Ainda sobre o Marquês de Torrecuso – por Salvador Vaquero

O nosso leitor, Sr. Salvador Vaquero, a propósito do contributo de Juan Antonio Caro del Corral sobre o Marquês de Torrecuso, enviou num seu comentário um excerto de uma obra do século XIX que refere os problemas dos comandos do exército espanhol durante a Guerra da Restauração. O mesmo tema seria abordado no século XX, em Portugal, pelo historiador Belisário Pimenta, num artigo a que hoje se pode aceder online, em ficheiro pdf, na página da Casa de Sarmento.

Aqui fica, pois, a parte do comentário do Sr. Salvador Vaquero (a quem agradeço) respeitante ao Marquês de Torrecuso e à situação na fronteira de guerra:

Al hilo del tema y apuntes de Juan Antonio Caro del Corral sobre el Marqués de Torrecuso, creo muy interesante estimar un artículo José Gómez de Arreche, incluido en la Revista Europea del Ateneo de Madrid. nº135, Año III, de 24 de septiembre de 1876; basado dicho artículo e un códice con cartas del rey Felipe IV, del Conde-duque de Olivares, órdenes militares etc, donde se pone de manifiesto la importancia que tenía dicho militar para el propio rey y su valido, y la caótica situación militar existente en Extremadura en 1644, que provocó el que fuera designado para poner orden:


« En los primeros meses de aquel año (1644) fuéle, con efecto, encomendado el mando de Extremadura. Grande era la necesidad de su permanencia junto al Rey, que se hallaba en Aragón dando con su presencia calor á las operaciones de la guerra contra la insurrección catalana. Formaba parte de la Junta particular de Guerra con los condes de Oñate, do Chinchón y Monterey; pero la envidia de Garay y de otros favorecidos de la fortuna en la corte le tenían separado del servicio activo. Aragón le pedía para virey suyo, después do hacerle un recibimiento de los más lisonjeros; había llegado ai cuartel real la noticia do que en una alarma producida en el ejército de la insurrección, M. de la Motte había dicho que mientras no mandase las tropas reales el marqués de Torrecuso, no había por qué asustarse; pero mientras intluyesen Garay y Mortara en las decisiones del Soberano, no cabía esperanza de que nuestro héroe ni el mismo Picolomini con todos sus servicios, su mérito y su fama obtuviesen un mando verdaderamente importante. Sólo cuando Garay cayó del favor real á impulso de su mismo orgullo, y con la sorpresa y los temores que produjeron la rendición de Valverdo, la poco posterior de Villanueva del Fresno y el sitio puesto á Badajoz, fue cuando se envió á Torrecuso á la frontera de Portugal, tan flojamente defendida por el conde de Santistóban. Desde el momento de su llegada á Extremadura, tomó la guerra carácter y rumbo diferentes. Del puramente defensivo que presentaba hacía tiempo por la superioridad de las fuerzas portuguesas y la falta de habilidad en los cabos españoles, pasó la lucha, cuatro años hacía ya entablada, á ofrecer un aspecto de animación y de iniciativa que bien á las claras demostraba la asistencia eficaz y enérgica de hombre de tanto talento y pericia como el Torrecuso. No se necesitaba hacer poco para poner remedio á un estado de cosas que daba lugar á las décimas que por entonces corrieron la España entera, como prueba del infelicísimo en que se hallaban las provincias extremeñas. Así comenzaban:


«La guerra de Portugal
»De tal suerte se gobierna,
»Que para que sea eterna
«Se dispone en todo mal.
«O es falta do general,
«O es culpa de los soldados,
«Que unos y otros enroscados
. «En su insaciable codicia,
«Afrentan á la milicia
«Con robos y con pecados.
«La viña de Extremadura
«Monterey la vendimió,
«Y Garay la rebuscó
«La escarda verde y madura.
«Santistéban se apresura
«Por dejarla descepada,
«Y viéndola ya acabada, –
»Sin que pueda defendella,
«Se entra el Portugués por ella
«Como viña vendimiada.”


Pero la sola noticia del arribo de Torrecuso á Badajoz produjo la retirada al interior de los ganados y enseres, de lo que el Padre González, d.e la Compañía de Jesús, llamaba las haciendes de los portugueses fronterizos. Todavía alcanzó el afortunado general á sorprender en los últimos dias de Marzo un grueso destacamento portugués que operaba por Campo-Maior, y arrebatarle muchos miles de cabezas de ganado mayor y menor que conducía tierra adentro. Pocos dias después eran 80 jinetes de los de Elvas víctimas de otra estratagema; y en los últimos de Abril quedaba Mouráo en poder de una gruesa partida de caballería que, muy reforzada por Torrecuso, salió de Llerena para sorprender aquella importante fortaleza. Pero si él aprovechaba cuantas ocasiones podía ofrecerle su ingenio para escarmentar á los portugueses, no se descuidaban tampoco ellos en vengar las algaradas que, falto de fuerzas y sin esperanza de que se lo enviasen, oran para Torrecuso las únicas operaciones posibles en aquella frontera. Su contrario el duque de Alburquerque, reuniendo un número do tropas considerable, invadió de nuevo el territorio español por la margen derecha del Guadiana. Torrecuso trató de llamarlo la atención hacia su propio territorio, poniendo sitio á Ouguella; pero, fuese por considerar como mezquina la empresa, ó que no lograse atraer á su enemigo, se dirigió á él pocos dias después resuelto á combatirle. Entóneos tuvo lugar la batalla del Montijo, que si pareció indecisa por el pronto, sirvió á afirmar el movimiento de separación del Portugal. Entonces también, cual ahora, los generales pasaban como meteoros por el mando de los ejércitos. El menor reves, ¿qué decimos? una acción de éxito dudoso, aun sin importancia alguna, valía su destitución al que la había dirigido, para á los quince dias ser destinado á otro ejército, y á los otros quince volver á aquel en que no había dado gusto á la Corte y a sus émulos ó enemigos. El Almirante, el marqués de los Velez, el de Leganés y cien otros podrían servirnos do ejemplo en el trasiego constante que se verificaba de generales de un ejército á otro en los cinco ó seis sobre cuyas filas so veían ondear las enseñas españolas; y sólo D. Francisco de Meló, el vencido en la fatal jornada de Rocroy, formó excepción de aquella que, aunque funesta, parecía regla general en España ó, por mejor decir, en sus gobiernos. Asi os que después de la acción del Montijo, cuantas correspondencias hemos visto, y entre ellas las contenidas en el Memorial publicado por la Academia de la Historia, no hablan ya, al referirse al marqués de Torrecuso, más que de su relevo del mando de Extremadura”.

Imagem: “Soldado e rapariga jogando gamão”. Pintura de Jacob Duck (1600-1667).

O Marquês de Torrecuso – por Juan Antonio Caro del Corral

No seguimento da listagem dos capitães-generais da província de Extremadura (Espanha), Juan Antonio Caro del Corral fez um longo comentário a propósito do Marquês de Torrecuso que, pelo seu interesse, é aqui destacado em artigo próprio. No final, acrescentei uma pequena transcrição do Manuscrito de Matheus Roiz a respeito do mesmo general.

Muy eficaz el listado de Capitanes Generales de Extremadura. A fin de profundizar algo más en la figura de aquellos soldados, sirva este ligero apunte sobre el Marqués de Torrecuso.

MARQUES DE TORRECUSO, CAPITAN GENERAL DE EXTREMADURA

Gerolamo Maria Caracciolo, III marqués de Torrecuso. Natural del Reino de Nápoles, fue un afamado militar que estuvo a las órdenes de la monarquía castellana, ocupando puestos de responsabilidad al frente del ejército imperial. Antes de llegar a Extremadura, destaco en la Guerra de Cataluña, dónde perdió a uno de sus hijos. También estuvo presente en el conflicto de los Treinta Años, llegando a vencer a las tropas francesas en la batalla de Fuenterrabía, librada en 1638.

Dada su condición italiana, no es de extrañar que junto a Torrecuso, llegaran muchos soldados de la misma nacionalidad. Entre estos cabe citar a Giovanni Giacomo Mazzacani-Maza, más conocido entre la tropa con el nombre castellanizado de Mazacan. Fue destinado al distrito cacereño de Alcántara-Sierra de Gata, tomando bajo su mando directo la guarnición existente en Zarza la Mayor.

Volviendo a los rasgos biográficos de nuestro personaje principal, fue el 8 de marzo de 1644 cuando Torrecuso hizo entrada en la ciudad de Badajoz, para hacerse cargo, con el pomposo título de Capitán General, de la defensa de toda la frontera extremeña.

Sustituyó al odiado Marqués de Santisteban, cuyo gobierno había provocado gran rechazo no sólo entre la tropa, sino en los propios habitantes de la región.

Torrecuso venía precedido de una aureola de gran militar y estratega, siendo su nombramiento del agrado de la mayoría de oficiales del ejército, el cual se encontraba en una situación bastante penosa, pues sus anteriores responsables se habían ocupado más de enriquecerse personalmente que de dirigir a la soldada.

Por el motivo anterior, el primer empeño del Marqués fue realizar una reforma general con la cual buscaba organizar adecuadamente a sus subordinados. En este sentido fue el primero que incluyo compañías de infantería a caballo, creando también el puesto de sargentía menor en cada uno de los tercios que componían el llamado Ejército de Extremadura.

Con estas labores pronto se gano la simpatía general y, en comparación con su predecesor, se llegó a decir “… i quanto a su antecesor el Conde de Santisteban desestimauan por su facilidad, tamto al Torrecuxo temian i respetauan por su entereça i valor…”.

Fue mucho el trabajo que el nuevo gobernador militar tuvo en su tiempo de mandato. La guerra en 1644 se recrudeció bastante, y las noticias de escaramuzas portuguesas en tierras extremeñas no dejaron de llegar, día a día, a la sede central de Badajoz.

Ejemplo de aquellos sucesos cotidianos para la gente de frontera los encontramos en la zona norte de la Raya, colindante con la Beira Baixa. Fue aquí dónde poblaciones como Membrío y Zarza la Mayor conocieron la crudeza de la guerra, al ser atacados en los meses de abril y mayo respectivamente.

Las armas castellanas de Torrecuso respondieron a aquellas y otras agresiones, con entradas en territorio lusitano, siendo la frontera pacense el escenario elegido para ello. Así, sitios como Ouguela vieron correr por sus campos a la caballería extremeña en más de una ocasión.

Sin duda alguna el momento álgido del gobierno de Torrecuso acaeció el día del Corpús, 26 de mayo, junto a las llanuras de la localidad de Montijo, muy cerca de Badajoz, lugar en el que se libró la que se considera primera batalla de la Guerra de Restauración.

El resultado del combate fue ambiguo, pues los dos bandos enfrentados se apropiaron de la victoria final. En todo caso parece que la batalla tuvo dos momentos clave, dominados cada uno de ellos, respectivamente, por sendas facciones. De hay la eterna duda de quien fue vencedor general.

Torrecuso no estuvo presente en el famoso lance, enviando en su lugar, como máxima autoridad de la tropa castellana, al Barón de Molinghem.

El año siguiente, 1645, continuo la misma tónica. Constantes alarmas y salidas cuyo fin básico era el ganado, realizar rapiña, incendiar poblados, desabastecer al contrario… En definitiva, la forma usual de realizar la guerra en una frontera muy extensa, defendida por un ejército poco profesional, pese a la laboriosidad de Torrecuso por mantener siempre el buen orden y disciplina.

Elvas, Campo-Maior, Jérez de los Caballeros y otros tantos lugares del sur, de nuevo se tornaron en escenario de encuentros campales entre fuerzas portuguesas y castellanas. Mientras tanto al norte, los vecinos de Zarza la Mayor, para vengar el ataque sufrido el año anterior, organizaron un nutrido grupo de jinetes voluntarios, los llamados Montados, semejantes a las compañías pilhantes de Portugal, con el cual batieron varias veces la comarca de Castelo Branco, quemando aldeas como Sao Miguel D´Acha, Ladoeiro, Alcafozes, Zebreira…

Debido a un permanente estado de tensión militar y la noticia de varias derrotas, la buena estrella de Torrecuso se fue apagando. También tuvo buena parte de culpa las rencillas internas, pues entre sus propios oficiales surgieron voces en contra, muy críticas con la forma de dirigir el ejército utilizada por el Marqués.

Él noble napolitano comprendió lo difícil de su situación, y no queriendo perder más crédito en la frontera extremeña, solicitó ser relevado de su cargo, cosa que ocurrió rápido, pues también en la corte de Madrid deseaban ver lejos al italiano.

Para sustituirle entró al mando el Marqués de Leganés, dº Diego Mesia Felipez de Guzmán. Las cosas con él tampoco cambiaron en exceso. Buena prueba es que, a poco de llegar al mando, se produjo el choque llamado posteriormente Ventas de Alcarabica.
Pero eso es otra historia.

Juan Antonio Caro del Corral

(Sobre o combate de Alcaraviça, veja-se o artigo gentilmente enviado pelo Sr. Santos Manoel, publicado aqui e aqui – com um acrescento de minha parte aqui).

A propósito do Marquês de Torrecuso, escreveu nas suas memórias o soldado de cavalos Mateus Rodrigues:

Agora falarei do grande soldado que era o Torrecruz [Torrecuso], que não havia em Espanha soldado como ele. Que a sua guerra foi a mais limpa que nenhum até hoje fez, porque nunca jamais quis que a cavalaria fosse às pilhagens, que as podia fazer mui boas, e também nunca quis derrubar os arcos da Amoreira [referia-se ao aqueduto que abastecia a cidade de Elvas], por onde ia a água à cidade, coisa que [a] havia de pôr em grande aperto, mas dizia ele que esas cosas no las hasian sino picaros. (MMR, pg. 91)

Mateus Rodrigues terá escrito esta passagem por volta de 1657. Se a sua memória em relação ao general espanhol não é muito exacta no que toca às operações de pilhagem, já o respeito que demonstra pelo comandante inimigo revela o legado de fama que Torrecuso deixou entre os soldados portugueses.

Imagem: “Soldados equipando-se”, pintura de Jacob Duck, Minneapolis Institute of Arts. Um detalhe deste quadro já foi incluído num artigo anterior. Note-se o equipamento dos soldados de infantaria (e do dragão que coloca a bandola com os “12 apóstolos” – veja-se as esporas, o que demonstra tratar-se de infantaria montada) e, como curiosidade, o modo de acordar o soldado adormecido, fazendo cócegas com uma espiga no nariz; um pormenor que é possível encontrar noutra pintura do mesmo autor.