava de 1.200 homens, segundo dizem as línguas. Era o mais valente cabo que traziam. Da nossa parte morreram três soldados e nos feriram vinte, e entre eles o capitão D. Tomás Giraldino e o capitão Belchior Vaz Pacheco, e o seu alferes. Chegou-se nesta ocasião a pelejar, e em certo modo às mãos [ou seja, corpo-a-corpo].

(continua)

Este texto corresponde à transcrição (com ortografia actualizada) de um manuscrito anónimo existente na Biblioteca Nacional, secção de Reservados, agora somente disponível em microfilme (FR 970), cujo título é Relação de tudo o que [se] passou em Oliuença e no Campo do Cerco e tomada da praça pellos Castelhanos. Abril anno de 1657.

Imagem: Peça de artilharia de meados do século XVII (réplica). Imagem retirada do excelente site dedicado a reconstituições históricas do período da Guerra Civil Inglesa, “Charles Gerard’s” (http://www.gerards.org.uk). Ver ligação no lado direito desta página.

Cerco e tomada de Olivença (6ª parte – de 9 a 12 de Maio de 1657)

Olivença

9 – Pela madrugada da quarta-feira trabucou o inimigo, e a primeira bomba caiu no fosso; ao cair alcançou uma égua de Lourenço Martins Sembrano e a partiu em duas, e ao rebentar matou o sargento-mor Diogo d’Aguiar da Mota, engenheiro; deu-lhe um pedaço dela na cabeça de que logo morreu; tinha-se confessado na tarde do dia de antes e era soldado honrado.

Quinta-feira dez, pela manhã, deixou o nosso exército o quartel da Amoreira e marchou direito para o Guadiana, pelo caminho por onde tinha vindo, e o vimos [n]o cabeço de Vila Real; a cavalaria do inimigo o seguiu pouco espaço de longe. Choveu neste dia como nos mais.

Pela tarde fez o inimigo chamada pela parte do Ral, e mandou[-se] ao capitão António Barbosa de Brito que fosse saber o que queria; trouxe por resposta que o nosso exército viera para nos socorrer e estivera à vista tanto tempo, e que desenganado de que o não podia fazer, e por outras causas maiores, que alguma hora saberíamos, nos dera as costas e se recolhera, de maneira que logo aquela manhã passara o rio e assim ficávamos sem esperança de socorro [esta informação dada pelos espanhóis era correcta e reportava-se à aparentemente estranha decisão tomada pelo Conde de São Lourenço, comandante do exército do Alentejo, de retirar-se das proximidades de Olivença e desistir de socorrer a praça sitiada]; que admitíssemos as capitulações e práticas [ou seja, conversações – “prática” também significava “conversa”, tanto no século XVII como nos anteriores], que nos concertos se nos concederiam os maiores e mais honrosos partidos que em outra praça se tivessem concedido; e que isto nos escusaria de padecer hostilidades, e que para responder nos davam termo de duas horas. Houve nesta ocasião cessação de armas.

O governador me mandou dizer que importava que nos víssemos, e quando cheguei o achei na porta de São Francisco sentado com os mestres de campo João Álvares de Barbuda e os engenheiros Du Four e Gilot, e com eles Castilho [Stéphane Auguste de Castille], e também o sargento-mor Manuel de Magalhães, com mostras de grande sentimento. Disse-me o governador que tivera aquela chamada do inimigo com aquele recado, que era necessário dar conta ao povo, para o que mandasse chamar a Câmara, porque o nosso exército, com o que fez, nos tinha posto naquele extremo de desventura; que salvássemos a guarnição de El-Rei [apesar de D. João IV ter morrido no ano anterior, este termo é uma generalização que se reporta ao exército régio], as vidas, honras e fazendas dos moradores, e que se fizesse chamar logo a Câmara, porque do termo para a resposta não tínhamos mais que meia hora.

Eu respondi o que se me ofereceu, e à minha resposta disse Gilot e o [Du] Four que não evitasse tal, que eles se obrigavam a tornar a ganhar a praça dentro de doze dias, a isto respondi pior ainda; e fui à Câmara, e disse aos vereadores que advertissem que queriam entregar a praça, que vissem o que lhe propunham e o que lhe respondiam.

Negou o governador, e com ele Gilot, e assentados propôs o que o inimigo mandava dizer, e que queria dar-nos conta, porque se não admitíssemos a prática não nos ficava recurso, e que o nosso exército, em lugar de nos socorrer, se retirava, como víamos, e disse mais que a prática não era a fim de entregar a praça, senão de entretanto descansar a guarnição e propormos as munições; e o inimigo estar gastando tempo, sem proveito algum; disseram todos que, sendo só para esse fim, se admitisse a prática.

Partiu o governador para a porta e a mandou guarnecer com as companhias da terra dos capitães Francisco Lobo de Cabrera e Rui Vicente de Matos, e logo mandou aprestar ao mestre de campo João Álvares de Barbuda e [a]o sargento-mor João Álvares Coelho, para irem por reféns. Eles se foram a enfeitar [vestir o melhor trajo] e partiram para lá, e do exército vieram para cá D. Pedro Alvarez de Toledo e o Conde de Torrejón, mestres de campo, e os recolheram em casa de João Mexia, onde lhes puseram guardas.

Neste tempo se tocou na vila uma arma de boca mui viva, e como a gente toda sentia mal de se admitir a prática, andavam os mais deles furiosos, com o que correram à muralha muitas mulheres com armas e fizeram o mesmo. O governador acudiu a guarnecer e animar a gente. Estando na porta do calvário, onde eu também estava, lhe disse o padre João Lobo Freire: Senhor governador, estes velhacos não são para mais que fazer enganos e traições. Vossa Senhoria tem consigo muita e mui valorosa gente, que podem defender a praça e o Reino, não fie deles coisa alguma.

Respondeu a isto o governador que não falasse mais palavra, senão que o prenderia e o meteria em uma casa fechado de maneira que não falasse mais. A todos escandalizou uma resposta tão áspera dita a um sacerdote honrado e que, pelo que disse, a não merecia; o mesmo sucedeu ao tenente Manuel Pacheco, soldado honrado e valente, que diante de mim o descompôs, porque disse o mesmo; logo passou palavra que tornava o nosso exércio e que se vim batalhões na campanha, mas não foi assim.

Pela meia noite me mandou recado o governador, que lhe falasse; eu o achei com Gilot, e me deram as capitulações feitas sem eu nelas dar penada, e me disseram que as mostrasse aos vereadores, e que vissem se queriam para si e para o povo mais alguma coisa, e me disseram que o capítulo que falava nos frdes visse eu o que me parecia, que pediriam; e assim fiz isto só, e nesta forma os levei aos vereadores, e eles disseram que sendo para o que tinham assentado, que bons estavam, e os mandei tresladar de boa letra por João de Gusmão , escrivão do almoxarife, e os dei ao governador.

11 – Sexta-feira pela manhã entrou um correio do Conde general com carta sua, em que dizia que estranhava ao governador não lhe fazer aviso nenhum havia tanto tempo, que ele os fizesse mais amiúde que pudesse, e que o dito Senhor se tirava daquele quartel pelo discómodo grande dos soldados e cavalaria, mas que estivesse certo que quatro dias ou menos os havia de socorrer. O primeiro que trouxe a carta deu boa notícia do nosso exército. Vimos a carta todos e nos alegrámos muito, porque soubémos das mentiras e enredos que o inimigo nos contou chegando à fala, dizendo que tinham morto o Conde general e que cinco fidalgos, que o fizeram, estavam no seu exército, e outras grandes pataratas deste lote.

Pela tarde veio a resposta que o inimigo deu às capitulações, em que concedia algumas e negava outras; e no tocante aos cabos e soldados eram mal respondidos, com que se tornavam a enviar os seus reféns, e cobrámos os nossos, e tornámos às armas, o que foi de tanta alegria para todos que parece cobraram novos corações.

Pelejou-se valorosamente à noite e [n]o dia seguinte de sábado. Neste, sendo pelo meio-dia, saiu André Fernandes, filho de João Rodrigues, lavrador, pela estrada encoberta, e com um capacete na cabeça e um chuço na mão se arrojou ao aproche do inimigo pela parte da Corna e saltou dentro dele, e fez fugir vergonhosamente toda a guarnição [e] a gente fo trabalho, e lhe tomou ferramentas e armas que ficaram, e fez um feixe que carregou e trouxe depois de ter dado a três soldados que chegaram lá depois dele lá estar, as que puderam trazer, e com elas se vieram para a vila.

[12] – Neste dia mandou o governador para aquela parte de guarnição 200 homens dos moradores, com quatro cabos dos mais valentes que houve, e foram Cristóvão de Macedo, Rui Vicente de Matos, capitão da ordenança, e Domingos Gordo prado, filho do sargento-mor Gil Lourenço Cabeça, e o capitão Lopo Vieira Miguens. Estes guarneceram desde Santa Quitéria até ao revelim de São Lázaro, que é por onde o inimigo atacava por aquela parte. O nosso exército foi visto passar de Vila Real e marchar para os Matos de Ferreira; o inimigo saiu com a sua cavalaria para o outeiro de Castelo Velho, e por noite tornou para a sua linha.

(continua)

Este texto corresponde à transcrição (com ortografia actualizada) de um manuscrito anónimo existente na Biblioteca Nacional, secção de Reservados, agora somente disponível em microfilme (FR 970), cujo título é Relação de tudo o que [se] passou em Oliuença e no Campo do Cerco e tomada da praça pellos Castelhanos. Abril anno de 1657.

Imagem: Olivença na actualidade. Imagem obtida a partir do site Google Earth.

Cerco e tomada de Olivença (5ª parte – de 1 a 8 de Maio de 1657)

Olivença2

Maio 1 – Vendo o governador que o inimigo caminhava para nós, mandou fazer no parapeito e segundo friso da estrada encoberta duas cortaduras, com as quais deixava cortado o ângulo dela por aquela parte, e mais atrás daquelas mandou fazer outras. Vendo também que havia na praça moradores necessitados que não tinham que comer, lhes mandou dar racção como aos soldados, a cento e sessenta e cinco deles.

2 – Quarta-feira trabucou o inimigo de noite e de dia e lançou grande quantidade de bombas, quatro delas arruinaram quatro moradas de casas em que caíram; entre estas deu uma em casa de Francisco de Magalhães Galego, e fez uma disforme ruína, e lhe queimou todo o móvel de sua casa, que era muito e bom.

Pelas duas horas da tarde mandou o governador fazer uma surtida ao inimigo naquele novo aproche com que vinha caminhando. Foi por cabo o alferes reformado João Domingos, e levou trinta infantes e alguns aventureiros, da cavalaria foram doze cavalos, e por cabo o furriel Domingos Pereira. Saíram pela estrada e com toda a fúria se arrojaram ao trincheirão que estava ainda tão singelo, que os cavalos passaram todos da outra parte.

Estava o inimigo bem descuidado deste dano, e quando advertiu nele já não teve tempo para mais que fugir, o que não puderam fazer mais que até dez; os demais todos morreram e com eles o sargento-mor Palacios, cabo de tanto porte que ainda o dia que saímos rendidos vi que os castelhanos choravam a perda deste soldado. Só ele se pôs em defesa com mais dois, que também morreram. E o capitão e oficiais da companhia que ali guarnecia, que tinha 75 soldados, deles trouxeram um para língua, que nos informou de tudo, e ao depois o soubemos de outros, que [se] passou assim. Os nossos vieram sem dano, só o alferes que foi cabo trouxe três feridas, mas de pouco porte, e o sargento Castelão uma picada em um braço [picada: ferida provocada por um pique].

O sentimento obrigou ao inimigo a se despicar, e o quis fazer dando-nos um assalto na noite deste dia. Tinha já dado meia-noite, quando pela parte do baluarte da Rainha avançou com um grosso de infantaria, entre espanhóis e estrangeiros, e para melhor os obrigar trazia por detrás deles alguma cavalaria. Chegaram a pegar nas estacas e a atirar com pedras; ao depois de gastar, de parte a parte, os tiros e granadas que ali havia, chegou a durar a briga sem tiros muito tempo. Desta parte lhe tomaram os nossos algumas picas [piques] e chuços, em que lhe pegavam e tiravam das mãos. Durou o combate por esta parte duas horas, em que de ambas partes se pelejou furiosamente.

Activou-se o inimigo e retirou mortos e feridos, e só ficaram bem poucos, que por ser mui perto de nós deixaram muitas armas no campo. Quis refazer-se para segunda, mas os seus soldados o não quiseram fazer, sem embargo dos gritos, ameaças e afrontas que lhes diziam.

Logo que se retirou de todo, se deu pelo muro uma salva, e viva[s] a Sua Majestade, que Deus guarde, com que o inimigo tornou a avançar pela parte de São Lázaro, aonde me eu achei. Saiu da sua linha e quartel do olival de João Cabelos e com grande algazarra veio para nós, mas tão devagar que parecia os traziam ao Inferno, e com partirem muitos, e por detrás deles um batalhão de cavalaria, chegaram a nós já poucos, ainda que os oficiais bem brazonavam. Eu vi uma só manga de mosqueteiros e o batalhão. Outros dizem que da outra banda vinha outra manga. Chegaram perto da estacada coisa de dez passos, e naquela distância continuaram para baixo até ao Ferragial do Azoche. Receberão a carga de tão perto, e ao depois muitos tiros, com o que se retirou, e retirou os mortos, se bem naquela noite todo[s] os sentimos vir entre o trigo e carregar deles, de sorte que até as selas e freios dos cavalos retiraram. Esta avançada durou menos de meia hora.

3 – Quinta-feira intentou o Du Four contraminar o muro da estacada coberta pela parte do aproche, e tendo rota a parede não pôde obrar coisa alguma, porque a terra o não consentia por ser solta e movida de poucos dias, e assim tornou a mandar tapar o buraco.

O sargento-mor Gil Lourenço Cabeça saiu com gente da terra a cortar trigos para faxinas, e para o que não bastaram se cortou arvoredo dos quintais e hortas de dentro da vila. O inimigo chegou assim o aproche à escarga da estrada encoberta. Mandou o governador fazer uma cortadura no ângulo da estrada encoberta, por dentro do fosso, para que o que carretavam a faxina os meninos e mulheres, que eu vi conduzir, por que os homens não perdessem de trabalhar.

Neste dia, logo à noite, intentou o inimigo outro assalto por donde o primeiro [tinha sido feito], mas não chegou perto, só tratou de retirar os mortos que lhe tinham ficado ali no dia atrás.

[4 de Maio] 6ª feira, manhã, pelas dez horas do dia foi visto o nosso exército, marchava para [a] praça, fez caminho direito ao Castelo Velho, que é um outeiro que está um quarto de légua da vila. O inimigo queimou as barracas do quartel de São Francisco o Velho e marchou com todo o poder para o quartel do olival de João Cabelos, que era então o da Corte, e ficava fronteiro àquela parte por onde marchava o nosso exército. Deste quartel mandou pôr duas peças pequenas para o outro de Vale das Éguas, aonde tinha feito um fortezinho no meio da sua linha exterior, e com a infantaria e cavalaria guarneceu a sua linha desde Ladra até o ribeiro de Figueira, repartindo a infantaria em esquadrões, que arrimava singelos à linha, e a cavalaria em batalhões singelos em três esquadrões.

Nesta forma esperou o inimigo os nossos dentro da sua linha; era esta uma trincheira feita de terra e faxina, de altura bastante para se poder pelejar detrás dela, e de grossura ordinária, como os quartéis da campanha. Pela parte de fora tinha um fosso ou sanja de largura ao parecer de cinco palmos, e altura de pouco mais; isto tinha pela parte, que eu as vi quando vim rendido; as outras partes deviam ser como esta, porque da praça lhe não vimos maior vulto por outras partes do que por aquela.

[5] Sábado pelo meio-dia marchou o nosso exército direito à praça pela banda de Castelo Velho; e porque o inimigo tinha guarnecido a atalaia daquele outeiro com vinte cinco mosqueteiros, mandou um troço de mosquetaria que avançassem a ela, o que fizeram com valor e entraram a atalaia e forte, e mataram só três dos que estavam à defesa e aos mais deram quartel.

Daí foi o nosso exército para o sítio da Carvoeira, que dista desse outros dois tiros de mosquete, aonde o inimigo tinha outra atalaia guarnecida; e os que estavam à defesa dela pediram que, para satisfação dos seus, lhe dessem lugar a que dessem duas cargas sem bala e que eles estavam rendidos, o que se lhes concedeu, segundo me informaram, e eram outros vinte cinco mosqueteiros; guarneceu o nosso exército estas atalaias.

Logo que o nosso exército chegou a Amora, se pôs em forma de batalha, e foi uma formosa vista; e estando nesta forma, e ao parecer que querendo acometer, começou de chover água grossa e continuou até noite; neste tempo se afastou pouco atrás o nosso exército, e se meteu no Vale da Amoreira, e aí se aquartelou. Do baluarte de cima do Calvário se atirou ao inimigo, ao quartel de João Cabelos, e deu na pólvora que logo ardeu e foi grande quantidade dela que se queimou, e com ela voaram mais de trinta homens, excepto os que ficaram tostados.

[6] Com a grande chuva esteve a guerra em calmaria o dia de domingo, até que pela tarde atirou o inimigo algumas peças ao nosso exército desde o olival de João Cabelos, e com as peças que tinha levado para Vale das Éguas atirava à vila. Eram as balas umas de dez libras, e as duas de sete; do nosso campo se lhe atiravam também com outras peças, mas a chuva tornou a continuar como até então.

7 – Ainda segunda-feira chovia como dantes, e os nossos tratavam e ir fazendo o seu quartel no sítio referido; e em tanto tornou o inimigo a guarnecer e trabalhar nos seus aproches, e esforçava as cargas de mosquetaria que deles dava contra a praça. Os tiros de artilharia de campo a campo continuavam. Este dia se passou para a praça um soldado castelhano, e por noite teve o inimigo arma [ou seja, houve uma situação de alerta] pela parte [do baluarte] da Rainha.

[8] – Terça-feira pela dez horas do dia saiu a cavalaria do inimigo do quartel de Vale Mimoso e marchou por dentro da sua linha para o de João Cabelos, e foi sair pelo ribeiro de Ramapalhos direito a Janela Ladra. Já fora da linha foi caminho direito às Calçadas, e daí  se formou em batalha ao longo do ribeiro abaixo, algum tanto afastado dele, e levou consigo uma pouca de mosquetaria, que formou junto do batalhão do corno direito, e assim fez frente para a nossa gente. Os nossos destoutra parte so ribeiro se formaram, e assim estiveram grande tempo sem haver mais que uma bem travada escaramuça entre os batedores, com o que se recolheu o inimigo às suas linhas.

Pela tarde avançaram dois batalhões ao rastilho da porta do Calvário, foram rebatidos e com perda de dois cavalos que logo ficaram, afora os que levaram feridos. Lançaram fama que minavam pela parte do seu ataque, o que se achou pelo contrário. Neste dia choveu muita água, o mesmo fez quinta-feira, que passou sem cousa de que se deva falar. [A narrativa apresenta aqui alguma confusão: como veremos na próxima parte, a quinta-feira seguinte foi dia de azáfama – o autor talvez tenha querido escrever “quarta-feira”, mas mesmo nesse dia registou um episódio curioso, como teremos ocasião de ver.]

(continua)

Este texto corresponde à transcrição (com ortografia actualizada) de um manuscrito anónimo existente na Biblioteca Nacional, secção de Reservados, agora somente disponível em microfilme (FR 970), cujo título é Relação de tudo o que [se] passou em Oliuença e no Campo do Cerco e tomada da praça pellos Castelhanos. Abril anno de 1657.

Imagem: Vista de Olivença e seus arredores. Foto de Jorge P. Freitas.

Cerco e tomada de Olivença (4ª parte – de 22 a 30 de Abril de 1657)

Olivença3

[22 de Abril – Está, por lapso, indicado no original com o nº 23; nota introduzida por Horácio Madureira dos Santos na sua transcrição] – Domingo se viram mui avante as linhas do inimigo que, como trabalhavam nelas de noite, apareciam pela manhã crescidas; pela tarde deu uma bala grossa na rua das Flores, e na chapeleta que fez matou um alferes auxiliar, foi este o primeiro homem que o inimigo nos matou.

Desde este dia se deu carga contínua de mosquetaria de dia e de noite pelas partes em que o inimigo trabalhava, para lhe impedirem o seu serviço.

23 – 2ª feira amanheceu uma nova plataforma no mosteiro de São Bartolomeu, mas por baixo, coisa de trezentos passos, e para ela passou o inimigo as peças que na outra tinha; ficava esta menos de tiro de mosquete da praça.

[24] – 3ª feira ao amanhecer entrou na praça Diogo Soares, soldado honrado, o qual estava fora dela ao tempo que chegou o inimigo. Neste dia amanheceu outra bateria, posta por baixo da Cruz de São Pedro; nesta havia três peças grossas, duas faziam tiro aos baluartes da Rainha e uma à Torre d’El-Rei, e esta lhe quebraram algumas pedras junto às obras mortas. Um auxiliar de Évora falou da praça, entendeu-se que se passara ao inimigo.

[25] – 4ª feira esforçou muito o inimigo as suas baterias, e as balas, que davam no muro, tornavam para trás, estas nos mataram cinco soldados, e as que saltavam para dentro da vila fazendo chapeletas mataram cinco bois; as primeiras três bombardas arruinaram três moradas de casas.

As sentinelas da ronda tocaram arma ao inimigo, e enquanto durou, largaram todos o trabalho, e todos andavam com tanta confusão que os não podiam os cabos reduzir à forma. Nesta noite escreveu o governador [da praça, Manuel de Saldanha] ao Conde [de São Lourenço] e a Câmara [de Olivença] lhe escreveu o seguinte:

Presente é a Vossa Senhoria quantos dias há que o inimigo nos tem sitiados, e com não serem muitos nos tem cortado os olivais, destruindo os pães [ou seja, as culturas], e comida da sua cavalaria e bagagens; com a artilharia e bombas nos vai arruinando as casas, com o que nos não deixa fora de toda a pobreza e miséria. Nós somos e fomos sempre bons e fiéis vassalos a Sua Majestade, e como tais merecemos ser socorridos, o que temos por muito certo, confiados na grande mercê que Vossa Majestadefez sempre aos moradores desta vila. este socorro ficamos esperando, e pedindo a Deus que nele dê a Vossa Senhoria os bons sucessos que desejamos.

Esta carta cifrou [ou seja, pôs em cifra, em código] Gilot, e creio que fielmente, se bem me disse o que escreveu a cifra que lhe acrescentou ou cortou, mas ele passou, e a levou o Franco. Neste dia se tomou língua, e uma das balas que faziam tiro à torre fez em pedaços um sino que estava nela e servia de tocar a rebate.

26 – Quinta-feira pela manhã teve a nossa cavalaria uma escaramuça com a companhia da guarda do inimigo junto das hortas, no Ferragial do Azoche; durou um bom espaço e foi bem travada. Os nossos se recolheram sem dano, o inimigo algum recebeu, e eu soube do tenente Pantoja [oficial espanhol], [n]o dia em que saímos rendidos, que lhe morreram quatro e foram feridos quinze, e muitos cavalos. Neste dia fez o governador repartição dos homens nobres para estarem nos baluartes, três em cada um, mandando na artilharia e vendo como se pelejava por aquelas partes, para que, parecendo-lhes necessário, o advertissem [no sentido de “avisassem”] aos capitães, e a ele.

Por noite um soldado de D. Tomás Geraldino se passou para o inimigo, um mosquete que rebentou matou um soldado e levou a outro uma mão. Uma bala grossa quebrou pela jóia um sacre que estava na torre, com a qual e outra peça de três libras se fez grande dano ao inimigo.

[27] – Sexta feira se começou de ver uma linha que de novo fazia o inimigo; começava no quartel do olival de João Cabelo e ia caminhando ao redor da praça, a tiro de arcabuz da estrada encoberta para a parte da Corna. O governador mandou com grande cuidado segar os pães [ceifar o trigo e outros cereais] que estavam ao redor da vila, por estarem tão crescidos que se não viam as obras do inimigo senão quando eram já mais altas que eles; isto cometeu ao sargento-mor da terra Gil Vaz cabeça, o qual o fez com os moradores dela.

Neste dia acabou o inimigo de fazer a outra linha de comunicação de uma bateria para a outra, e ambas guarnecia do quartel de Vale Mimoso. Daquela linha saíam soldados a tomar alfaces nas hortas do Ral, que ficavam entre nós e eles, e lhe mataram os nossos alguns com tiros, da estrada encoberta. Acabou-se uma meia lua que o governador mandou fazer entre os baluartes da Corna e do Calvário, e se guarneceu e começou de se trabalhar em outra, que mandou fazer defronte da porta do Calvário.

O inimigo, desenganado com o pouco efeito que a sua artilharia fazia no baluarte da Rainha, deu mais elevação às peças e meteu os tiros por dentro da vila, com o que fez grande dano nas casas daqueles bairros; deixou de atirar à torre e algumas vezes atirou à estacada da estrada encoberta, com o que nos matou e feriu alguns soldados.

28 – Sábado pela manhã apareceu um quartel escrito em meia folha de papel perto da nossa estrada encoberta, em um pau que parecia cabo de enxada; trouxeram-no ao governador e ele o recolheu.

Também apareceu mui avante a linha que fazia pela parte do campo de [espaço em branco no texto original; nota de HMS]. A artilharia do inimigo arruinou muitas casas na rua grande de S. Bartolomeu, e entre estas as em que eu vivia. Trabucou e lançou esta noite vinte e uma bombas, que arruinaram algumas casas.

Pôs o governador fachos em a torre e sucedeu que estando ele com muita gente na abóbada da porta do Calvário, dos quais todos dormiam, senão João Mendes Mexia, Fernão Gomes de Cabreira e Gilot, que passeavam, se disparou uma arma, e o pelouro dela deu em Salvador Machado, sargento-mor dos auxiliares de Beja, e lhe quebrou uma perna, de que morreu em três dias. Como era noite em que se trabucava, com  o ruído do tiro saíram todos fugindo desacordados, cuidando que era bomba que ali caíra, com o que se não pôde fazer averiguação certa do caso, mas sempre se teve que foi desastre.

Duravam as baterias, e de uma e outra plataforma atiravam furiosamente. Em tanto que houve dia em que se contaram setecentos tiros, segundo me afirmaram soldados curiosos e de verdade. Domingo [dia 29] pela manhã se passou para a praça um soldado do exército, era português, deu algumas notícias do poder do inimigo, mas pouco certas. de tarde saíram a tomar língua dois soldados nossos que foram Gonçalo Vaz e outro, o inimigo os carregou com muitos, contra os quais sustentaram uma escaramuça por muito tempo, e se retiraram sem dano.

À noite começámos de ver fogos por junto de Juromenha, tivémos grande festa, entendendo que era o nosso exército. Como assim foi sem embargo de que Castilho [Stéphane Auguste de Castille] sustentava, e com apostas, que nem era o exército, nem havíamos de ser socorridos, o que dava grande escândalo a todos. O governador mandou continuar os fachos na torre.

[30] 2ª feira pela manhã se via que da linha da comunicação entre as baterias do inimigo saía formado um aproche, com que caminhava direito à estrada encoberta, pela parte do baluarte da Rainha. Este formavam de noite, e faziam o que lhe bastava para se cobrirem de alto e grosso, e de dia o engrossavam e trabalhavam cobertos.

Pela manhã veio um escravo branco e ferrado, que era tambor-mor, e cuidava que o nosso forte era quartel seu, e se veio meter nele. Este foi trazido ao governador e disse que no dia atrás tinha chegado ao exército D. Francisco de Guzmán, novo mestre de campo que vinha de Sevilha com nove companhias de infantaria, e que logo lhe mataram um moço que era o melhor sapateiro que havia na cidade.

Do quartel de S. Francisco Velho se passou para cá outro castelhano bem fardado, mas ao meu ver e ao de todos, falto de juízo. Outro se tomou para língua, de todos soubemos que entre os Duques de S. Germán e o de Osuna houvera diferenças e que chegaram [a] vir à espada, e foi porque o de Osuna disse que era ruim guerra atirar às casas da vila, que queria ganhar, e que rompesse a muralha e entrasse a praça, que a isso vinha; sobre estas tiveram outras razões, e a final a de Osuna foi que em Espanha, depois de El-Rei, só ele era e ninguém lhe precedia. Na noite deste dia trabucou o inimigo e lançou sete bombas, com o que arruinou quatro moradas de casas.

(continua)

Este texto corresponde à transcrição (com ortografia actualizada) de um manuscrito anónimo existente na Biblioteca Nacional, secção de Reservados, agora somente disponível em microfilme (FR 970), cujo título é Relação de tudo o que [se] passou em Oliuença e no Campo do Cerco e tomada da praça pellos Castelhanos. Abril anno de 1657.

Imagem: Olivença – vista parcial a partir da Torre d’El-Rei, mencionada no texto. Foto de Jorge P. Freitas.

Cerco e tomada de Olivença, 1657 (3ª parte – 20 e 21 de Abril de 1657 )

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20 [de Abril]. 6ª feira pela manhã mandou o governador cortar o arvoredo das hortas do Vale da Corna, assim por que nos fazia dano, como por que o inimigo se não aproveitasse dele para faxina. Enquanto se cortou esteve um bom troço de infantaria fora e a cavalaria que tínhamos dando segurança aos que estavam e traziam a rama. O governador e eu estivémos no baluarte da Corna vigiando os movimentos do inimigo, ele para a parte do Vale das Éguas e Santa Catarina e eu com um óculo vendo se do olival de João Cabelos e o mais que há, até o posto de Elvas, saía alguma cavalaria a impedir o corte, porém não saíra e os nossos se recolheram à praça.

Neste dia amanheceu uma bateria feita pelo inimigo no outeiro de São Bartolomeu e para ele mudou as peças grossas que tinha na outra parte do Espinhaço de Cabra. Desta que ficava mais perto demos a metade do que a outra. Começou o inimigo a fortificar as casas da vila, entre as mais peças que aí pôs foi uma de 48 libras, e foi este o primeiro dia que vimos na praça balas de calibre.

O governador mandou logo fazer contrabateria para aquela parte, o que obrou o capitão Manuel Rodrigues Pigaço, mandando fazer esplanadas no baluarte de São Francisco, e aí pôs três peças grossas; no de São Brás havia duas, e no da Rainha três, que todas atiravam contra aquela bateria, mas não foi bastante para que não arruinassem o mosteiro aos frades e muitas outras casas da vila que ficavam vendo-se daquela parte.

Na noite deste dia trabucou o inimigo e lançou algumas bombas dentro da praça. eram estas feitas de metal e tinham de calibre 130 libras, afora o enchimento; em qualquer parte em que davam faziam um poço grande, porque entravam muito pela terra e em tomando fogo faziam uma notável ruína, porém muito maior quando davam em alguma casa, porque afora de voarem todo o telhado e sobrados, arruinavam as paredes.

Neste dia caiu uma bomba na igreja de Santa Maria que estava cheia de mulheres e meninos, mas foi Deus servido que o primeiro golpe desse em um friso da igreja, com o que, quando caiu sobre a abóbada a não rompeu, só quando arrebentou voou um pedaço grande do telhado.

Por estes dias se acabou de fazer a coroa de que falei na relação de 13 deste mês, assistindo sempre nele nove companhias de guarnição e trabalhadores, afora gente da terra e pedreiros, governava esta gente até então o sargento-mor Manuel de Magalhães.

Logo que o inimigo deu vista da praça em 12 do presente, mandou o governador ao sargento-mor da vila Gil Lourenço Cabeça com o capitão Gonçalo Mendes Homem e grande quantidade de gastadores, todos da vila, que fossem cortar a rama dos olivais mais vizinhos à praça, o que fizeram, e trazendo-a os soldados e gastadores serviu que fora o inimigo se afastar mais longe, por estar descoberto de faxina para esta obra e outras.

21. Sábado pela manhã entrou na praça o alferes do capitão Diogo Rodrigues de Sousa, do terço de João Álvares de Barbuda, o qual ao tempo em que o inimigo veio estava no Algarve, donde era natural, e filho de um sargento-mor; veio com ele outro soldado infante que o guiou. Os nossos tomaram língua [isto é, capturaram um soldado inimigo] e se informou o governador do poder do inimigo, que sempre os castelhanos souberam engrandecer com palavras e encarecimentos.

Caminhava o inimigo com as suas linhas exteriores e obras dos seus quartéis, de uma e outra coisa tinha já feito muito, principalmente no da circunvalação.

Muitos soldados castelhanos aventureiros vinham de pé fazer tiros aos nossos, e os nossos saíam a eles. Neste dia veio um galego, natural que disse ser da Corunha, que se chamava Sanchez de Taivo; este chegou até perto da Cruz de São Pedro e aí lhe deu um balaço por um olho, de que caiu, mas não morto, se bem desacordado. As suas sentinelas de cavalo o quiseram retirar, porém Domingos do Prado, filho do sargento-mor Gil Lourenço Galego, chegando pegou ao ferido por um pé e o trouxe a rasto até à estrada coberta, e aí se confessou, e o levaram ao hospital. Nunca quis dizer quem era, de que qualidade e que posto tinha. Viveu ainda cinco dias.

Na algibeira se lhe achou uma relação de algumas companhias de infantaria, entre outros papéis, e uma memória de dinheiro cobrado de contribuição de alguns lugares e um rol de prata lavrada, que de pouco tempo tinha comprado.

(continua)

Este texto corresponde à transcrição (com ortografia actualizada) de um manuscrito anónimo existente na Biblioteca Nacional, secção de Reservados, agora somente disponível em microfilme (FR 970), cujo título é Relação de tudo o que [se] passou em Oliuença e no Campo do Cerco e tomada da praça pellos Castelhanos. Abril anno de 1657.

Imagem: “Pilhagem de uma aldeia”, quadro de Sebastian Vrancx.

Cerco e tomada de Olivença, 1657 (2ª parte – de 15 a 19 de Abril de 1657)

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Abril 15. Domingo, por noite, partiu o tenente-general [Achim de Tamericurt] para Elvas levando consigo oito companhias e ficou na praça a do capitão Agostinho Estevão de Castilho, francês [Stéphane Auguste de Castille, capitão francês de cavalaria, cuja desventura em Olivença já foi tratada aqui e aqui], e com ela alguns cavalos de outras companhias, que por todos ficaram oitenta cavalos; destes se fizeram duas tropas, uma das quais governava o dito capitão e a outra o seu tenente Manuel Pacheco. A cavalaria passou por Guadiana pelo porto de Chiso, junto de Telena, nesta passagem se afogaram dois soldados e outros dois se perderam das tropas, e tornaram para a praça.

Trabalhava o inimigo já no quartel de Vale Mimoso, aonde ao depois pôs uma bateria, e dela por uma linha guarnecia outra que era a de São Bartolomeu. Antes que pusesse baterias, quis nesta noite inquietar-nos trabucando, para o que se chegou perto da Cruz de São Pedro, aonde pôs o morteiro e lançou na praça nove bombas, cada uma de peso de 150 libras, as quais caíram dentro da vila, porém nenhuma fez dano.

16. Segunda-feira amanheceu feita uma plataforma a meia ladeira do Espinhaço da Cabra, e dela atirou o inimigo com dois meios canhões às casas da vila, também se viram balas de dez libras de uma peça vindas daquela parte, durou esta bateria desta parte até vinte deste mês.

Pela meia-noite entrou na praça João Mendes Mexia, que estava fora dela no tempo que o inimigo veio, e com ele mandou o governador das armas a Francisco de Sey, francês, comissário geral que era da artilharia e soldado prático. Vieram guiados pelo cabo de esquadra Furtado e o soldado Navarro, ambos da companhia de Dinis de Melo [de Castro].

Neste dia se adiantaram dois rapazes e um soldado infante e foram às hortas de Corna buscar favas e alhos; a estes tomou o inimigo e os levou ao seu quartel da Corte.

18. Quarta-feira largou o inimigo o soldado que tomou e a um dos rapazes. Por estes mandou lançar na praça alguns escritos, todos do mesmo teor. O governador os recolheu todos e só um pude eu haver, que dizia o seguinte:

A compaixão grande que se tem de que os que são vassalos de Sua Majestade [Filipe IV de Espanha, III de Portugal], ainda que inobedientes, padeçam por sua demasiada obstinação os grandes males que a guerra traz consigo, mormente sendo civil, e entre cristãos, há parecido, por que se escusem tão grandes danos, advertir a todos os que se acham nesta praça que, passando-se a este campo, não só se lhes dará perdão do passado, mas ainda querendo servir, se lhes assentará praça, e socorrerá conforme sua qualidade, e não querendo servir se lhes dará dinheiro para entrar-se pela terra adentro; tendo entendido que os que não quiserem usar desta oportunidade, e aguardarem a que se ponham as baterias, e que se abram brechas, serão tratados como inimigos obstinados, e não haverá para eles recurso de misericórdia. Muitos destes escritos lançou o inimigo à roda da praça, mas sem efeito.

19. Quinta-feira por noite despediu o governador o cabo e soldado que trouxeram ao Du Four [François Du Four, engenheiro francês], e eles fizeram caminho por Mourão e foram a salvamento; nesta noite entraram dois correios do Conde de São Lourenço com cartas para o governador, e uma delas trouxe um vidro de óleo de ouro [tintura utilizada para desinfectar e tratar ferimentos]. De tarde tinha chegado o rapaz que ficou retido no quartel do inimigo, era este um Afonso, filho do cabo de esquadra Afonso Mouro, e advertiu muito bem em tudo o que viu e lhe disseram; a este deram outros escritos, dizendo-lhe que os desse ao vigário. O governador os recolheu todos como os demais.

Neste dia começaram já a crescer as trincheiras do quartel que o inimigo fez a São Francisco o Velho, e a linha exterior que fez pelo alto do Espinhaço da Cabra.

(continua)

Este texto corresponde à transcrição (com ortografia actualizada) de um manuscrito anónimo existente na Biblioteca Nacional, secção de Reservados, agora somente disponível em microfilme (FR 970), cujo título é Relação de tudo o que [se] passou em Oliuença e no Campo do Cerco e tomada da praça pellos Castelhanos. Abril anno de 1657.

Imagem: “Soldados jogando cartas na Sala da Guarda”, quadro de Jacob Duck, Museu das Belas Artes, Budapest.

Cerco e tomada de Olivença, 1657 (1ª parte – 13 e 14 de Abril de 1657)

Luís XIV com soldados franceses no cerco de Tournai, 21-6-1667, Adam Meulen

Inicio aqui a transcrição de um manuscrito existente na Biblioteca Nacional, secção de Reservados, agora somente disponível em microfilme (FR 970), com o título Relação de tudo o que [se] passou em Oliuença e no Campo do Cerco e tomada da praça pellos Castelhanos. Abril anno de 1657. Este manuscrito anónimo foi transcrito e publicado por Horácio Madureira dos Santos em 1973, em Cartas e outros documentos da época da Guerra da Aclamação, Lisboa, Estado-Maior do Exército, pgs. 185-212. No entanto, dado o interesse do documento e a restrita divulgação do mesmo, creio ser oportuna a sua apresentação aqui. A diferença em relação ao original e à transcrição efectuada por Horácio Madureira dos Santos consistirá na actualização da ortografia utilizada, da pontuação (para facilitar a inteligibilidade do texto), na correcção de alguns erros de transcrição da versão de Horácio Madureira dos Santos e o acrescento de alguns apontamentos (mantendo, porém, os que foram da lavra de Madureira dos Santos, identificados com HMS). Trata-se um documento longo, que irá ocupar uma série de entradas superior à habitual, pelo que será possível que intercale esta série com outros artigos.

Relação de tudo o que [se] passou em Olivença e no campo do cerco e tomada da praça pelos Castelhanos. Abril ano de 1657

A 12 de Abril tocaram arma as atalaias que ficam dando vista à ribeira, quarta-feira [erro; trata-se de quinta-feira, conforme notou HMS] pelas sete horas da manhã, e como não tínhamos particular aviso que o inimigo marchava para Olivença, tivemos que seria rebate ordinário. Montou-se a cavalaria governada pelo tenente-general Achim de Temarachut [Tamericurt], e foram descobrindo para aquela parte [de] Joana Castanha. Tinham parado doze batalhões direito ao caminho que vai de Juromenha para Olivença, a fim de não deixarem passar pelo porto de Guadiana nenhuma coisa de uma praça para a outra. Com este aviso se acolheram à praça todos bem sentidos de ficar a cavalaria dentro, pela falta que faria aquele troço de nove companhias no nosso exército.

Pelas dez horas do dia vimos a vanguarda do exército marchando da coutada da ventana pela de Fiselha para a fralda da serra de Olor e se foram entrando pelos olivais, ocupando o outeiro do Espinhaço de Cabra e Vale de São Francisco o Velho, e ali começaram o seu primeiro quartel que por muitos dias foi o da Corte [ou seja, o do Estado-Maior do Exército].

Sexta-feira 13 do dito mês saíram da guarda as companhias dos tenentes-generais e as de D. Luís da Costa e João do Crato da Fonseca, que por ser mais antigo as governava, e indo ele descobrindo pela parte do Pereirão, deu vista de uma partida do inimigo, que trazia língua [ou seja, um civil português, capturado para da informações] e uns burros; arrojou-se a ela com cinco cavalos e tomou doi do castelhano e a presa.

Pelas dez horas do dia quis o inimigo reconhecer a praça e a viu em redondo, e todos os sítios em que podia aquartelar-se. A artilharia da praça fazia com que eles vissem tudo mais ao largo e com pouca segurança.

Estava o capitão D. Luís da Costa com a sua companhia junto da ponte de Ramapalhas e os batalhões do inimigo iam pela outra parte do ribeiro, e atrás deles dois soldados infantes por verem também, mas logo que foram vistos da nossa tropa mandou o capitão três soldados que pegassem deles, e intentando tomaram um que era vilão [civil, paisano], e não acharam o outro.

Nesta vista que o inimigo deu à praça chegou ao olival de João cabelo e para receber melhor o sítio, travou uma escaramuça com a companhia do tenente-general Dinis de Melo [de Castro], governada pelo seu tenente Manuel Dias Veloso, que se houve com muito valor e resolução. Da muralha e do forte lhe deram, ao inimigo, carga alguns mosqueteiros [dar carga, neste sentido, significa disparar], com que se  afastou e foi continuando em ver a praça e quartéis ou sítio acomodado para eles, e no fim se recolheu para o vale de São Francisco o Velho.

Pelo meio-dia veio marchando a bagagem e artilharia do inimigo e retaguarda do seu exército pelo mesmo caminho, e se recolheu tudo em o mesmo sítio que a vanguarda.

Logo que o inimigo chegou, mandou o governador Manuel de Saldanha guarnecer a estrada coberta tudo ao redor da muralha, a qual, em poucos dias que havia que estava na praça, tendo vindo da Corte, a mandou reformar com estacas de novo, que eu tinha nos meses de antes conduzido, e mandou consertar os parapeitos que em muitas partes estavam arruinados, e com o terço do mestre de campo João Álvares de Barbuda mandou trabalhar ao forte que Gilot [Jean Gilot, engenheiro militar] tinha principiado defronte da porta do Calvário, o qual era uma obra curva que continha três baluartes e dois meios, tudo pequeno, e fechava na estrada coberta com duas linhas, ficando a porta ou rastilho dela em o meio delas.

Estava esta obra muito imperfeita e a meu juízo feito menos de metade dela, conforme ao voto de todos se pudera escusar com um forte pequeno que ali tinha mandado fazer o mestre de campo João Lopes Barbalho, o qual se guarnecia com cinquenta mosqueteiros e bastava para impedir ao inimigo o alojar-se ali e bater daquela parte, e este outro nos ocupava nove companhias de guarnição com um cabo [no sentido de “cabo de guerra”, oficial superior, provavelmente um sargento-mor], e assim ficava a estrada coberta menos sortida de gente, e aquela ocupada com pouca utilidade e grande discómodo.

Abril 14. Teve notícia por algumas pessoas que passaram de Juromenha para Olivença que o inimigo não tinha impedido o caminho, o que foi parte para que a guarnição da atalaia de São João se recolhesse à praça depois de queimar a pólvora que tinha.

De tarde se mandaram aplicar as cavalgaduras que tinham vindo com o último comboio, e sendo noite as mandaram pelo caminho de Juromenha a cargo de um condutor da artilharia que tinha vindo com elas e passaram todas segundo nos informaram. Nesta noite partiu para o nosso exército [o exército de socorro, comandado pelo Conde de São Lourenço], com cartas, o ajudante de cavalaria Manuel da Silva Falcão, e chegou a ele com elas. Também entrou na praça um correio do Conde de São Lourenço.

(continua)

Imagem: Um cerco dez anos posterior ao mencionado na relação que acima se transcreve, e noutra latitude – Luís XIV de França assistindo ao cerco de Tournai em Junho de 1667. Quadro de Adam Meulen.

Batalha das Linhas de Elvas, 14 de Janeiro de 1659

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Passam hoje 350 anos sobre a batalha das Linhas de Elvas.

Aqui fica um breve resumo do evento. Um exército de socorro (8.000 infantes, 2.900 cavaleiros e 7 peças de artilharia), sob as ordens do Conde de Cantanhede, D. António Luís de Meneses, foi enviado para tentar pôr fim ao cerco de Elvas, que o exército espanhol comandado por D. Luís de Haro (inicialmente, 14.000 infantes, 5.000 cavaleiros e 19 peças de artilharia) mantinha desde Outubro de 1658. A 14 de Janeiro, pelas 8 horas da manhã, beneficiando do denso nevoeiro que cobriu a aproximação da força, e também do erro de julgamento de D. Luís de Haro, o exército português rompeu as linhas de cerco inimigas e desbaratou os sitiantes, os quais fugiram precipitadamente, imitando o seu comandante-em-chefe. Ao mesmo tempo, D. Sancho Manuel, comandante das forças sitiadas, fez uma surtida para ajudar ao êxito das forças portuguesas. Somente cerca de 5.000 infantes e 300 cavaleiros das forças sitiantes conseguiram chegar a Badajoz. Para trás deixaram toda a artilharia, o depósito de munições, mantimentos e os pertences de D. Luís de Haro, incluindo toda a secretaria com importantíssima documentação. As baixas portuguesas também foram pesadas, com saliência para a morte de André de Albuquerque Ribafria, general da cavalaria.

Apesar desta vitória portuguesa, que apagou a lembrança do tremendo fracasso que tinha sido o cerco de Badajoz no ano anterior, a iniciativa da guerra continuou a pertencer ao exército de Filipe IV. Só as derrotas espanholas nas batalhas campais da década seguinte (1663, Ameixial, e 1665, Montes Claros) levariam a uma inversão dos papéis, até à ratificação da paz no início de 1668.

Imagem: Cerco de Elvas, 1659, por Pedro de Santa Colomba. Biblioteca Nacional, Iconografia, E1090V.