Breves biografias (1) – um açoriano na batalha de Ameixial: o mestre de campo Sebastião Correia de Lorvela

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Quando comandou o terço de Cascais na batalha de Ameixial em Junho de 1663, o mestre de campo Sebastião Correia de Lorvela era já um veterano nas lides da guerra. Ainda no tempo da Monarquia Dual, em 1638, fora provido no posto de capitão de infantaria de uma companhia que ele próprio levantara nas ilhas dos Açores, e com ela partiu para o Brasil na armada do Conde da Torre (D. Fernando Martins de Mascarenhas), na demonstração de força contra a ocupação holandesa.

Entre 1642 e 1643 andou embarcado, continuando a comandar a sua companhia de infantaria. Na campanha de 1643 é referido como capitão de uma companhia de cavalaria durante os combates que ocorreram no Alentejo e Extremadura espanhola, participando nas acções de Villanueva del Fresno e Alconchel, entre outras. Seria uma promoção em relação ao posto que ocupava anteriormente, todavia regressou ao comando de uma companhia de infantaria a bordo da Armada.

A promoção a mestre de campo viria em 1657, sendo provido no comando de um terço de infantaria que recrutou nas ilhas dos Açores. No cerco de Badajoz em 1658 caiu prisioneiro dos espanhóis, tendo permanecido 8 meses cativo em Madrid. As ocasionais trocas de prisioneiros trazem-no de novo a Portugal. Em 1662 é mestre de campo do terço de Cascais, que durante as épocas de campanha no Alentejo se alojava em Estremoz. Participou na inglória campanha de 1662, durante a qual muitas praças de armas foram tomadas pelo exército espanhol comandado por D. Juan de Áustria. Em 1663 comandou o seu terço na batalha de Ameixial. Foi general da artilharia do Brasil ad honorem, uma patente que acumulava com a de mestre de campo, mas que era meramente honorífica.

Fonte: ANTT, Conselho de Guerra, Secretaria de Guerra, Livro 27.º, fls. 81 v- 82 v, registo de 10 de Outubro de 1663.

Imagem: Cena de combate, óleo de Pieter Meulener (pormenor).

A tomada da praça de Juromenha por D. Juan José de Áustria em 1662

IMG_8628Transcrição da carta enviada por D. Juan José de Áustria, filho natural de Filipe IV e capitão-general do exército da Extremadura, narrando a conquista da praça de Juromenha na campanha de 1662. Desdobraram-se as abreviaturas e separaram-se algumas palavras, mantendo-se no resto a grafia original. Documento existente no Archivo General de Simancas (cópia do original) e que me foi facultado pelo estimado amigo Julián Garcia Blanco, a quem deixo aqui o meu agradecimento.

Señor

El deseo de adelantar à Vuestra Magestad la noticia de la rendicion de Jurumeña no medio lugar a escrivir à Vuestra Magestad mas de dos renglones de mi mano con el Correo que despache ahoy ocho deste en los quales di a Vuestra Magestad el aviso y la nueva buena de quedar sus Reales Armas dentro della. Remitiendome à otro Correo que seguíria ha aquel, ahora la repito a Vuestra Magestad y pongo de nuevo a sus pies mi gozo, suplicando à Vuestra Magestad se sirva de tener presente en las ocasiones que se ofrecieren el merito que generalmente han hecho en esta los Cabos y oficiales de este ejercito, y a si mismo mandar que las rogativas que se hacian a nuestro Señor y a su Madre Santísima por este subceso se trueguen en rendidas gracias por lo que nos ha favorecido en el, siendo unica  obra de su misericordia y no de los medios humanos la dicha y brevedad con que se ha logrado; y parando a dar cuenta a Vuestra Magestad de los ultimos movimientos que hizo el enemigo y de las circunstancias con que se entrego esta Plaza, digo Señor, que se detuvo dos dias en el puerto que a quatro deste avise à Vuestra Magestad havia ocupado llevando en ambos la peor parte, asi en las escaramuzas que se trabaron como en el daño que la Artilleria de nuestra linea le hizo que fue considerable segun refirieron los rendidos, y si bien luego que llego àquel paraje comenzo a fortificarse y ha hechar gente sobre Guadiana se devio de desengañar presto de poder socorrer por alli la Plaza, por que el dia cinco marcho sobre su costado derecho siempre ativo de cañon de las lineas, y aquella noche se campo a la mesma distancia dellas, medio legua mas hacia el camino de Villavicíoza, a seis proseguio la marcha en la propria forma, y hizo alto sobre el mesmo camino. Y este dia (quizas por mostrarnos su brio ante alejarse mas) intento cargar nuestras guardias de Cavalleria con algunos Batallones, pero haviendolas yo reforzado se trabo una muy viva escaramuza, en que con poca perdida nuestra dejo muertos en la Campaña dos Capitanes de Cavallos, otros tres ò cuatro oficiales de cuenta, y algunos soldados, con que se separaron bien escarmentados de su solier. Y el dia siete hizo un pequeño movimiento por el camino de Villabicioza en que (si bien quedó siempre a nuestra vista) descubrió conocidamente la intencion de retirarse, y voló una casa fuerte que nosotros tubimos ocupada hasta que nos dio vista, a mi me parecio con esto no dilatar el hacer llamada al Governador, advirtiendole la retirada de su ejercito, y que no se le admitiria a ninguna capitulacion si aguardva a que se volasen las minas que estavan cargadas (si bien en la verdad por ninguno de los ataques haviamos todavia llegado devajo de los valuartes, por que conta continua lluvia, de fuegos artificiales, bombas, granadas, piedras, y barriles de Polbora que hechavan en el foso nos imposivilitaron totalmente el pasarle por en cima de la tierra, haviendonos quemado dos ò tres veces las galerias que se havian comenzado à hacer, con que fue preciso enterrarse por todos tres ataques, y la calidad del terreno del foso era tan fuerte que huvieramos sin duda tardado mas de otros ocho dias en de atraversarle y hacer las minas aun que por el de los Españoles no faltaria yamas de una baza para llegar al pie del baluarte), respondio el Governador, pidiendo termino de cuatro horas para juntar sus oficiales, y haviendosele dado, me embio con uno sargento mayor de la Guarnicíon el papel de demandas que va incluso numero primero, pero haviendole negado todas que me parecieron exorbitantes se ajustaron y cumplieron las capitulaciones que contiene la copia numero segundo, de que espero se dará Vuestra Magestad por servido, pues a vista de los enemigos se logró el quitarles por esta campaña un cuerpo viejo y tan considerable de Infanteria como el que Vuestra Magestad reconocera por el papel numero tercero, cuya calidad puedo asegurar à Vuestra Magestad era tan ygualmente buena que a mi y a todos los que la vimos salir nos dejó admirados, y el Governador afirmó que habian tenido mas de quatrocientos muertos. Y que quando llegué aqui con el ejercito se hallara con dos mil quatrocientos Infantes efectivos y cincuenta cavallos, lo que han dejado tocante a Artilleria, petrechos, municiones y viveres va en las dos relaciones numero quarto y quinto, y se tienen algunos indicios de que antes de capitular hecharon en el Rio muchas cantidades de todo; yo he encargado el  Govierno de la Plaza, mientras Vuestra Magestad manda otra coza, al Maestro de Campo Don Fernando de Escovedo que creo dara buena quenta del, y ahora se estan reparando las ruinas mas principales que nuestra Artilleria, Bombas e ataques han hecho en ella que son tantas, particularmente en las obras esteriores que seran menester mas de ocho ó diez dias para acomodarlas de prestado, deshacer las lineas y ajustar todo lo necesario para podernos apartir de aqui; el enemigo se halla oy en Villabicioza, haviendo comenzado en ella unas obras nuevas, y nuestra Cavalleria fue ayer a forrajear hacia Ielves [Elvas], hadonde quemo algunas casas, y trajo cantidad de granos, sin que en estos viajes padezca, como Vuestra Magestad fue servido insinuarme en despacho de dos deste, por que de mas desea ya la parte mas cerca de todos estes contornos donde hay forraje se consigue aun mismo tiempo el sustentarla, y poner en gran desconsuelo a los de Yelves biendo perder su cojecha sin que la vincidad de su ejercito baste a asegurarsela, por lo cual me dicen que tres ó quatro dias a havido algun ruido dentro de la ciudad; esto es todo lo que hasta hoy se ofrece digno de la Real noticia de Vuestra Magestad cuya C. R. P. Guarde Dios como deseo y emos menester. Campo de Jurumeña à 12 de Junio de 1662. Don Juan

Fonte: Archivo General de Simancas, Negociado de Guerra, Leg. Num. 2000, carta de Juan José de Áustria, de 12 de Junho de 1662.

Imagem: Juromenha na actualidade. Foto de JPG.

350 anos da batalha de Montes Claros (17 de Junho de 1665)

Passam hoje 350 anos sobre uma das mais importantes batalhas da Guerra da Restauração. O exército português, comandado por D. António Luís de Meneses (Conde de Cantanhede e Marquês de Marialva) e pelo Conde de Schomberg. compreendendo contingentes ingleses e franceses, derrotou nas proximidades de Vila Viçosa o exército espanhol comandado pelo Marquês de Caracena. Não foi uma batalha decisiva no imediato, mas contribuiu para apressar o final de um longo conflito que opunha as duas Coroas peninsulares.

Em breve será construído um Centro de Interpretação da Batalha de Montes Claros. A seu tempo serão aqui dadas mais informações.

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A última campanha de Mateus Rodrigues – a reconquista de Mourão, Outubro-Novembro 1657 (6ª e última parte)

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Logo que Francisco Pacheco aceitou ficar na praça, mandou arrimar ao terço as armas e marcharam logo para dentro da praça em companhia do senhor Joane Mendes e mais senhores do governo (…). Assim como a nossa gente entrou (…), já o inimigo estava posto em via para marchar fora, com suas armas às costas e bala em boca e mecha calada, e a cavalaria, que eram 80 cavalos, começaram a ir saindo (…) da praça, a formar-se lá fora dela, até que fosse saindo as suas bagagens, que se andavam carregando dentro em cavalgaduras nossas, que lhe deram para isso até dentro de Olivença, que são de Mourão lá sete léguas.

(…) Foram marchando os castelhanos com a cavalaria diante e o seu governador e logo a infantaria atrás, onde iam muitos feridos, e já digo que seriam 300 homens com a cavalaria pouco mais ou menos. Em a praça deixavam enterrados alguns mortos, que sempre seriam mais de 30 homens, mas os feridos passavam de 40 homens.

Antes que este inimigo saísse da praça (…), marcharam todos os nossos terços e a cavalaria para junto da estrada por onde o inimigo havia de passar, para que visse o nosso poder, que no que toca à nossa infantaria, nunca houve reino que em campanha bote tão boa infantaria e toda de uma só nação, que se admiraram os castelhanos vendo tal gente.

Estavam os terços como digo em ala com as armas nas mãos em pé pela borda da estrada adiante, e no cabo deles toda a nossa cavalaria em batalhões formada, e tudo fazia comprimento de meia légua. Foi passando o inimigo ao pé da nossa gente e não se falava palavra de uma e outra parte. Ia diante deles também o senhor mestre de campo general André de Albuquerque [Ribafria] e o senhor Dom Sancho [Manuel] diante com o governador castelhano. E assim como este seu governador da praça foi passando pela nossa infantaria, ficou tão admirado que disse “Boto a Cristo que se El-Rei de Espanha houvera tal infantaria como é esta, que fora senhor de todo o mundo”. De modo que foram marchando até acabarem de passar por toda a nossa gente, e ali fizeram alto até que acabou de chegar toda a sua bagagem e logo mandaram eles de comboio a cem cavalos, a saber: a minha companhia e a do tenente-general Dinis de Melo, mas ele não foi lá, senão o seu tenente Manuel Dias Veloso, e o meu capitão Pedro César de Meneses por cabo das duas tropas. Lá fomos comboiando a este inimigo até um lugar despovoado chamado Cheles, que são três léguas de Mourão, e ali já estavam outros cem cavalos de Olivença, do inimigo, aguardando por eles, por se lhe haver já mandado aviso para que viesse em busca deles. Ali fez o meu capitão entrega do comboio que levava e despediu-se deles, porque naquele dia até noite havia trégua de posses para efeito de se recolher aquela gente. Marchando logo foi o inimigo para Olivença e nós nos voltámos para o nosso exército, chegando ao quartel quase à meia-noite e muito bem molhados, que todo aquele dia choveu muito. E ia o nosso exército muito enxovalhado por causa do tempo, que não pode haver inimigo mais contrário que o tempo.

Vendo o senhor Joane Mendes o estado em que estava a praça de Mourão, que uma ovelha entraria pela brecha que tinha, e muito desmantelada, não se quis abalar com o exército até que não o pusesse em via de defesa e ficar mais segura.

Logo Francisco Pacheco, que (…) ficou na guarnição da praça com o tenente e com mais gente que lhe deram e muitos pedreiros começaram bravamente a taparem a brecha do muro grande, que era o principal e mais conveniente para ficarem mais descansados, e tiveram tanto trabalho que mais de trinta noites dormiram ao pé da muralha vestidos e calçados, até que se acabou de tapar a brecha. E como esteve tapada, começaram então as mais obras necessárias, mas o senhor Joane Mendes [de Vasconcelos] não esteve na campanha mais de dois dias depois que o inimigo despejou, que mais tempo havia de estar se o tempo dera lugar, mas como havia rio de passar, que é Guadiana, não se podia fazer dilação da outra banda mais tempo do que se fez, porquanto o tempo se vinha chegando muito de chuva.

Aos trinta e um dias do dito Outubro se abalou o nosso exército para suas praças (…). Ficou Francisco Pacheco [Mascarenhas] (…) na guarnição da praça com 700 homens infantes, muito boa gente, e duas tropas de cavalo, e desde a hora que ele tomou entrega da praça, que foram 28 do dito Outubro, até à hora que me ausentei, que foram em 15 do mês de Abril de 658, ficava já a praça de Mourão em tal altura que o inimigo não tinha que vir buscar a ela (…). (MMR, pgs. 441-445).

Note-se que Mateus Rodrigues refere que se ausentou de Mourão a 30 de Março de 1658 (vide 5ª parte desta narrativa) e aqui data a sua partida em 15 de Abril do mesmo ano. A discrepância justifica-se pelo facto da segunda data se aplicar à retirada definitiva do Alentejo por parte do memorialista.

Imagem: Cena de batalha, gravura de Dirk Stoop.

A última campanha de Mateus Rodrigues – a reconquista de Mourão, Outubro-Novembro 1657 (5ª parte)

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Despedido o capitão castelhano da tenda do senhor Joane Mendes de Vasconcelos, foi à pressa a dar conta ao seu governador, e (…) sempre foi e veio por a brecha, e assim como ele subiu à brecha em cima da muralha, dali chamou ao governador (…). Resolvido o governador a aceitar [as capitulações], o tornou logo a mandar ao nosso exército, à tenda do senhor Joane Mendes (…).

Aceites de parte a parte os pactos, cessaram os rigores das armas, para alívio da gente, que na verdade nos servira de grande discómodo e perda se houvera mais dilação, porque nos vinha já perseguindo muito o rigor do tempo, que é o pior que pode ter um exército, porque uns de mal haver pedece pouco, que comer com mau tempo é mal dobrado.

Mandou logo o senhor Joane Mendes preparar um terço de infantaria e mandou chamar o mestre de campo dele, por nome Agostinho de Andrade [Freire]. (…) Havia ele de ficar com seu terço na praça, e com duas tropas de cavalo logo juntamente, nomeadas as do capitão João Ferreira da Cunha e a do capitão Diogo de Barros Freire, lhe encomendava a praça, pois ficava no estado em que a via.

Ora desgraçada foi esta parte para o tal mestre de campo, porque em lugar de rectificarem ao senhor Joane Mendes do caso que dele fazia naquela ocasião, em lhe encarregar uma praça de tanta honra, e aberta daquela maneira, parece deu razão dizendo havia mister mais gente e mais cavalaria e outras razões, e que o senhor Joane Mendes se houve por muito mal aceite dele, dando-lhe logo uma repreensão não muito boa, e mandando-o logo embora, que não queria que lá ficasse. Foi-se o tal mestre de campo com alguma paixão [ressentimento] e desgosto por suceder nele aquela tão ruim sorte.

Mandou logo chamar a outro mestre de campo, por nome Francisco Pacheco Mascarenhas, natural de Besteiros, soldado de 22 anos [aqui existe um erro da parte do memorialista, pois este capitão fora comandante da companhia de Mateus Rodrigues a partir de 1648 – o que significa que teria então 13 anos! Aliás, mais adiante se verá que este oficial era já um militar com muita experiência e tempo de serviço] com grande reputação no nosso exército, e pela ocasião de Mourão, um mês antes, passou ao posto de mestre de campo, e donde passou foi de capitão de cavalos couraças, que havia oito para nove anos que o era da minha companhia (…), e a este mestre de campo lhe haviam dado um terço novo, levantado a maior parte em Lisboa e em seu termo, de gente muito bisonha e de pouco préstimo, tirando os oficiais, e já neste tempo da campanha estava muito pequeno por lhe haverem fugido a maior parte deles.

Veio (…) este mestre de campo diante do senhor Joane Mendes e lhe pôs a mesma prática que havia feito ao outro, acerca dele ficar na praça, e ele lhe deu uma resposta que de Francisco Pacheco não se esperava menos, e com tanta graça e gosto aceitou a oferta, como que se lhe deram uma comenda, porque não o podia o senhor Joane Mendes mandar para parte nenhuma (…) que Francisco Pacheco rejeitasse, que é grande seu amigo o senhor Joane Mendes, pois foi no Brasil seu alferes antes deste Reino levantado. Louvou-lhe o senhor Joane Mendes muito o bom modo e graça com que aceitava o ficar na praça, que se muito por ele até ali havia feito, muito mais há-de fazer dali em diante. Que na verdade fez tão grande obra sua assistência em Mourão, que não me parece pudesse ficar lá pessoa alguma que em tão pouco tempo fizesse as obras que ele lá fez, até o tempo de 30 de Março de 658, que dela me ausentei. (MMR, pgs. 439-441).

Imagem: Muralha de Mourão na actualidade. Foto de JPF.

A última campanha de Mateus Rodrigues – a reconquista de Mourão, Outubro-Novembro 1657 (4ª parte)

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Os partidos [capitulações] pedidos pelo inimigo eram na maneira seguinte: que a praça se rendia, sendo servido o senhor Joane Mendes de lhe conceder levassem as duas tropas de cavalo que na praça estavam, e levassem todos o seu fato e bastimentos de Sua Majestade; e armas às costas e bala em boca e mecha calada, e que todos os portugueses que (…) lá houvessem ficado quando eles renderam a praça haviam de passar pelo partido de castelhanos, não se lhe fazendo agravo algum, e que querendo eles ficar outra vez na praça ficariam livres como de antes em suas fazendas, e se quisessem ir para Castela o poderiam fazer, e que poderia o seu governador levar uma peça de artilharia consigo, visto o privilégio de ser mestre de campo [o] concedia (…)

Representados estes partidos diante do senhor Joane Mendes de Vasconcelos e do senhor André de Albuquerque [Ribafria], mestre de campo general, e do senhor Dom Sancho Manuel, outrossim mestre de campo general, e do general da artilharia Afonso Furtado de Mendonça, começaram estes quatro senhores do governo, e juntos também alguns mestres de campo e outros oficiais maiores (…) para se deferir, a isto não constava o consentimento, em primeiro lugar do governador das armas e os dos mestres de campo generais, e nestes senhores consistia o deferir-se os partidos. Logo Dom Sancho respondeu que não havia lugar de consertos, pois eles tinham a muralha rota, de modo que se podia entrar nela batalhões de gente e debaixo da sua mosqueteria e com uma mina feita que havia de voar muita parte da muralha por onde pudessem avançar livremente, e que não largavam 80 ou 100 cavalos que lá estavam por coisa alguma; enfim, que Dom Sancho não era de parecer lhe aceitassem partidos. O senhor Joane Mendes, como mais experimentado e visto nestas coisas, e lhe parecer que sempre deferir ao inimigo os seus partidos é razão de Estado e o permite a guerra, agora o serem como eles os pedissem ou não, aí está o ponto. Contudo, respondendo o senhor Joane Mendes (…) que no tocante ao seu governador levar peça alguma, que nisso não consentia, nem tão pouco levarem nenhum género de mantimento, nem de munições d’El-Rei, nem coisa alguma, salvo o seu fato e bagagem de suas pessoas, que para levarem lhe daria todas quantas cavalgaduras eles houvessem mister até dentro de Olivença. (MMR, pgs. 436-438).

 

Imagem: “A capitulação”, de Jan Steen.

 

 

A última campanha de Mateus Rodrigues – a reconquista de Mourão, Outubro-Novembro 1657 (3ª parte)

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Pelos outros ataques, de roda da praça, estavam outros terços, e estes entravam uns e saíam outros de guarda cada vinte e quatro horas, para não terem uns o perigo e outros não.

Quando foi lá pelo decurso do dia de sexta-feira, já na muralha principal estava uma grande brecha aberta (…). Vendo o inimigo a muita obra que a nossa artilharia fazia, não deixou de ficar atemorizado (…) e logo se imaginou perdido de todo. Vendo o inimigo a impossibilidade de poder livrar a praça e o mais vendo não tinha aviso nenhum de socorro, se determinou a pelejar dentro da praça, fazendo pelas ruas grandes retiros e trincheiras, imaginando que nós os avançassemos a escalar sem partido, e de dentro fazia conta de se defender, e não há dúvida que nos fariam grande dano e matariam muita gente se acaso os escalassem.

Amanheceu o sábado 27 do mesmo Outubro e achou-se estar a mina que ia ao contramuro acabada, e dando-se fogo a ela, abriu uma brava brecha no muro pequeno, donde logo num improviso avançou o terço da Armada a meter-se dentro, e em seu seguimento muitos terços e cavalaria com bravo valor, botando fora às pancadas alguns castelhanos que de dentro dele pelejavam, e alguns ficaram pelas costas. Vendo o inimigo o contramuro ganhado, que já nos não podia ofender com armas de fogo, começaram a lançar muitos penedos grandes da muralha abaixo, através das casas, sobre os nossos, e papéis de pólvora, e como os nossos estavam muito baixos, não deixava o inimigo de lhe fazer muito dano, que ali feriu alguns e matou desta sorte (…). Nem por isso o inimigo fazia retirar a gente do posto que tinham, e a todo este tempo a nossa artilharia jogando fortemente e fazendo grande efeito na muralha principal, o que não se imaginava jamais por ser uma muralha muito antiga e muito forte (…), mas com tanta força jogavam os seis meios-canhões juntos (…) de tão perto da muralha, que estavam dela menos de tiro de pedra. E uma vez abalavam e outra vez derrubavam parte da muralha (…). E a nossa mosquetaria que não deixava assomar pessoa viva do inimigo à muralha, e assim estavam os nossos pelejando muito a seu salvo, mas um ora por outro morria algum nosso, que lá lhe buscava o inimigo jeito por onde obrasse.

(…) Visto a muralha estar daquela sorte, considerando isto o inimigo consigo, foi tanto o serviço que fez da muralha (…) para se defender dentro da praça (…), que foi uma coisa grande, que não havia rua lá dentro da vila que não tivesse seu retiro com trincheiras por todas as ruas, e covas, e ao pé da muralha, aonde estava a brecha aberta, da banda de dentro tinham uma trincheira feita, muito alta, com sua cova, em caso que os nossos avançassem, para dali nos fazerem grande dano.

Quando foi pelo decurso do dia de sábado, continuando sempre a nossa artilharia, se veio a fazer uma tão larga brecha na muralha e tão baixa, que já podiam entrar por ela como por uma rua (…). Vendo o inimigo o estado destas coisas, e que não podia livrar, e não tendo notícias algumas de socorro seu, se determinou a pedir consertos [ou seja, capitulações].

Chegada a aurora de 28, no domingo do dito, se determinou o inimigo  a pôr (…) logo uma bandeira branca na muralha, à vista do exército, para que cessasse o rigor das armas de ambas as partes, para efeito de tratarem os pactos que pediam. Estavam dentro da praça duas tropas de cavalos, que constavam de 80 cavalos, e por cabo delas um só capitão, por nome Dom Luís de Barrio, grande cavalheiro e muito fidalgo, que não havia dois meses que o havíamos cativado à roda da mesma praça (…).

Este Dom Luís de Barrio foi mandado pelo seu governador que lá estava, que era um mestre de campo, a tratar dos partidos. E assim como foi vista a bandeira branca na muralha, cessaram as armas de ambas as partes, e veio ao nosso exército o sobredito capitão, à tenda do senhor Joane Mendes de Vasconcelos, e logo lá foi outro capitão de cavalos, por nome Jerónimo de Moura Coutinho, para ficar na praça em refém [a troca de reféns durante a duração das capitulações, como garantia de boa-fé de ambas as partes, era um procedimento usual]. (MMR, pgs. 433-436).

Imagem: Mourão. Fotografia de JPF.