A tomada da praça de Juromenha por D. Juan José de Áustria em 1662

IMG_8628Transcrição da carta enviada por D. Juan José de Áustria, filho natural de Filipe IV e capitão-general do exército da Extremadura, narrando a conquista da praça de Juromenha na campanha de 1662. Desdobraram-se as abreviaturas e separaram-se algumas palavras, mantendo-se no resto a grafia original. Documento existente no Archivo General de Simancas (cópia do original) e que me foi facultado pelo estimado amigo Julián Garcia Blanco, a quem deixo aqui o meu agradecimento.

Señor

El deseo de adelantar à Vuestra Magestad la noticia de la rendicion de Jurumeña no medio lugar a escrivir à Vuestra Magestad mas de dos renglones de mi mano con el Correo que despache ahoy ocho deste en los quales di a Vuestra Magestad el aviso y la nueva buena de quedar sus Reales Armas dentro della. Remitiendome à otro Correo que seguíria ha aquel, ahora la repito a Vuestra Magestad y pongo de nuevo a sus pies mi gozo, suplicando à Vuestra Magestad se sirva de tener presente en las ocasiones que se ofrecieren el merito que generalmente han hecho en esta los Cabos y oficiales de este ejercito, y a si mismo mandar que las rogativas que se hacian a nuestro Señor y a su Madre Santísima por este subceso se trueguen en rendidas gracias por lo que nos ha favorecido en el, siendo unica  obra de su misericordia y no de los medios humanos la dicha y brevedad con que se ha logrado; y parando a dar cuenta a Vuestra Magestad de los ultimos movimientos que hizo el enemigo y de las circunstancias con que se entrego esta Plaza, digo Señor, que se detuvo dos dias en el puerto que a quatro deste avise à Vuestra Magestad havia ocupado llevando en ambos la peor parte, asi en las escaramuzas que se trabaron como en el daño que la Artilleria de nuestra linea le hizo que fue considerable segun refirieron los rendidos, y si bien luego que llego àquel paraje comenzo a fortificarse y ha hechar gente sobre Guadiana se devio de desengañar presto de poder socorrer por alli la Plaza, por que el dia cinco marcho sobre su costado derecho siempre ativo de cañon de las lineas, y aquella noche se campo a la mesma distancia dellas, medio legua mas hacia el camino de Villavicíoza, a seis proseguio la marcha en la propria forma, y hizo alto sobre el mesmo camino. Y este dia (quizas por mostrarnos su brio ante alejarse mas) intento cargar nuestras guardias de Cavalleria con algunos Batallones, pero haviendolas yo reforzado se trabo una muy viva escaramuza, en que con poca perdida nuestra dejo muertos en la Campaña dos Capitanes de Cavallos, otros tres ò cuatro oficiales de cuenta, y algunos soldados, con que se separaron bien escarmentados de su solier. Y el dia siete hizo un pequeño movimiento por el camino de Villabicioza en que (si bien quedó siempre a nuestra vista) descubrió conocidamente la intencion de retirarse, y voló una casa fuerte que nosotros tubimos ocupada hasta que nos dio vista, a mi me parecio con esto no dilatar el hacer llamada al Governador, advirtiendole la retirada de su ejercito, y que no se le admitiria a ninguna capitulacion si aguardva a que se volasen las minas que estavan cargadas (si bien en la verdad por ninguno de los ataques haviamos todavia llegado devajo de los valuartes, por que conta continua lluvia, de fuegos artificiales, bombas, granadas, piedras, y barriles de Polbora que hechavan en el foso nos imposivilitaron totalmente el pasarle por en cima de la tierra, haviendonos quemado dos ò tres veces las galerias que se havian comenzado à hacer, con que fue preciso enterrarse por todos tres ataques, y la calidad del terreno del foso era tan fuerte que huvieramos sin duda tardado mas de otros ocho dias en de atraversarle y hacer las minas aun que por el de los Españoles no faltaria yamas de una baza para llegar al pie del baluarte), respondio el Governador, pidiendo termino de cuatro horas para juntar sus oficiales, y haviendosele dado, me embio con uno sargento mayor de la Guarnicíon el papel de demandas que va incluso numero primero, pero haviendole negado todas que me parecieron exorbitantes se ajustaron y cumplieron las capitulaciones que contiene la copia numero segundo, de que espero se dará Vuestra Magestad por servido, pues a vista de los enemigos se logró el quitarles por esta campaña un cuerpo viejo y tan considerable de Infanteria como el que Vuestra Magestad reconocera por el papel numero tercero, cuya calidad puedo asegurar à Vuestra Magestad era tan ygualmente buena que a mi y a todos los que la vimos salir nos dejó admirados, y el Governador afirmó que habian tenido mas de quatrocientos muertos. Y que quando llegué aqui con el ejercito se hallara con dos mil quatrocientos Infantes efectivos y cincuenta cavallos, lo que han dejado tocante a Artilleria, petrechos, municiones y viveres va en las dos relaciones numero quarto y quinto, y se tienen algunos indicios de que antes de capitular hecharon en el Rio muchas cantidades de todo; yo he encargado el  Govierno de la Plaza, mientras Vuestra Magestad manda otra coza, al Maestro de Campo Don Fernando de Escovedo que creo dara buena quenta del, y ahora se estan reparando las ruinas mas principales que nuestra Artilleria, Bombas e ataques han hecho en ella que son tantas, particularmente en las obras esteriores que seran menester mas de ocho ó diez dias para acomodarlas de prestado, deshacer las lineas y ajustar todo lo necesario para podernos apartir de aqui; el enemigo se halla oy en Villabicioza, haviendo comenzado en ella unas obras nuevas, y nuestra Cavalleria fue ayer a forrajear hacia Ielves [Elvas], hadonde quemo algunas casas, y trajo cantidad de granos, sin que en estos viajes padezca, como Vuestra Magestad fue servido insinuarme en despacho de dos deste, por que de mas desea ya la parte mas cerca de todos estes contornos donde hay forraje se consigue aun mismo tiempo el sustentarla, y poner en gran desconsuelo a los de Yelves biendo perder su cojecha sin que la vincidad de su ejercito baste a asegurarsela, por lo cual me dicen que tres ó quatro dias a havido algun ruido dentro de la ciudad; esto es todo lo que hasta hoy se ofrece digno de la Real noticia de Vuestra Magestad cuya C. R. P. Guarde Dios como deseo y emos menester. Campo de Jurumeña à 12 de Junio de 1662. Don Juan

Fonte: Archivo General de Simancas, Negociado de Guerra, Leg. Num. 2000, carta de Juan José de Áustria, de 12 de Junho de 1662.

Imagem: Juromenha na actualidade. Foto de JPG.

Relação da tomada de Santa Marta e Codiceira – Julho de 1646 (manuscrito inédito, 2ª parte)

Ao sábado houve nesta cidade muitas luminárias pelo bom sucesso. Ao domingo veio o inimigo com esse poder que tinha aos olivais desta cidade, mas como gosta pouco dos marmelos e azeitonas de Elvas, não os quis chegar a provar, e assim se foi sem gastarmos um grão de pólvora. Amanhecendo para a segunda-feira, estava eu à janela pelas três depois da meia-noite, e fazia muito formoso luar, veio alguma cavalaria pelo caminho que tinha ido a nossa gente.Três sentinelas que estão defronte desta cela lhe[s] perguntaram duas vezes quem eram, sem responderem, disseram-lhe que não esperassem a terceira, que havia de ser com pelouro, responderam que amigos. Perguntaram-lhe de que tropa, e se vinha ali o capitão, que falasse, como fez, e com estas circunstâncias passaram até à porta de Olivença. Adormeci, e dadas quatro horas acordei ao estrondo da artilharia e mosquetaria, assim de fora como dos muros, de maneira que cuidei que o inimigo atacara a praça, porque os pelouros de uma e outra parte cruzavam os ares. Os nossos que iam chegando festejando a cidade, e a cidade a eles, e como passavam Chinchas logo iam descarregando, e não se viam senão bocas de fogo e ruído de pelouros. Santa Luzia fez a última festa e não lhe faltavam luzes de artilharia e mosquetaria. A primeira coisa que enxerguei foi a carruagem, e tinha passado a mais da infantaria. Logo vinham as peças e depois a cavalaria. A gente que foi a esta facção foram quatro mil e quinhentos infantes e mil cavalos. Quando partiram de Arronches, que foi domingo pelas três da tarde, tiveram histórias Dom Rodrigo [de Castro, governador da cavalaria] e Dom João [de Mascarenhas, tenente-general da cavalaria] sobre a vanguarda, que dizia Dom Rodrigo que a ele pertencia, e Dom João que a sua tropa havia de vir de vanguarda, que pertencia a quem fez a facção. E estas mesmas histórias tiveram na cidade diante de Joane Mendes, e Dom João disse que assim o aprendera na escola de Flandres, e o outro na de Alentejo. O caso foi que D. João lançou no meio da sala o bastão, e disse que não havia de servir com Dom Rodrigo. Joane Mendes avisou a Sua Majestade do que se passava, e ontem, além do ordinário lhe vieram dois de cavalo, um trás doutro, e um deles era para que informasse o que havia no caso, para se compor. O inimigo, quando deixou Elvas, foi correr os campos de Vila Viçosa e Redondo, soou que a ninguém deram quartel, e que à vista de Telena mataram todos a sangue frio. Foi o caso que chegando ali com a presa e prisioneiros, viram vir algumas tropas da parte de Badajoz, e os castelhanos largaram a presa, e os nossos, cuidando o que eles cuidaram, se foram meter com as tropas que vinham, cuidando ser nossas, sendo elas de Castela. E dizendo os nossos “Viva El-Rei Dom João” foram mortos quatro ou cinco, e um castelhano cuidando ser português. Contudo, e pelas mais mentiras que acerca disto se disseram, se mandou Joane Mendes queixar por uma carta a Badajoz. Mandaram-lhe dezassete dos que tinham levado, que não eram soldados, e ele lhe[s] mandou também os que não eram soldados que tinham vindo de Santa Marta e da Codiceira. O capitão da Codiceira, com os mais soldados, está na cadeia, e não chegará a dezoito anos. Eu dormi domingo na cadeia com um português de Tomar, que à segunda[-feira] arrastaram, enforcaram e esquartejaram, porque foi a Badajoz assentar praça e esteve lá quatro meses, e vinha cá por sua espia. Um nosso português que está prisioneiro em Badajoz matou a um capitão nosso que estava do mesmo modo, estando dormindo; mandou o fronteiro de Badajoz, que é um N. de Enguiem, que se cá não determinassem alguma coisa acerca daquele caso, que também lá havia justiça.

Sábado fez oito dias que veio um homem de Juromenha com um cavalo buscar o reitor de São Paulo para lá pregar, quando foram acharam dois castelhanos de cavalo, que lhe apanharam o em que ia, e dois mil réis que levava, e se foi uma légua a pé.

Ontem de noite entraram nesta cidade treze canhões dos que estavam em Estremoz. Toda a gente paga do Reino vem a esta praça, e os corregedores vêm comboiando a de suas comarcas com as mulas que há. (…) Elvas, em 8 e 9 de Agosto de 1646.

O episódio do desentendimento entre D. Rodrigo de Castro e D. João de Mascarenhas encontra-se bem documentado e foi por mim estudado a propósito do quadro mental do combatente e a definição das hierarquias (O Combatente na Guerra da Restauração… pgs. 122-123). Quanto ao caso dos prisioneiros de guerra, das trocas e do destino a dar aos que eram acusados de traição, será o tema de próximos artigos.

Fonte: Biblioteca Nacional de Madrid, mss. 8187, “Relação da tomada de Santa Marta, e Codeceira, e outros sucessos da fronteira de Elvas, escrita pelo P.e Fr. do Teixozo Religioso capucho assistente na mesma cidade”, fls. 74-76.

Imagem: “Corpo de guarda”, óleo de Mathieu Le Nain.

Um desaire a caminho de Juromenha – Março de 1646

Regresso ao blogue com um episódio do quotidiano bélico seiscentista, respigado das memórias de Mateus Rodrigues, mas sobre o qual não localizei ainda outras fontes que possam corroborar, contradizer ou complementar o que o soldado de cavalos deixou escrito. Tratou-se de uma escaramuça que não correu bem para a companhia onde servia Mateus Rodrigues. A data do acontecimento é incerta – sabe-se que que ocorreu no mês de Março, mas o último algarismo do ano é ilegível; optei por 1646, tendo em conta o encadeamento na narrativa. No entanto, há diversas imprecisões nas memórias de Mateus Rodrigues, no que diz respeito a datas. Sigamos, com a devida reserva, o que nos conta o memorialista, aproveitando para realçar que o principal interesse deste episódio reside nos pormenores da pequena guerra, quase sempre ausentes das grandes sínteses.

Mateus Rodrigues começa por referir que a sua companhia, então comandada pelo comissário geral D. João de Azevedo e Ataíde, estava aquartelada em Olivença. O comissário geral tinha à sua responsabilidade as oito companhias de cavalaria daquela praça onde, por ser a planície circundante muito perigosa, não entrava nada que pertencesse a El-Rei que não fosse escoltado pela cavalaria desde o rio Guadiana, a cerca de duas léguas da vila. Foi assim que aconteceu com um comboio de 200 cavalgaduras, carregadas de munições, farinha e outros abastecimentos.

E logo quis a fortuna que o inimigo tivesse notícia deles, e foi a minha companhia tão mal afortunada que lhe tocou [n]aquele dia ir ao comboio [ou seja, fazer a escolta dos animais de carga] (…) logo pela manhã (…). E assim como esteve a companhia junta à porta do capitão [o termo capitão é aqui usado no sentido generalista de comandante da companhia], chamou (…) um cabo de esquadra, por nome Francisco Cabral Barreto, e lhe disse que tomasse dez cavalos da companhia e fosse diante [com] duas ou três horas [de avanço] da companhia a descobrir a campanha. E lhe advertia que vinha um comboio mui grosso; que descobrisse muito bem a campanha (…).

Logo que o cabo de esquadra recebeu a ordem, partiu com os dez cavalos para fazer o reconhecimento, cumprindo escrupulosamente o que era hábito fazer, que era uma boa légua fora da estrada para todas as partes. No último posto, situado num outeiro de onde se descortinava toda a campina, ficou postada uma sentinela, e daí até ao local onde a companhia devia aguardar pelo comboio de abastecimentos – uma ermida a meia légua do Guadiana – foram sendo colocadas sentinelas, em locais altos e todas à vista umas das outras.

O tenente que comandava a companhia nesta operação (não cumpria ao comissário geral fazer serviço de comboios ou rondas, ainda que disso a sua companhia não estivesse dispensada), chegando ao local combinado com o restante dos seus homens, mandou que estes desmontassem e dessem de comer aos cavalos. Não faltava erva e assim o fizemos todos até que o comboio veio chegando, que como ainda não havia porto em Guadiana passava tudo nas barcas, que são duas. A longa coluna de animais foi atravessando o rio nas barcas, bem devagar. Assim que chegavam à outra margem, punham-se em marcha para Olivença, pois não havia tempo para esperarem até que todos tivessem passado o rio.

A cavalaria inimiga tinha muitas vezes atacado e tomado comboios de abastecimento na estrada de Olivença, e desta vez montou uma emboscada perfeita. Como aquela campanha é meia rasa e tem muitos vales e covas onde o inimigo se pode esconder à sua vontade, como não chegam onde ele estiver, logo fica bem. A cavalaria de Badajoz, num total de 14 companhias com 700 homens, foi emboscar-se um quarto de légua mais adiante de onde tinha ficado a sentinela mais avançada do dispositivo de segurança português, montado previamente pelo cabo Francisco Cabral Barreto. Desse local não podiam ver a coluna de abastecimento aproximar-se, mas como soldados experientes que eram, calcularam bem a hora do dia em que o comboio atravessaria o Guadiana.

Assim como lhe pareceu horas, tomaram uma partida de 20 cavalos e mandaram-na avançar com [ou seja, contra] a nossa sentinela, que estava junto deles um tiro de mosquete (…). Assim como a nossa sentinela viu vir os 20 cavalos correndo, vem fugindo para onde estava a companhia, tocando arma. As demais sentinelas também abandonaram os seus postos, correndo a avisar o tenente da aproximação da força inimiga. Quando a companhia portuguesa se preparou para enfrentar os 20 cavalos inimigos, a restante cavalaria espanhola revelou a sua presença e atacou, dividida em duas partes. Uma lançou-se sobre as cavalgaduras da vanguarda que já estavam na estrada para Olivença. A outra correu sobre a parte do comboio que estava ainda junto do Guadiana.

Entre os portugueses gerou-se a confusão. O tenente tinha consigo 40 homens; os 15 que faltavam estavam espalhados pelos postos que lhes tinham sido atribuídos. Confiantes quanto a derrotarem a vintena de cavalo que inicialmente se aproximara, deram consigo cercados pelo muito mais numeroso dispositivo inimigo. Não tivemos outro remédio senão tratar cada um de seu livramento. A fugida para Olivença não podia ser, porque além de ser légua e meia, estava era muito mais perto, que não era (…) meia légua. Mas também o inimigo nos tinha tomado a dianteira o inimigo lá adiante. Foi para Juromenha que resolveram os portugueses fugir. Mas o inimigo, assim como nos viu, se veio a nós como um raio, contudo fomos-lhe fazendo nossas diligências, cada um o que podia. E quem tinha melhor cavalo, melhor livrava.

Assim como de Juromenha viram o inimigo, logo tiraram duas peças para aviso de Olivença, que saíssem as tropas; e também mandou o capitão-mor de Juromenha duas mangas de mosqueteiros muito depressa em as barcas, para defenderem o comboio que estava a maior parte dele já passado. Mas estava ainda por carregar tudo em os barrancos, e assim como os almocreves viram que vinha o inimigo, descarregaram mui depressa algumas bestas que tinham já carregadas e deixaram-se estar mui caídinhos e agachados ao pé dos barrancos.

Assim como nós chegámos a Guadiana, já não íamos muito mais 15 ou 16 soldados com o nosso alferes, que era Agostinho Ribeiro (…), e não tínhamos nenhum remédio senão passar o pego a nado ou entregar[mo]-nos aos castelhanos. E disse o nosso alferes aos que ali iam que todos o acompanhassem a passar a nado o pego (…), que nenhum se rendesse ao inimigo, que os cavalos nos haviam de botar fora mui bem. De sorte que assim o fizemos, mas com grande risco nosso, em razão que iam os cavalos mui cansados de correr meia légua à rédea solta, e metê-los a um pego connosco em cima deles (…) não havia de salvar nenhum homem (…). Apenas nós nos botámos ao pego a nado, já o inimigo chegava aos barrancos do Guadiana (…) e logo começaram aos tiros a nós, dos quais ainda nos mataram um soldado no meio do pego, que lhe deram com uma bala pelas costas (…) Mas os demais saímos fora, ainda que com trabalho, que também outro soldado nosso esteve quase afogado, andando debaixo do cavalo um pouco de tempo, até que saiu arriba e pegou-se ao rabo do cavalo e saiu fora, mas muito cheio de água, que o tomámos com as pernas para cima e a cabeça para baixo e botou muita água da barriga.

De modo que o nosso tenente foi Guadiana abaixo com tenção de passar pelo porto que já levava pouca água. (…) Fiava-se em o bom cavalo que levava, mas sempre o seguiram três castelhanos até entrarem com ele pela água dentro às pancadas, que ainda lhe deram uma cutilada na cabeça, mas livrou[-se], que assim como os castelhanos viram que os seus cavalos se iam metendo muito na água deixaram-no ir, que o seu cavalo era muito valente e tomou sempre pé (…).

Entretanto, a cavalaria inimiga regressava a Espanha com a presa que tomara, sensivelmente metade das cavalgaduras do comboio. As outras 100 não foram detectadas, porque fazem ali os barrancos uma grande altura com o rio, e estando alguém a cavalo ao pé deles não pode ver quem está em baixo, e como o inimigo fez ali pouca detença, não lhe ficou lugar de saber. Nove soldados portugueses foram também levados prisioneiros e dois morreram na escaramuça.

As restantes companhias de Olivença, ouvido o alarme dado pelas peças de Juromenha, saíram da praça sob o comando de D. João de Ataíde, mas já o inimigo ia muito afastado. O comissário geral ficou muito zangado com o cabo de esquadra a quem ordenara o reconhecimento e a quem atribuía as culpas pelo insucesso, mas não pôde descarregar a sua ira no sujeito, pois este fora um dos prisioneiros que a cavalaria inimiga levara para Badajoz. Como as trocas de prisioneiros estavam então suspensas, Francisco Cabral Barreto ficou 18 meses cativo. Mateus Rodrigues refere que o cabo não teve culpa alguma no desaire, pois não foi por erro seu que a força portuguesa sofreu a emboscada. (…) Ele é e foi sempre tão bizarro soldado, que assim como D. João se ausentou das fronteiras [em 1647], logo subiu em breves tempos [a] ajudante da cavalaria, que é o posto em que ficava quando me ausentei das fronteiras [em Fevereiro de 1654].

Fonte: MMR, pgs. 139-145.

Imagem: “Choque de cavalaria”, pintura de Pieter Meulener.

O capitão de cavalos e pagador geral do exército do Alentejo André Mendes Lobo – mais um documento sobre este oficial

Há menos de um ano apresentei aqui um artigo sobre André Mendes Lobo. Para evitar repetições desnecessárias, convido à leitura da breve biografia desta interessante personagem, muito ligada à Casa de Bragança.

Hoje trago aqui a transcrição de uma consulta do Conselho de Guerra referente ao pedido formulado por André Mendes Lobo, no sentido de lhe ser atribuída a patente de capitão de cavalos para uma companhia paga que seria formada às suas custas. Como sempre faço, a ortografia original foi adaptada para a actual e foi acrescentada alguma pontuação, de modo a tornar mais fácil a compreensão do texto.

O Conde de São Lourenço, Governador das Armas da Província e exército de Alentejo, dando, na sua carta inclusa, conta a Vossa Majestade de haver, por ordem sua, feito André Mendes Lobo, pagador geral do mesmo exército, uma companhia de cavalos à sua custa, que é das melhores que há nele, e da promessa que para este efeito lhe fez de haver patente de Vossa Majestade para servir de Capitão dela, com obrigação de ter sempre efectivo o número de cavalos que há-de constar; pede a Vossa Majestade  que, por ser este serviço de tão grande importância (como é o assegurar-se com eles o caminho de Vila Viçosa, Borba, Juromenha e Olivença) e exemplo para outras pessoas se animarem a fazer o mesmo, se sirva conceder a André Mendes a mercê que ele, Conde, lhe prometeu, o qual, na petição que também vai inclusa e se [a]presentou por sua parte, refere que há seis anos serve na ocupação de Pagador geral do exército do Alentejo, e a importância de que tem sido ao serviço de Vossa Majestade o forte que fez no monte do Farragudo para segurança dos comboios e vassalos de Vossa Majestade; e que vendo o Conde de São Lourenço que os Capitães de cavalos, em razão de ser aquele sítio terra áspera e montuosa [ou seja, de relevo acidentado], recusavam mandar assistir, como até agora o fizeram, partidas de cavalos, e considerando quanto convém que ali haja uma tropa deles, assentou com ele que à sua custa comprasse (como o fez) para este efeito oitenta cavalos, com condição que serviria de Capitão da companhia que deles se havia de formar, com as mesmas obrigações com que o fazem os mais Capitães de cavalos, e se daria aos oficiais e soldados dela o soldo que se dá aos das outras companhias. E porque este é um dos particulares serviços que faz a Vossa Majestade, pede a Vossa Majestade lhe mande passar patente do posto de Capitão de cavalos da dita companhia, com o soldo que por razão dele lhe tocar, dando-se-lhe por um alvará por evitar a derrogação do Regimento que dispõe que nenhuma pessoa possa vencer dois soldos juntamente.

O Conselho, entendendo que é mui considerável o serviço que André Mendes Lobo faz a Vossa Majestade na oferta que faz de comprar à sua custa oitenta cavalos para formar deles uma companhia que sirva na forma que ele aponta na sua petição e o adverte o Conde de São Lourenço na sua carta, é de parecer que Vossa Majestade a deve aceitar, e mandar-lhe agradecer e significar que por ele terá lembrança de lhe fazer a mercê que houver lugar e merece o zelo com que em tudo procura cumprir com as obrigações do serviço de Vossa Majestade, mandando-lhe passar patente de Capitão de cavalos da mesma companhia com o soldo que pede; e aponta o Conde que vem a ser pouco mais que o que goza com o posto de Pagador geral; e porque havendo de servir André Mendes juntamente de Pagador geral, não convém arriscar sua pessoa, em razão das contas do dinheiro que entra em seu poder, deve Vossa Majestade mandar advertir ao Conde de São Lourenço que o tenente que se houver de nomear para o ser desta companhia, seja sujeito tal que possa governar a companhia com todo o acerto e servir nas ocasiões que se ofereçam, sem empenhar nelas o Capitão. Lisboa, 27 de Agosto de 648.

[Decreto régio:] Como parece. Lisboa, 29 de Agosto de 648.

É de realçar a preocupação dos conselheiros com a segurança física de André Mendes Lobo, reflectindo a sua importância como pagador geral. Apesar disso, André Mendes empenhou-se em vários combates à frente da sua companhia. De notar que a acumulação de dois postos, recebendo o soldo de ambos, foi uma excepção aceite sem qualquer entrave – facilitada pela proximidade entre o Rei e o seu vassalo, que era anterior à Aclamação do Duque de Bragança, e aos assuntos mais privados que tinham envolvido D. João IV e D. Leonor da Silveira, mulher de André Mendes Lobo.

Fonte: ANTT, Conselho de Guerra, Consultas, 1648, maço 8-B, consulta de 27 de Agosto.

Imagem: Escaramuça de cavalaria. Pintura de Peter Snayers.

Badajoz, 1652 – a intentona frustrada (5ª parte)

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Os preparativos

D. João da Costa estava impaciente para iniciar a operação que iria conduzir – assim pensava ele – à tomada da importante praça da Extremadura. João Leite de Oliveira refere que, como o Guadiana ia cheio e impossível de passar a vau, o mestre de campo general

(…) mandou com muita pressa obrar em Juromenha uns batelões para passar a gente com brevidade, dos quais o inimigo teve notícia, e começou a andar com cuidado, tomando línguas todos os dias [“tomar língua” significava capturar paisanos ou soldados do inimigo, a fim de obter informações]; e também entre nós se rompeu [ou seja, surgiram os rumores], pela novidade das barcas, que havíamos de fazer alguma jornada para aquela parte de Olivença (…). (Relação…, pg. 181)

Difícil manter o sigilo, de um e de outro lado da fronteira. D. João da Costa considerou então que aquele era o melhor momento para se ausentar para Lisboa, onde iria contrair matrimónio, aproveitando também para dar conta ao Rei do andamento do negócio de Badajoz. A viagem e o motivo dela (o casamento) teriam o efeito de despistar as intenções de que algo de grande se estava a preparar. Mantiveram-se, no entanto, os contactos entre o tenente-general e os sargentos, pois de Lisboa continuava D. João da Costa, por meio de correios, a ser informado e a dar ordens. Ficou combinado que o novo encontro entre o mestre de campo general, entretanto elevado a Conde de Soure, e os sargentos teria lugar na noite de 12 para 13 de Março, em Elvas.

Foi aí que ficou tudo decidido. Com o pretexto de que seria necessário infiltrar novamente João Leite de Oliveira no castelo, com a desculpa de que o tenente-general não tinha conseguido ver, da primeira vez, todas as particularidades do local, D. João da Costa acordou com os sargentos que o militar português repetiria aquele feito na noite de 21 de Março, uma quinta-feira. Por precaução, foi dito aos sargentos que o tenente-general iria acompanhado apenas por uma outra pessoa. Mesmo nesta fase adiantada, temia-se que os sargentos fizessem jogo duplo, e não se lhes revelou que a operação estava em marcha.

Movem-se as peças

Portanto, a intenção dos portugueses era outra. Relata João Leite de Oliveira que a 19 de Março

(…) estava o mestre de campo [general] com as portas de Elvas fechadas, gente amunicionada [ou seja, milicianos de auxiliares] e tudo pronto para quarta-feira, 20 do [mês de Março] (…) se meterem em Olivença com tudo, e eu saí no mesmo dia desta vila de Estremoz com 400 cavalgaduras para entrar no mesmo dia em Olivença, de onde havíamos de sair à quinta-feira, dia de São Bento, e eu marchava diante com 500 soldados escolhidos de todo o exército, com os capitães de maior opinião e dois sargentos-mores, engenheiros, um tenente-general da artilharia, condestáveis [posto equiparável a furriel, na artilharia] e artilheiros com cartuchos feitos, granadas, lanças de fogo, e todos os mais apetrechos.

E atrás de mim marcharia o senhor mestre de campo general com tudo o mais, e perto do moinho [o habitual ponto de encontro, a caminho de Badajoz] onde havia de esperar o sargento, me havia eu de adiantar com cinco ou seis homens, e achando-o (…) lhe havia de declarar tudo o que levava, fingindo que não queríamos mais dilatar o negócio, e assim que fossemos à meia-lua, como da outra vez, e fingíssemos o mesmo, ou outra coisa que lhe parecesse por amor [ou seja, por causa] das sentinelas, no que ele veria sem dúvida, e entrando eu com três ou quatro homens na meia-lua com adagas nas mãos, pressionaríamos as duas sentinelas, que no castelo não havia outras para aquela parte; o que feito, me não era dificultoso meter os 500 homens, e metidos eles me podia sustentar dentro vinte dias, por ser um castelo fechado por si com muito boas muralhas, e dentro muito biscoito e munições, e fora dele não tinha o inimigo nenhuma, e a muralha para a parte da cidade era capaz de se pôr nela bateria contra a cidade, por o castelo lhe ficar superior. (Relação…, pg. 182)

Era este o plano. Todavia, não se concretizou, pois no dia 19, já com tudo preparado para a marcha, vieram dois rapazes castelhanos, que se tomaram por línguas pela parte de Campo Maior, os quais disseram que naquela manhã se havia mandado chamar de Badajoz a cavalaria com pressa, e já quando saíram tinham entrado duas ou três companhias (Relação…, pg. 182). D. João da Costa decidiu suspender tudo, não sendo conveniente fazer a marcha, pois mesmo que o inimigo não soubesse do intento dos portugueses (como não sabia), bastaria estar alerta e ter batedores espalhados pelos campos, para que toda a esperança de sucesso da operação se perdesse. Soube-se posteriormente que todos aqueles cuidados da parte de Badajoz tinham ficado a dever-se à informação (provavelmente originada em línguas tomadas por cavaleiros espanhóis, ou por intermédio de espiões) que os portugueses estavam a concentrar tropas; mas quando os espanhóis tomaram mais línguas para a parte de Olivença, sossegaram com as notícias de que, afinal, não havia novidade e tudo estava calmo. Assim, despediram da cidade as companhias de cavalaria que apressadamente tinham mandado chamar.

João Leite de Oliveira voltou a contactar o sargento, para lhe dizer o motivo pelo qual tinha faltado ao encontro na noite combinada. E ficou ajustado que o novo encontro (e a nova ida ao castelo) teria lugar na noite de Domingo de Pascoela. O tenente-general deu mais alguns dobrões ao sargento e recomendou-lhe que não fosse mais gastador do que o costume, para não levantar suspeitas.

Entre os portugueses, era tempo de repetir os preparativos para a operação. Mas a deusa da Fortuna tinha outras intenções a respeito de Badajoz…

(continua)

Imagem: O rio Guadiana junto a Juromenha. Foi aqui que se fizeram os batelões para passar as tropas para o lado de Espanha, conforme se refere no texto. Foto de Jorge P. de Freitas.

Nicolau de Langres, arquitecto e engenheiro militar

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Nicolau de Langres, arquitecto e engenheiro militar, chegou a Portugal em 1644, com um contrato inicial válido por três anos. Em França, ao serviço de Luís XIII, adquirira experiência no projecto e reparação de fortalezas. Permaneceu em Portugal muito para além do termo do primeiro contrato. Sucedeu a João Pascácio Cosmander na província do Alentejo como coronel superintendente dos engenheiros, tendo desenhado os projectos de fortificação de várias praças naquela província, como Estremoz, Campo Maior ou Juromenha. Tal como o seu antecessor holandês, também Nicolau de Langres viria a ser capturado e passaria a servir o soberano espanhol, neste caso no início da década de 60. E a completar a coincidência de trajectos entre aqueles dois engenheiros militares, também Nicolau de Langres viria a morrer num cerco: o de Vila Viçosa, em 1665, onde foi mortalmente ferido, durante a campanha que conduziu à batalha de Montes Claros.

Na Biblioteca Nacional de Lisboa existe um volume que reúne vários dos seus trabalhos ao serviço da Coroa portuguesa. É desse volume que se reproduz a gravura acima – um auto-retrato de Nicolau de Langres, no acto idealizado de preparar um esboço de fortificação, sendo acompanhado de dois criados, muito provavelmente durante a década de 1650.

LANGRES, Nicolau de – Desenhos e Plantas de todas as praças do Reyno de Portugal pelo Tenente General Nicolao de Langres Francez, que servio na guerra da Acclamação. (F2359)

O capitão de cavalos André Mendes Lobo – breve retrato de um fiel servidor da Casa de Bragança

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André Mendes Lobo foi um capitão de cavalaria diferente dos demais. Sem nunca ter atingido maior projecção na hierarquia militar, foi durante alguns anos um dos mais importantes elementos na estrutura do exército da província do Alentejo, se não na tomada de decisões ao nível da condução das operações, pelo menos para o funcionamento daquele exército enquanto força militar. De origem plebeia, embora abastado (um vilão muito rico do Alentejo, como refere Felgueiras Gayo), arriscou a sua vida e empenhou a sua fortuna na defesa dos Bragança – talvez mais do que fizeram alguns nobres de sangue que colheram benefícios com a separação de Portugal da Monarquia Hispânica.

A preocupação de André Mendes Lobo era, também, defender o património próprio. As suas terras espalhavam-se pelas zonas que serviam de palcos de combate, de Elvas a Juromenha, passando por Borba, de onde era natural, e Vila Viçosa, onde residia.  A sua ligação à Casa de Bragança era muito forte. A ela devia a sua ascensão social, anterior ainda à Aclamação: por serviços prestados ao Duque D. João, fora elevado à fidalguia. Para mais, André Mendes Lobo integrara o grupo restrito dos que tinham um contacto bem próximo com o futuro monarca, pois fora Guarda-Roupa do Duque, ou seja, responsável pela câmara que antecedia o quarto de D. João, no Paço de Vila Viçosa. Tremenda carreira ascensional para um plebeu que, em 1625, quase fora assassinado por parentes da sua esposa, a fidalga D. Leonor da Silveira, indignados com o matrimónio do vilão com alguém que lhe era socialmente superior.

Também D. Leonor da Silveira privara com a família ducal, tendo sido ama de leite do Príncipe D. Teodósio. Mais do que isso, privara intimamente com o próprio D. João em manobras de Eros e Afrodite. Mancebia à qual Felgueiras Gayo atribui os favorecimentos feitos a André Mendes Lobo já depois do Duque cingir a coroa de Rei.

Após a Aclamação, André Mendes Lobo quedou-se pelo Alentejo. As suas acções como capitão de cavalos surgem em algumas relações e documentos oficiais, em nada sendo deslustrosas, mas também sem lhe valerem avanço na carreira das armas – não seria essa, de resto, a sua ambição. Embora continuasse a servir, era também pagador geral do exército do Alentejo, tendo chegado a desembolsar a soma de 18.000 cruzados (7.200.000 réis) para financiar os custos de uma campanha militar no Alentejo. Fazia questão de mostrar a sua riqueza e empenho no serviço através da dimensão da sua companhia de cavalos: na década de 50 e inícios da de 60, tanto a sua unidade como a do seu genro Dinis de Melo de Castro (futuro Conde de Galveias) ultrapassavam a centena de cavalos, quando a média das demais não ia além das 46 montadas; em 1661 chegaram a corresponder, no seu conjunto, a mais de 12% dos efectivos de cavalaria do exército do Alentejo.

Ia o ano de 1661 avançado quando André Mendes Lobo deixou o serviço na cavalaria. Tão grande era a sua companhia, que foi ordenado fosse repartida e dela se formassem duas. André Mendes Lobo faleceu no final de 1661. Uma carta do Conde de Atouguia, de 3 de Janeiro de 1662, ao Conselho de Guerra (ANTT, CG, 1662, maço 22, consulta de 14 de Janeiro) refere a petição feita por D. Leonor da Silveira, mulher que foi do pagador geral deste exército, e capitão de cavalos André Mendes Lobo, em que a viúva declara desejar continuar a servir a Coroa com o zelo que o fazia seu marido defunto, pedindo que, após a divisão da companhia que fora do seu marido, se desse uma companhia a D. António de Almeida e que outra, com mais cavalos que ela determinava comprar, ficasse assistindo no forte com capitão por ela nomeado, ou que então os cavalos se dessem ao genro, Dinis de Melo de Castro. O Conde de Atouguia refere que mandou o vedor geral do exército do Alentejo fazer proporcionalmente a partilha: achando-se 86 cavalos, deu para duas companhias de 43, e os 110 soldados também se repartiram com igualdade. As companhias foram entregues aos capitães D. António de Almeida (carta patente de 8 de Novembro de 1661) e Philipe Suel (francês, carta patente de 21 de Outubro de 1661). Sobre o pedido de D. Leonor para poder prover o capitão que melhor achar para a companhia que ela queria refazer, o Conde foi de opinião que assim lhe fosse concedido, em graça pelos muitos serviços que o seu marido prestara. Realçou as vantagens tácticas  da companhia assistir no forte – mesmo que ela não o pedisse, seria necessidade fazê-lo, pois ficava acudindo a Elvas, Juromenha, Vila Viçosa e lugares que se seguem Guadiana abaixo, cobrindo muitas herdades, assim das que ficaram de André Mendes como de muitos outros donos, impedindo as partidas que de Arronches (então na posse dos espanhóis) pretendessem passar a Olivença; e assim ficavam os soldados com melhor comodidade de quartel e os cavalos com mais erva. O Conde mostrou-se contra a proposta para que os cavalos se incluíssem na companhia de Dinis de Melo de Castro, pois na mostra de 29 de Dezembro de 1661 havia 117 cavalos naquela companhia.

A que forte se referia D. Leonor da Silveira, não esclarece o documento. No entanto, pode ser o que refere esta passagem da História de Portugal Restaurado: quando, em 1662, D. João José de Áustria invadiu Portugal de novo pela fronteira do Alentejo e marchou sobre Juromenha, (…) na marcha rendeu o exército uma casa-forte do capitão de cavalos André Mendes Lobo, situada entre Vila Viçosa e Juromenha, e guarnecida com uma companhia de infantaria. Mandou D. João de Áustria arrasá-la (…) (ERICEIRA, Conde de, História de Portugal Restaurado, edição on-line, Parte II, Livro VI, pg. 473). Por essa altura já a companhia a que D. Leonor da Silveira pretendera destinar o comandante estava incapaz de operar, pois segundo uma carta do Marquês de Marialva (13 de Junho de 1662, anexa à consulta de 19 de Junho), houvera ordens régias para que nela não fosse provido qualquer capitão e as deserções e incúria tinham-na deixado de todo perdida.

Bibliografia: além dos meus livros O Combatente durante a Guerra da Restauração… e A Cavalaria na Guerra da Restauração…, onde são tratados vários aspectos da carreira militar de André Mendes Lobo e Dinis de Melo de Castro, veja-se também:

COSTA, Leonor Freire; CUNHA, Mafalda Soares da, D. João IV, s.l., Temas e Debates, 2008, pgs. 84-85.

CUNHA, Mafalda Soares da, A Casa de Bragança 1560-1640. Práticas senhoriais e redes clientelares, Lisboa, Editorial Estampa, pgs. 569 e 588.

FELGUEIRAS GAYO, Manuel José da Costa, Nobiliário de Famílias de Portugal, Braga, Carvalhos de Basto, 1989, vol. IV, t. XI, pgs. 247-248, e vol. VI, t. XVII, pg. 428.

Imagem: “Um combate de cavalaria”, Adam Frans van der Meulen (2ª metade do séc. XVII), Metropolitan Museum of Art, Nova Iorque.